Mis proyectos personales mueren cuando se acaba la emoción

Empiezas con todo el entusiasmo del mundo y a las tres semanas, el proyecto está muerto. No es falta de disciplina. Tiene otra explicación.

Tienes una idea. Es buenísima. De verdad que sí.

La primera semana trabajas en ella cada rato libre que tienes. A las once de la noche. En el metro. En los cinco minutos antes de comer. Estás que te comes el mundo.

La segunda semana sigues, aunque un poco menos.

La tercera... pues mira, el proyecto está ahí, en una carpeta del escritorio, mirándote. Y tú a él. Y ninguno de los dos dice nada.

La cuarta semana empiezas otra cosa.

¿Por qué todo empieza genial y termina en el olvido?

Aquí viene la parte que te va a incomodar un poco.

La respuesta obvia sería: "porque eres un vago", "porque no tienes disciplina", "porque no te comprometes con nada". Y entiendo que te lo hayas dicho, porque cuando ves el patrón repetirse, la conclusión más fácil es que el problema eres tú.

Pero hay algo que no cuadra con esa explicación.

Si fueras vago, no habrías empezado. Los vagos no hacen eso. Los vagos no se quedan hasta la una de la noche investigando herramientas para su nuevo proyecto, ni se despiertan pensando en cómo estructurar el primer capítulo de su libro, ni llenan cuadernos de ideas sobre el podcast que algún día van a grabar.

Tú haces todo eso. Y con una energía que intimida.

El problema no es que no tengas energía. El problema es cuándo la tienes y cuándo no.

El combustible que nadie te dijo que se agotaba

Mira, voy a usar una analogía que me parece bastante exacta.

Imagínate que tu cerebro funciona con un combustible especial. No gasolina normal, que la puedes reponer en cualquier gasolinera. Un combustible que solo se produce en determinadas circunstancias: cuando algo es nuevo, cuando algo es urgente, cuando algo tiene el potencial de ser lo mejor del mundo.

Ese combustible se llama novedad. O emoción. O como lo quieras llamar.

Y funciona de lujo. Te da una energía que no tiene comparación. Entras en lo que algunos llaman hiperfoco: esa cosa donde el tiempo desaparece, no tienes hambre, no tienes frío, y podrías estar haciendo esto para siempre.

El problema es que ese combustible se agota.

No en semanas. A veces en días. A veces en horas.

Y cuando se acaba, el proyecto no ha muerto porque ya no sea buena idea. Ha muerto porque el motor que lo movía era la emoción de lo nuevo, y ya no es nuevo.

Ahora es trabajo. Y el trabajo sin emoción es el desierto más grande que existe para ciertos cerebros.

La traición de la semana tres

Es casi un chiste, la de veces que pasa exactamente en la semana tres.

La uno es puro entusiasmo. La dos empiezas a ver que esto tiene más miga de lo que pensabas pero sigues. La tres aparece lo que yo llamo "la meseta fea": la parte donde ya no es novedad pero tampoco hay resultados todavía, donde el trabajo se vuelve repetitivo, donde la curva de aprendizaje se aplana, donde el proyecto empieza a parecerse peligrosamente a... trabajo real.

Y entonces aparece una idea nueva.

Brillante. Emocionante. Con todo el potencial del mundo.

Y tu cerebro, que lleva dos semanas con el depósito al mínimo, se ilumina como un árbol de Navidad.

El ciclo vuelve a empezar.

Escribí sobre esto antes con bastante más detalle, porque la idea más brillante del mundo dura exactamente tres semanas y luego pasa lo mismo de siempre. No es mala suerte. Es un patrón.

¿Eres un coleccionista de comienzos?

A ver, aquí viene una pregunta que puede doler.

¿Cuántos proyectos tienes empezados ahora mismo?

No terminados. Empezados.

El blog con cuatro posts. El canal con dos vídeos. El curso que tienes diseñado en Notion pero sin grabar. El libro con los primeros tres capítulos. La app con la pantalla de inicio y ya. El podcast con el episodio cero.

Si la respuesta es "varios", bienvenido al club. Lo que describes tiene hasta nombre: coleccionista de comienzos. Es ese perfil de persona que sabe arrancar proyectos como nadie, que tiene la fase uno perfectamente dominada, pero a la que llegar al final le cuesta una barbaridad.

No porque le falte talento. Todo lo contrario. Lo que le sobra es creatividad y lo que le falta es el tipo de energía que necesitas para la parte aburrida. La que viene después de que el proyecto ya no brilla.

No es tu fuerza de voluntad. Es tu regulación.

Aquí está el nudo.

Cuando esto te pasa una vez, piensas que fue una racha mala. Cuando te pasa cinco veces, empiezas a sospechar. Cuando te pasa veinte veces, con proyectos distintos, en épocas distintas, con compromisos distintos, en algún momento tienes que preguntarte si el problema no es la disciplina sino algo más estructural.

Porque la disciplina funciona cuando tienes un sistema de regulación que te ayuda a mantenerte aunque no tengas ganas. Pero hay cerebros en los que ese sistema funciona diferente. Cerebros en los que la regulación interna es más débil y la motivación externa, la novedad, la urgencia, la emoción, tiene que hacer mucho más trabajo del que debería.

Y eso, te lo digo por experiencia, no lo arreglas con más fuerza de voluntad. Lo arreglas entendiéndolo.

Es lo mismo que ciertas cosas cuestan el doble que a los demás no porque seas menos capaz, sino porque tu cerebro necesita condiciones distintas para funcionar. Condiciones que la mayoría de guías de productividad no contemplan, porque están escritas para cerebros que no son el tuyo.

¿Qué hago entonces?

No te voy a vender que hay un truco mágico que lo soluciona.

No existe. O existe, pero no funciona para todos. Y seguro que ya has probado los que más suenan: el método Pomodoro, las listas de tareas, los hábitos atómicos, el sistema Getting Things Done. Algunos te funcionaron un tiempo. Luego dejaron de funcionar. Y a saber por qué.

Lo que sí puedo decirte es que el primer paso es entender qué está pasando. No asumir que el problema eres tú en términos morales, sino entender cómo funciona tu cerebro. Porque una vez que lo entiendes, puedes diseñar estrategias que tengan sentido para él. No contra él.

Para mí, eso pasó cuando empecé a tomármelo en serio como algo que entender, no como un defecto que corregir.

Si sospechas que tu patrón es más profundo que "me falta disciplina", puede ser el momento de mirarlo con más detalle. Y como siempre, esto no sustituye un diagnóstico de un profesional. Si el patrón lleva tiempo jodiéndote la vida, habla con un psicólogo o un psiquiatra. En serio.

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