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Disforia sensible al rechazo en pareja: cuando un gesto lo cambia todo

Tu pareja suspira y tu cerebro decide que todo ha terminado. Así funciona la disforia sensible al rechazo en pareja con TDAH.

tdah

Tu pareja suspira. Solo suspira. Y tu cerebro ya ha decidido que no te quiere, que todo se acabó, y que vas a morir solo. En 0,3 segundos.

No ha dicho nada. No ha hecho nada. Ha soltado aire por la nariz con un poco más de fuerza de lo normal. Puede que esté cansada. Puede que le duela la espalda. Puede que haya recordado que se le olvidó comprar leche.

Pero tú ya estás en otro sitio. En tu cabeza ya ha pasado la discusión, la ruptura, la mudanza, el reparto de los muebles de IKEA y la pelea por quién se queda al gato.

Todo porque alguien suspiró.

¿Qué es la disforia sensible al rechazo y por qué destroza las relaciones?

La disforia sensible al rechazo (RSD, por sus siglas en inglés) es una reacción emocional desproporcionada al rechazo percibido. Percibido, no real. Esa es la clave. No necesitas que te rechacen de verdad. Tu cerebro solo necesita una señal mínima, un gesto, un tono, un silencio, y completa el resto de la película él solito.

Y no es que seas dramático. No es que busques problemas. Es que tu cerebro con TDAH no regula las emociones como debería. La señal entra, y en vez de pasar por un filtro de "a ver, vamos a analizar esto con calma", va directa al centro del dolor emocional. Sin escala. Sin paracaídas.

Es como si todo el mundo tuviera un portero en la puerta de sus emociones, y el tuyo se hubiera ido a por un kebab y no hubiera vuelto.

En la vida normal, esto ya es complicado. Un comentario de un compañero de trabajo, un mensaje que tarda en llegar, un amigo que cancela planes. Todo duele más de lo que debería.

Pero en pareja, esto es una bomba de relojería.

¿Por qué la pareja es el terreno más peligroso?

Porque en ningún otro sitio estás tan expuesto.

Con un amigo, si cancela una cena, te duele, pero hay distancia. Con un compañero de trabajo, si no te ríe una broma, pues vale, era mala la broma. Pero con tu pareja has bajado todas las defensas. Le has dado acceso total. Y eso significa que cualquier microgesto tiene el poder de destrozarte.

Tu pareja mira el móvil mientras le hablas. Microrechazo. Tu pareja contesta con un "vale" seco. Microrechazo. Tu pareja no te besa al llegar a casa. Microrechazo.

Y cada uno de esos microrechazos, que para otra persona serían ruido de fondo, para ti son una puñalada. Pequeña, pero directa. Y se acumulan.

Lo peor es lo que haces con eso. Porque el dolor no se queda quieto. El dolor necesita salir. Y normalmente sale de dos formas: o te cierras en banda como una ostra con candado, o explotas como si te acabaran de decir que tu serie favorita la han cancelado en la tercera temporada.

Ninguna de las dos es útil. Las dos confunden a tu pareja. Las dos alimentan el ciclo.

¿Qué ve tu pareja desde fuera?

Esto es lo que más duele cuando lo entiendes.

Tu pareja no ve la disforia. No ve la película de terror que se ha montado tu cerebro en 0,3 segundos. Tu pareja ve que ha suspirado y que de repente estás de morros, o llorando, o diciendo "no pasa nada" con la cara de que pasa absolutamente todo.

Y no entiende nada.

Desde fuera parece que eres hipersensible, que todo te molesta, que hay que ir con pies de plomo contigo. Y eso agota. Agota a la persona que está a tu lado, que siente que tiene que medir cada palabra, cada gesto, cada suspiro, porque cualquiera puede desencadenar una reacción que no comprende.

Esto es lo que convierte al TDAH en una fábrica de dramas que no existen

¿Se puede hacer algo o estamos condenados?

Se puede. Pero requiere trabajo. Y no solo tuyo.

Lo primero es ponerle nombre. Suena básico, pero el día que entiendes que eso que sientes tiene nombre, que es un patrón conocido, que no eres el único que reacciona así, algo cambia. No desaparece el dolor, pero dejas de pensar que estás loco.

Lo segundo es el espacio entre el estímulo y la reacción. Ese 0,3 segundos es demasiado rápido para frenarlo en el momento. Pero puedes entrenarte para, al menos, detectar cuándo ha pasado. "Me ha dolido ese suspiro. Voy a esperar antes de reaccionar." No siempre funciona. A veces el tren ya ha salido. Pero cada vez que lo pillas, es una victoria.

Lo tercero, y esto es lo más difícil, es comunicarlo sin que acabe en pelea. Decir "cuando has suspirado he sentido que estabas harto de mí, y sé que probablemente no era eso, pero necesito que me lo confirmes" es tremendamente difícil. Porque te sientes ridículo. Porque estás pidiendo validación por un suspiro. Pero es infinitamente mejor que cerrarte o explotar.

Y lo cuarto es que tu pareja entienda qué está pasando. No para que te aguante. No para que camine sobre cristales. Sino para que cuando te vea reaccionar a algo que parece insignificante, pueda decir "eh, estoy aquí, no pasa nada" en vez de "pero ¿qué te pasa ahora?".

¿Y si soy yo el que deja en visto?

Giro de guion: a veces eres tú.

A veces tú eres el que suspira, el que contesta con monosílabos, el que se olvida de contestar un mensaje. Y si tu pareja también tiene esta sensibilidad, la has liado. Dos cerebros con disforia sensible al rechazo en la misma relación es como dos personas con alergia al polen viviendo en un campo de girasoles.

La clave es que esto no se trata de cambiar cómo es tu cerebro. No puedes. Se trata de entender cómo funciona para dejar de hacerte daño con sus reacciones. Y de construir con tu pareja un sistema en el que los dos sepáis qué está pasando cuando pasa.

No es fácil. No es rápido. No hay truco mágico.

Pero el simple hecho de que estés leyendo esto, de que le estés poniendo nombre, ya es más de lo que la mayoría hace. La mayoría solo suspira y espera que no pase nada.

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