Me irrito por todo y no sé por qué: la mecha corta del TDAH
Tu cerebro con TDAH tiene un fusible más corto. No eres mala persona, pero cualquier ruido, pregunta o masticación te hace saltar. Esto lo explica.
Una pregunta inocente. Un ruido de fondo. Alguien que mastica fuerte.
Y tú saltas.
No un "me molesta un poco". Un salto de verdad. Una respuesta cortante que no querías dar. Un portazo que no sabías que ibas a dar. Una mirada que dice "como sigas haciendo ese ruido te juro que me levanto de esta mesa".
Y luego, diez minutos después, piensas: "¿Pero qué me pasa? Si no era para tanto".
No eres mala persona. No tienes un problema de ira. Lo que tienes es un cerebro con TDAH que tiene el fusible más corto que el de los demás. Y nadie te lo había explicado así.
¿Por qué con TDAH te irritas por cosas que a los demás no les afectan?
Porque tu cerebro no filtra.
El cerebro de una persona neurotípica tiene algo así como un portero de discoteca emocional. Llega un estímulo, el portero lo mira de arriba abajo y decide: "Esto pasa, esto no, esto puede esperar". Todo ordenadito.
Tu cerebro con TDAH no tiene portero. Tiene una puerta abierta de par en par. Entra todo. El ruido del vecino, la luz del fluorescente, la forma en la que tu compañero de trabajo respira, el WhatsApp que vibra, la etiqueta de la camiseta que te roza. Todo llega con la misma prioridad. Todo a la vez. Todo con el volumen a tope.
Y claro, cuando llevas tres horas con el sistema nervioso procesando cada estímulo como si fuera una emergencia, la pregunta "¿Qué hacemos de cenar?" se convierte en la gota que colma el vaso.
No es que la pregunta te moleste. Es que llevas todo el día aguantando un nivel de estimulación que otros no perciben. Y el vaso ya estaba lleno antes de que nadie abriera la boca.
El efecto "bomba con temporizador"
Esto es algo que la gente de fuera no ve.
Ven la explosión. Ven el momento en el que saltas por algo "ridículo". Ven la respuesta desproporcionada y piensan: "Menudo genio tiene". O peor: "Siempre está de mal humor".
Lo que no ven es lo que ha pasado antes.
Las cinco reuniones en las que has forzado una sonrisa mientras tu cerebro procesaba diecisiete estímulos a la vez. Las tres horas conteniendo las ganas de levantarte de la silla. Los cuarenta y siete micro-momentos de irritación que has tragado uno detrás de otro sin que nadie lo notara.
Tú no explotas de la nada. Explotas porque llevas horas acumulando presión sin válvula de escape. Es como una olla exprés sin agujero para el vapor. La pregunta no es si va a saltar. La pregunta es cuándo.
Y cuando salta, la gente mira la tapa en el techo y piensa: "Qué exagerado". No. Lo exagerado es que la olla haya aguantado tanto.
La culpa que viene después
Lo peor no es la explosión. Lo peor es lo que viene después.
La culpa. El arrepentimiento instantáneo. El "no debería haber dicho eso". El "¿por qué no puedo controlarme?". Las ganas de pedir perdón y al mismo tiempo la frustración de saber que vas a volver a hacerlo.
Porque eso es lo que pasa con el TDAH y la irritabilidad: sabes que tu reacción es desproporcionada. Lo sabes en tiempo real. Pero no puedes frenar. Tu cerebro siente demasiado, todo a la vez, sin filtro. Y para cuando el freno llega, ya has dicho lo que no querías decir.
Y entonces entras en el bucle. Te irritas. Te sientes culpable. La culpa te pone más tenso. La tensión te hace más irritable. Y vuelta a empezar.
La frustración de intentar y fallar una y otra vez
¿Qué puedes hacer con esto?
No voy a darte la lista de "respira hondo y cuenta hasta diez". Si eso funcionara, no estarías leyendo esto.
Lo que sí funciona es entender el patrón:
1. La irritabilidad no aparece de la nada. Tiene un historial detrás. Lleva horas cocinándose. Si aprendes a detectar las señales antes de que el vaso se llene, puedes actuar antes de la explosión. No siempre. Pero más veces de las que crees.
2. Tu entorno importa más de lo que piensas. Si pasas ocho horas en un sitio ruidoso, con gente hablando, luces frías y el móvil vibrando cada tres minutos, vas a llegar a casa con el sistema nervioso frito. No es debilidad. Es neurología. Reduce los estímulos que puedas controlar antes de que se acumulen.
3. Dilo antes de explotar. "Necesito cinco minutos" suena mucho mejor que un portazo. Y tu entorno lo entiende mejor cuando lo dices en frío que cuando lo gritas en caliente. Gestionar la rabia sin cargarte tus relaciones empieza por ponerle nombre antes de que se desborde.
4. Deja de culparte por sentir. La irritabilidad con TDAH no es un defecto de carácter. Es una consecuencia de un cerebro que procesa más de lo que debería, con menos filtros de los que necesita. No tienes que justificarte por sentir. Pero sí puedes aprender a gestionar lo que haces con lo que sientes.
No eres difícil. Estás sobrecargado.
La próxima vez que alguien diga "no sé por qué te pones así por esa tontería", puedes pensar (o decir, si te apetece): no es por esa tontería. Es por las trescientas tonterías que he procesado antes de esa sin que nadie se enterara.
Tu mecha no es corta porque seas mala persona. Es corta porque tu cerebro lleva todo el día encendido a máxima potencia sin botón de pausa.
Y ahora que lo sabes, por lo menos puedes dejar de pelearte contigo mismo cada vez que saltas. Que ya es mucho.
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