Me desconecto en mitad de las clases aunque me interese el tema
Estás en clase, el tema te interesa, y de repente estás en otro planeta. No es falta de interés. Tu cerebro tiene sus propias reglas.
Estás sentado en clase. El profe está explicando algo que, en teoría, te importa. Lo has elegido tú. Has pagado la matrícula. Has madrugado. Y llevas diez minutos mirando al pizarrón sin enterarte de nada.
No es que estés pensando en otra cosa concreta. Es peor. Estás en ningún sitio.
¿Por qué te desconectas si el tema te interesa?
Esto es lo que más descoloca. Si no te interesara el tema, sería fácil de explicar. "No me gusta, por eso no presto atención." Lógico. Asumible.
Pero no. El tema te interesa. De hecho, fue lo primero que te llamó la atención cuando te matriculaste. Tienes ganas de aprenderlo. Y aun así, en mitad de la explicación, tu cabeza desaparece.
O sea, tu interés consciente dice una cosa y tu atención hace lo que le da la gana.
Y ahí es donde se rompe el argumento de "es que no te motivas". Porque sí te motivas. El problema es que la motivación y la atención no son la misma cosa. Puedes querer escuchar y que tu cerebro se vaya de todas formas. No porque seas un desastre. Sino porque hay algo en cómo procesa la información que no sigue las instrucciones de tu voluntad.
La clase más aburrida del mundo era la más interesante de tu vida
Recuerdo una clase de programación en la universidad. Tema que me encantaba. Profe competente. Y yo, en la tercera fila, completamente perdido a los quince minutos.
No estaba mirando el móvil. No estaba hablando con nadie. Estaba mirando al frente, aparentemente atento, y sin embargo... nada. Como si alguien hubiera apagado el sonido y dejado la imagen.
Y al salir, mi compañero me preguntaba cosas del examen y yo no tenía ni idea de qué había explicado el profe. Vergüenza pura. Porque además, desde fuera, parecía que había prestado atención todo el rato.
Lo gracioso, entre comillas, es que si alguien me hubiera preguntado en ese momento de qué estaba pensando, no habría sabido contestar. No era un pensamiento concreto. Era ruido. Como tener la radio puesta entre emisoras.
El problema no es el interés, es la regulación
A ver, vamos a lo que importa.
El cerebro necesita cierto nivel de estimulación para mantenerse enganchado. No demasiada, porque se satura. No demasiado poca, porque se apaga. Hay un rango en el que funciona bien, y cuando la realidad no cae dentro de ese rango, el cerebro busca estímulo por su cuenta. Da igual que tú quieras que se quede.
Es como ese amigo que llevas a una cena tranquila y a la media hora ya está mirando el móvil. No es mala voluntad. Es que su umbral de estimulación no encaja con el ritmo de la cena.
En una clase, el problema es que el ritmo lo marca el profe, no tú. Y si el ritmo baja aunque sea un momento, si hay una transición lenta, si hay una parte que ya sabes, si el profe repite algo que ya dijo... el cerebro aprovecha el hueco y se va.
Y una vez se va, volver es difícil. Porque ya llevas dos minutos sin contexto. Y sin contexto, lo que viene después no se entiende del todo. Y entonces te desorientas más. Y te desconectas más. Es una espiral.
Si encima te pasa en reuniones también, o en conversaciones donde pierdes el hilo sin querer, ya te digo: el patrón es el mismo. No es el entorno. Es tu sistema de regulación de la atención.
¿Por qué unos días sí y otros no?
Esto es lo que desespera de verdad.
Porque hay días que te sientas en la misma silla, con el mismo profe, y estás completamente presente. Tomas apuntes. Haces preguntas. Sales de clase sintiéndote una persona funcional.
Y otros días, nada. Cero. Eres un cascarón sentado.
Misma clase. Mismo interés. Distinto resultado.
Y claro, cuando hay días buenos, la conclusión que sacas es que si te esfuerzas puedes. Que cuando fallas es porque no te estás esforzando lo suficiente. Que es cuestión de voluntad.
No te voy a engañar: esa conclusión está equivocada. Pero es muy difícil de no sacarla, porque los datos parecen apuntarla.
Lo que en realidad pasa es que tu atención depende de variables que no controlas del todo. El descanso de la noche anterior. El nivel de dopamina de ese día. Si llevas mucho rato concentrado en otra cosa antes. Si hay algo que te preocupa en segundo plano. Si la clase empieza con algo que ya sabes o con algo nuevo.
O sea, te cuesta todo más que a los demás no porque seas más vago, sino porque tu margen de funcionamiento es más estrecho. Cuando las condiciones son las adecuadas, vas fino. Cuando no lo son, se nota mucho más que en otras personas.
Lo que suele pasar cuando el hilo se rompe
Aquí hay algo importante que normalmente nadie explica.
Cuando te desconectas en mitad de una explicación, no es solo que te pierdas ese trozo. Es que perder ese trozo rompe la cadena. El razonamiento que viene después depende del que acabas de perderte. Y como no tienes ese eslabón, el siguiente tampoco encaja bien.
Es como escuchar una historia de la que te saltas cinco minutos. Puedes seguir oyendo, pero cada vez que el narrador haga referencia a algo que pasó en esos cinco minutos, te quedas colgado.
Y entonces, en vez de reconectar, tu cerebro toma la decisión más eficiente desde su perspectiva: rendirse. No volver a intentarlo. Dejar que el tiempo pase. Total, ya lo estudiarás luego.
Eso también explica por qué pierdes el hilo en conversaciones. Es el mismo mecanismo. Cuando la cadena se rompe, reconectar tiene un coste altísimo. Y el cerebro no siempre tiene energía para pagarlo.
Quizá tenga nombre
Voy a decirte algo sin rodeos.
Ese patrón de desconexión que va y viene, que no depende de si quieres o no, que se lleva por delante hasta las cosas que te interesan, que te deja sin saber qué ha pasado en los últimos diez minutos... a mucha gente le pasa. Y en bastantes casos, tiene nombre.
Se llama TDAH. Y no, no es el trastorno de los niños que corren por las paredes. En adultos, una de sus caras más frecuentes es exactamente esto: la atención que se desconecta sola, sin avisar, incluso cuando hay interés real.
Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no es un diagnóstico y yo no soy médico. Si sospechas que puede ser algo así, lo que toca es hablarlo con un profesional, un psicólogo o psiquiatra que entienda de TDAH en adultos, no con el de cabecera que igual no ha profundizado en el tema.
Pero lo que sí te puedo decir, por experiencia propia, es que cuando entiendes por qué te pasa, todo encaja de otra manera. Deja de parecer un defecto de carácter y empieza a parecer lo que es: un cerebro que necesita condiciones específicas para funcionar.
Si te suena demasiado familiar, hay un test de 43 preguntas que tarda unos diez minutos. No es un diagnóstico, pero es un buen punto de partida para empezar a hacerte las preguntas correctas. Puedes hacerlo aquí.
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