Me engancho a discusiones en internet que no me importan
Llevas una hora discutiendo con un desconocido en internet sobre algo que te da igual. No puedes parar. No es que te importe. Es que no puedes soltar.
Son las 23:47. Mañana madrugas. Lo sabes. Tienes la alarma puesta. Tienes ropa preparada. Tienes todo listo para levantarte a las 7 como una persona funcional.
Y estás en la cama contestando a un tío que no conoces de nada sobre si la pizza con piña es aceptable o no.
Un tío que vive en otro país. Un tío que probablemente tiene un gato de foto de perfil y opiniones sobre todo. Un tío que escribió un comentario que te pareció incorrecto hace 45 minutos y que desde entonces ha secuestrado tu cerebro entero.
Y lo peor: sabes que no te importa. La pizza con piña te da exactamente igual. Pero ya estás dentro. Ya has escrito tres respuestas. Ya has buscado un artículo que respalda tu postura. Ya has formulado una frase que consideras definitiva. Y ese tío ha respondido con algo que te ha picado más. Y ahora no puedes irte a dormir habiendo perdido una discusión sobre pizza con un desconocido de internet.
Es la 1:14. Mañana vas a estar destrozado.
¿Por qué no puedo simplemente dejarlo?
Porque tu cerebro ha encontrado estímulo. Y cuando tu cerebro encuentra estímulo, se engancha. Da igual que el estímulo sea una discusión absurda sobre pizza. Lo que importa es que hay conflicto, hay emoción, hay respuesta inmediata. Cada notificación de "alguien ha respondido a tu comentario" es una micro-dosis de algo que tu cerebro necesita desesperadamente: activación.
Es como una máquina tragaperras. Tiras de la palanca, sale un resultado, tiras de la palanca otra vez. El contenido no importa. Lo que importa es el ciclo. Estímulo, respuesta, estímulo, respuesta. Y tu cerebro se queda ahí, enganchado al ciclo, hasta que el cuerpo se rinde de cansancio.
Y no es que no tengas cosas mejores que hacer. Las tienes. Las sabes. Pero las cosas mejores que hacer no dan estímulo inmediato. Un informe del trabajo no te contesta en 30 segundos con una frase que te pica. Un tío en Twitter sí.
El conflicto como dopamina
Hay algo que tu cerebro ama del conflicto online: es fácil, es rápido y es infinito.
No tienes que ir a ningún sitio. No tienes que preparar nada. No tienes que comprometerte con nada. Solo tienes que escribir y alguien te responde. Y cada respuesta es una nueva oportunidad para que tu cerebro se active. Es el snack perfecto para un cerebro que siempre tiene hambre.
Y si encima el otro tiene la respuesta equivocada (según tú, claro), se activa algo más: la necesidad de corregir. De que la verdad prevalezca. De que ese señor de Cádiz entienda que la pizza con piña no es un crimen contra la humanidad sino una opción gastronómica perfectamente válida o al revés, da lo mismo el bando.
Y no puedes dejarlo porque dejarlo significa aceptar que el otro se quede con la última palabra. Y tu cerebro no puede con eso. Tu cerebro necesita cerrar la historia. Necesita ganar. Necesita el punto final.
Solo que en internet no hay punto final. Siempre hay una respuesta más.
Si te pasa que la injusticia te altera de forma desproporcionada, esto es su versión digital. El mismo motor. Distinto escenario.
Lo que pierdes mientras tanto
Horas de sueño. Energía emocional. Tiempo que podrías haber dedicado a cualquier otra cosa. Y algo más: paz. Porque después de una hora discutiendo online, no te sientes satisfecho. Te sientes vacío. Como cuando comes comida basura: mientras la comes piensas que es genial, pero después solo queda el arrepentimiento y el malestar.
Y al día siguiente estás reventado. Y no puedes concentrarte. Y la tarea que tenías que hacer sigue sin hacerse. Y piensas: "Anoche me acosté tarde discutiendo sobre pizza". Y te sientes idiota.
Pero la próxima noche. La próxima noche será igual. Porque el estímulo es demasiado fácil de encontrar. Y tu cerebro tiene demasiada hambre.
Quizá no es falta de disciplina
Te voy a decir algo que a lo mejor te suena. Esa incapacidad de soltar algo que te ha enganchado. Esa búsqueda constante de estímulo. Esa dificultad para hacer lo que sabes que tienes que hacer cuando lo que no tienes que hacer es más estimulante. Hay mucha gente a la que le pasa. Y en muchos casos tiene una explicación.
Se llama TDAH. Y uno de sus rasgos menos conocidos es exactamente esto: la búsqueda de estímulo. Un cerebro que necesita activación constante y que la encuentra donde puede. A veces en proyectos brillantes. A veces en decisiones impulsivas. A veces en una discusión sobre pizza con un desconocido a las dos de la mañana.
No soy tu médico. Esto no es un diagnóstico. Pero si te suena todo esto y además sientes que todo te cuesta más que a los demás sin saber por qué, quizá merece la pena mirarlo.
Hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica nada, pero puede ayudarte a entender por qué tu cerebro se engancha a cosas que no te importan y no puede soltar las que sí. Puedes hacerlo aquí.
Sigue leyendo
Me abruma tener demasiadas opciones y no elijo ninguna
Cuantas más opciones tienes, menos decides. No es indecisión. Es un cerebro que se satura cuando todo parece igual de urgente.
Siento que todo es urgente aunque objetivamente no lo sea
Tu cerebro trata un email como una emergencia y una emergencia como un email. Todo urgente, todo ya, todo a la vez. Y no puedes pararlo.
Mi cuerpo quiere descansar pero mi cerebro no para nunca
Tu cuerpo dice basta. Tu cerebro dice mas. Y tu estas en medio, sin poder apagar ninguno. Bienvenido al conflicto eterno.
Rindo mucho unos días y casi nada otros: mi productividad es muy irregular
Lunes: superhéroe. Martes: zombie. Tu rendimiento no tiene patrón y nadie entiende por qué. Ni siquiera tú.