Me siento vago pero sé que no soy vago: algo no cuadra

Sabes que no eres vago. Has demostrado mil veces que puedes. Pero te sientes vago todos los días. Esa contradicción tiene una explicación que no te.

Sé que no soy vago.

Lo sé porque he hecho cosas que un vago no haría. He montado proyectos desde cero. He trabajado dieciséis horas seguidas cuando algo me apasionaba. He aprendido cosas complejas en tiempos ridículos. He demostrado, una y otra vez, que cuando me pongo, me pongo de verdad.

Pero hoy llevo tres horas mirando el techo.

Tres horas. Con el portátil abierto encima de la mesa. Con la lista de tareas escrita. Con el café ya frío. Tres horas en las que he abierto y cerrado el mismo documento ocho veces sin escribir una sola palabra.

Y la voz de mi cabeza dice: "Eres un vago."

Y yo le contesto: "No lo soy."

Y ella insiste: "Entonces ¿por qué no estás haciendo nada?"

Y no tengo respuesta.

¿Cómo puedes ser vago y no ser vago al mismo tiempo?

Esta es la contradicción que me ha acompañado toda mi vida. Dos versiones de mí que no encajan en la misma persona.

La versión que puede concentrarse durante ocho horas seguidas cuando algo le interesa. Que aprende un lenguaje de programación en un fin de semana. Que se obsesiona con un tema y lo devora hasta saber más que gente que lleva años en ello.

Y la versión que no puede levantarse del sofá para hacer una tarea de cinco minutos. Que deja la ropa en la silla durante dos semanas. Que tiene emails sin responder desde hace un mes. Que sabe perfectamente lo que tiene que hacer y simplemente no lo hace.

¿Cuál es el verdadero yo? Porque las dos no pueden ser reales. ¿O sí?

Me agoto más rápido que los demás

Lo que parece pereza y no es pereza

Mira, yo he estudiado la pereza. No por hobby, por supervivencia. Porque necesitaba entender qué me pasaba.

Y he llegado a una conclusión: la pereza no existe. O al menos, no como la entendemos.

La pereza, la de verdad, sería no querer hacer nada nunca. No tener interés por nada. No tener ambición. No tener ganas de crear, explorar, construir. Y eso no me describe en absoluto. Yo quiero hacer cosas. Quiero hacer MUCHAS cosas. Tengo una lista de proyectos que no me cabe en una hoja.

Lo que me pasa no es que no quiera. Es que no puedo. No siempre. No cuando yo quiero. No a voluntad.

Hay días que puedo. Y esos días soy un cohete. Pero hay días que no puedo, y esos días parezco un vago. Y como la gente solo me ve desde fuera, lo único que ven es el resultado: o hago cosas o no hago cosas. Y cuando no hago cosas, la conclusión es simple: es un vago.

Pero por dentro la experiencia es completamente distinta. Por dentro hay una persona que quiere hacer cosas y no puede. Que se frustra por no poder. Que se odia por no poder. Que se llama vaga a sí misma porque no tiene otra explicación.

La brecha entre querer y hacer

Hay un espacio entre querer hacer algo y hacerlo. Para la mayoría de la gente, ese espacio es pequeño. Quieren hacerlo, se levantan, lo hacen. Tres pasos.

Para mí ese espacio es un abismo. Quiero hacerlo. Lo pienso. Lo visualizo. Lo planeo. Me imagino haciéndolo. Me imagino terminándolo. Y ahí me quedo. En la imaginación. Porque el paso de "querer" a "hacer" requiere algo que mi cerebro, a veces, no puede producir.

Es como estar en un lado de un río con un puente roto. Ves el otro lado. Sabes que tienes que llegar. Pero no hay puente. Y la gente desde el otro lado te grita: "¡Pues cruza!" Y tú piensas: "¿CÓMO?"

Ese puente roto tiene nombre. Se llama función ejecutiva. Es la parte del cerebro que conecta la intención con la acción. Y cuando no funciona bien, puedes tener toda la motivación del mundo y no moverte del sitio.

¿Y entonces qué soy si no soy vago?

Pues mira, esa fue exactamente la pregunta que le hice a mi psiquiatra. "Si no soy vago, ¿qué soy?"

Y su respuesta me dejó sentado.

"Tienes TDAH. Tu cerebro no produce suficiente dopamina para activar la función ejecutiva de manera consistente. No es que no quieras hacer las cosas. Es que tu cerebro no puede dar la orden de empezar. Es una disfunción neurológica, no un defecto de carácter."

Y de repente, treinta años de sentirme vago sin ser vago tenían sentido.

No era pereza. No era falta de voluntad. No era que no me importara. Era un cerebro que funciona con unas reglas diferentes. Un cerebro que puede ser brillante cuando la dopamina está alta y completamente paralizado cuando está baja. No un cerebro peor. Un cerebro diferente.

El TDAH no te hace vago. Te hace inconsistente. Y la inconsistencia, desde fuera, parece pereza. Pero no lo es. Nunca lo fue.

Si te sientes identificado, habla con un profesional. Esto no es un diagnóstico, es mi experiencia. Pero saber que la dopamina manda, no la disciplina puede cambiarte la vida como me la cambió a mí.

¿Cómo dejas de sentirte vago?

No te voy a mentir: no desaparece del todo. Hay días que me siento vago aunque sepa que no lo soy. El sentimiento es tercero y no se va con información.

Pero lo que sí puedes hacer es separar el sentimiento de la identidad. "Me siento vago" no es lo mismo que "soy vago". El primero es un estado temporal. El segundo es una etiqueta que te destruye.

Y lo segundo que me ha ayudado es acumular evidencia. Cada vez que hago algo (cualquier cosa, por pequeña que sea), lo anoto. No para productividad. Para pruebas. Para tener algo que enseñarle a mi cerebro cuando me dice "eres un vago". "¿Ah sí? Pues mira esta lista."

Me canso sin hacer nada y eso es agotamiento real

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Si te sientes vago pero sabes en el fondo que no lo eres, puede que tu cerebro tenga algo que contarte. Tengo un test de 43 preguntas que te puede ayudar a entender esa contradicción. Gratis, anónimo, sin juicio. 10 minutos. Hacer el test TDAH.

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