Me siento culpable por todo, incluso lo que no es culpa mía
Sientes culpa por cosas que no has hecho. Por descansar. Por decir que no. Por existir mal. No eres raro. Tu cerebro tiene el modo culpa activado.
Te sientes culpable cuando descansas. Te sientes culpable cuando dices que no a un plan. Te sientes culpable cuando alguien está de mal humor cerca de ti, aunque no hayas hecho nada. Te sientes culpable por sentirte culpable, porque sabes que no tienes motivo y aun así ahí está, el peso en el pecho que no se va.
Es como llevar una mochila invisible que solo tú notas. Una mochila que se llena con todo. Con lo que haces y con lo que no haces. Con lo que dices y con lo que callas. Con lo que sientes y con lo que crees que no deberías sentir.
Y un día miras alrededor y piensas: ¿por qué nadie más parece cargar con esto?
¿Por qué me siento responsable de todo?
A ver, esto tiene su lógica. Retorcida, pero lógica.
Tu cerebro lleva años recibiendo señales de que algo falla. De que te equivocas más de lo normal. De que olvidas cosas que no deberías olvidar. De que no rindes como se espera. Y después de años de esas señales, tu cerebro hizo una ecuación simple: si siempre pasa algo malo, probablemente sea culpa mía.
Es como el niño al que le dicen todos los días que habla demasiado alto. Un día ya no sabe cuál es el volumen correcto. Y empieza a pedir perdón antes de abrir la boca. Por si acaso.
Tú haces lo mismo. Pides perdón antes de existir. Por si acaso.
Y lo peor es que no te das cuenta. Se ha convertido en tu forma por defecto de estar en el mundo. Alguien está callado en una reunión y piensas "habré dicho algo mal". Tu pareja tiene un día raro y piensas "será por algo que hice". Un amigo no te escribe y piensas "le habré molestado". Siempre tú. Siempre tu culpa. Siempre.
La culpa que viene de no llegar
Hay una culpa concreta que es la que más duele. La culpa de no llegar a lo que se supone que tendrías que llegar.
No eres lo bastante productivo. No eres lo bastante atento. No eres lo bastante buen amigo, buen hijo, buen compañero. No eres lo bastante. Punto.
Y esa culpa se alimenta de cada pequeño fallo. De cada tarea que procrastinas y que genera más culpa. De cada compromiso que no cumples porque se te olvidó. De cada conversación en la que pierdes el hilo y la otra persona se da cuenta.
Imagínate que llevas un contador de errores encima. Un contador que nunca se resetea. Que solo suma. Que no tiene en cuenta las cosas que haces bien, solo las que haces mal. Pues tu cerebro tiene uno de esos. Y cada noche, antes de dormir, te pasa la factura.
Descansar te genera culpa. Pero no descansar también.
Y aquí viene el paradojón más bonito de la historia.
Si descansas, te sientes culpable porque deberías estar haciendo algo productivo. Pero si no descansas y trabajas, te sientes culpable porque deberías cuidarte más. Si dices que sí a un plan, culpa por no avanzar con tus cosas. Si dices que no, culpa por ser mal amigo. Hagas lo que hagas, la culpa gana.
Es como jugar al ajedrez contra alguien que tiene las dos piezas. Mueves lo que muevas, pierdes.
Y la respuesta de la gente suele ser: "Pues no te sientas culpable". Ah. Claro. No se me había ocurrido. Genial. Como decirle a alguien que tiene frío que deje de tener frío. Si pudiera elegir no sentirme culpable, no estaría hablando de esto.
No es tu carácter. Puede ser tu cerebro.
Mira, te voy a ser directo. Esa culpa crónica, esa sensación de que siempre estás fallando, esa hiperresponsabilidad por las emociones de los demás. No es que seas una persona culpable por naturaleza. Es que tu cerebro lleva años acumulando evidencia de que "no eres suficiente" y ha construido un sistema automático de autoculpa.
Y muchas veces, ese patrón tiene una raíz que nadie te ha contado. Se llama TDAH. Un cerebro que funciona con un volumen emocional diferente, que se olvida de cosas, que no llega a tiempo, que falla en lo pequeño. Y que después se machaca por cada fallo como si hubiera cometido un crimen.
No es debilidad. No es falta de autoestima (bueno, sí, pero la falta de autoestima es la consecuencia, no la causa). Es un cerebro que funciona distinto y que nadie le ha explicado cómo funciona.
Esto no sustituye hablar con un profesional. Pero si además de la culpa te suena que todo te cuesta más que a los demás y no sabes por qué, puede que haya algo más.
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