Mi escritorio siempre acaba hecho un caos aunque lo ordene

Ordenas el escritorio un lunes. El miércoles es un campo de batalla otra vez. No eres desordenado, tu cerebro funciona diferente.

Lunes: escritorio impecable. Teclado centrado. Pantalla limpia. Ni un papel fuera de sitio. Foto para Instagram.

Miércoles: tres tazas de café vacías, un plato con migas, dos cargadores enrollados, un montón de papeles que "ya ordeno luego", tres bolis sin tapa, un paquete de Amazon a medio abrir y un calcetín. Un calcetín.

¿Cómo llega un calcetín a tu escritorio? Ni idea. Pero ahí está. Como si tuviera vida propia.

Y lo peor no es el caos. Lo peor es que llevas 45 minutos sentado delante de ese caos y no puedes trabajar. Pero tampoco puedes ordenar. Estás en un limbo donde el desorden te bloquea pero ordenar te parece una montaña insuperable.

¿Por qué tu escritorio siempre vuelve al caos?

Porque ordenar requiere algo que se llama función ejecutiva. Y la función ejecutiva es la que decide qué hacer, en qué orden, y cómo mantenerlo. Es el director de orquesta de tu cerebro.

El problema es que hay cerebros donde ese director de orquesta se fue a por tabaco y no volvió. La orquesta sigue tocando, pero cada músico va a lo suyo. El violín por un lado, la trompeta por otro, y el resultado es ruido.

Tu escritorio es el reflejo de ese ruido. No es que seas desordenado por elección. Es que mantener el orden requiere un esfuerzo constante que tu cerebro no puede sostener. Cada objeto que dejas "un momento" se queda para siempre porque tu cerebro ya ha pasado a otra cosa y el calcetín deja de existir en tu realidad consciente.

Es la misma razón por la que tu casa entera acaba siendo un caos. No empieza por el escritorio. Pero el escritorio es donde más duele, porque es donde se supone que eres productivo.

El ciclo limpieza-caos-culpa

Lo conozco de memoria. Lo vivo.

Fase 1: no aguantas más. El caos te supera. Dedicas una hora a limpiar. Ordenar. Tirar basura. Poner cada cosa en su sitio. Queda impecable. Te sientes bien. "Esta vez va a ser diferente."

Fase 2: al día siguiente, una taza queda sin recoger. Un papel se queda. Un cargador aparece. No pasa nada. Son cositas.

Fase 3: las cositas se multiplican. El caos vuelve. Pero esta vez no es solo desorden. Es la prueba de que has vuelto a fallar. De que no puedes mantener ni un puñetero escritorio limpio. Y la culpa te aplasta.

Y la culpa no te ayuda a limpiar. La culpa te paraliza. Así que el caos crece. Y tú te sientes peor. Y el ciclo se repite como un bucle infinito del que no puedes salir aunque quieras.

Tu escritorio no es el problema

Tu escritorio es un síntoma. No la enfermedad.

El problema de fondo es que tu cerebro no mantiene el "estado" de las cosas. No tiene un sistema automático de "esto va aquí, esto va allá". Cada decisión de dónde poner algo requiere un esfuerzo consciente. Y cuando tienes que tomar 50 microdecisiones al día solo para mantener el orden, te quedas sin batería para lo importante.

Hay personas para las que recoger es automático. Ni lo piensan. Usan algo, lo devuelven a su sitio, punto. Su cerebro tiene ese piloto automático activado. El tuyo no. No porque seas peor persona, sino porque esa función específica no te viene de serie.

Y cuando lo entiendes, dejas de pelearte con el caos y empiezas a diseñar tu espacio para que el caos sea manejable. Menos cosas encima de la mesa. Sitios fijos para todo. Cajas donde meter las cosas sin pensar dónde van exactamente. Sistemas para gente que no puede seguir sistemas.

¿Y si el caos fuera parte de cómo trabajas?

Te digo algo que me costó años aceptar. A veces, el caos funciona.

No siempre. No para todo. Pero hay cerebros que necesitan estímulo visual para activarse. Necesitan ver las cosas para recordar que existen. Si las guardas en cajones, desaparecen de tu mente. Si están a la vista - sí, caóticas y desordenadas - al menos existen.

Esto no sustituye un diagnóstico profesional, que quede claro. Pero si tu escritorio es un campo de batalla crónico y sientes que tu cerebro simplemente no puede mantener el orden, puede que haya algo más que "falta de ganas".

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