Me da pereza quedar con gente aunque quiera verlos: no es que no me importen
Te apetece ver a tus amigos pero cuando llega el momento te da una pereza brutal. No eres antisocial. Tu cerebro funciona diferente.
Me encanta la idea de quedar. En abstracto. Cuando alguien me propone un plan, mi primer pensamiento es "sí, mola, me apetece". Y lo digo de verdad. No miento.
El problema es que entre el "sí, claro" y el momento de salir de casa pasan unas horas. Y en esas horas mi cerebro monta un drama que no tiene ningún sentido.
"Pero es que hay que ducharse." "Pero es que hay que ir hasta allí." "Pero es que si voy me voy a quedar hasta tarde y mañana voy a estar muerto."
Y al final, me quedo en el sofá. Otra vez. Con ganas de haber ido pero sin capacidad de moverme. Y les escribo un "tío, perdona, al final no puedo". Y me siento como una mierda. Cada vez.
¿Por qué me da pereza quedar si quiero ver a la gente?
Pues a ver, vamos a desmontar esto. Porque llamarlo "pereza" es quedarse en la superficie.
Lo que yo siento no es pereza normal. No es el "buah, no me apetece" de alguien que está cansado. Es algo más denso. Es como si entre yo y el plan hubiera un muro invisible. No un muro enorme, no una montaña. Un muro de medio metro que cualquier persona podría saltar sin pensarlo. Pero yo me quedo mirándolo como si fuera la muralla china.
Es que la cantidad de pasos que hay entre "estoy en mi sofá" y "estoy sentado en el bar con mis colegas" son demasiados para mi cerebro. Para la mayoría de la gente, salir de casa es un acto automático. Te levantas, coges las llaves, te vas. Para mí es una secuencia de 47 microdecisiones que mi cerebro tiene que procesar una por una.
Qué me pongo. Dónde están las llaves. Llevo cartera. Vale, ¿cojo el metro o voy andando? Si voy andando llego tarde. Si cojo el metro tengo que comprobar los horarios. Espera, ¿dónde habíamos quedado? Le pregunto al grupo. Nadie contesta. Sigo en el sofá.
Y no es que cada paso sea difícil. Es que la suma de todos ellos me paraliza. Es como si alguien te dijera "solo tienes que hacer veinte cosas facilísimas seguidas". Sí, claro. Fácil para quien tiene un cerebro que las encadena en piloto automático. El mío necesita arrancar el motor manualmente para cada una.
¿Es normal cancelar planes a última hora todo el rato?
Mira, te voy a contar algo que me pasó hace un par de meses.
Quedé con un amigo para cenar. Lo había propuesto yo. Yo. Me apetecía un montón. Llevábamos sin vernos desde hacía semanas y tenía ganas de ponerme al día con él.
Llega el día. Son las seis de la tarde. La cena es a las ocho. Y yo estoy en el sofá con el portátil, metido en algo que ni siquiera recuerdo qué era. Algo de trabajo, seguramente. O un vídeo de YouTube. Da igual. El caso es que estoy ahí, en mi burbuja, y de repente veo la hora.
"Hostia, a las ocho he quedado."
Y en vez de levantarme y empezar a prepararme, mi cerebro dice: "Pero estás muy a gusto aquí". Y tiene razón. Estoy a gusto. Estoy en mi mundo. Y salir de ese mundo para entrar en el mundo social requiere un esfuerzo que en ese momento me parece descomunal.
No es que no quiera ver a mi amigo. Es que ya estoy haciendo algo y cambiar de actividad es como desenchufar un ordenador que está a mitad de una actualización. Todo mi sistema dice "no, ahora no, estamos ocupados".
Al final fui. Pero llegué media hora tarde, estresado por haber tenido que salir de casa a toda prisa, y los primeros veinte minutos de la cena estuve en modo robot mientras mi cerebro cambiaba de canal. Y luego disfruté. Lo pasé genial. Me fui pensando "tenemos que repetir". Y ya han pasado meses y no hemos repetido.
¿Por qué no puedo simplemente obligarme a ir?
Porque no funciona así. No para mí.
He probado lo de "comprométete y punto". He probado lo de "no pienses, actúa". He probado lo de poner alarmas, recordatorios, pedirle a gente que me llame cuando vaya a ser la hora. He probado tener la ropa preparada desde por la mañana.
Y a veces funciona. Pero la mayoría de las veces, el esfuerzo de luchar contra mi propio cerebro me deja tan agotado que cuando llego al plan ya no tengo energía para disfrutarlo. Es como gastar toda la gasolina en arrancar el coche y quedarte sin combustible a mitad de camino.
Lo que me funciona un poco mejor es reducir la fricción al mínimo. No quedar en sitios que estén lejos. Quedar en plan "nos vemos en tu portal en diez minutos". Planes cortos, con hora de fin clara. Nada de "ya veremos a qué hora acabamos". Mi cerebro necesita saber cuándo termina esto. No porque quiera irme, sino porque la incertidumbre le genera ansiedad.
Y lo más importante: no mentirme. He dejado de decir "sí, claro" a todo el mundo sabiendo que luego no voy a ir. Ahora digo "me apetece pero no te prometo nada". Y los amigos que me conocen saben que eso no es un rechazo. Es honestidad.
Porque la gente piensa que paso de ellos, pero no es verdad. No paso de nadie. Es que mi cerebro necesita un esfuerzo brutal para hacer cosas que para otros son automáticas. Y a veces no tengo ese esfuerzo disponible. No porque no quiera. Porque no me queda.
¿Y si no es solo pereza?
Esto es lo que me cambió la perspectiva.
Yo pensé durante años que era vago. Que era antisocial. Que era egoísta. Que en el fondo no me importaba la gente tanto como decía. Y me comí ese cuento durante mucho tiempo.
Hasta que alguien me dijo algo que se me quedó grabado: "No es que no quieras ir. Es que el paso de querer a hacer no funciona bien en tu cabeza."
Y es exactamente eso. El puente entre la intención y la acción está roto. O, mejor dicho, no es que esté roto. Es que está oxidado, chirría cada vez que lo cruzo, y a veces se atasca y no puedo pasar. Pero no siempre. Hay días que cruzo sin problema. Y esos días quedo, voy, disfruto, y vuelvo pensando "¿ves? No era para tanto". Y al día siguiente el puente vuelve a estar atascado.
Si te pasa esto, si te agobia que te necesiten todo el rato pero al mismo tiempo te sientes culpable por no estar ahí, si cancelar planes es tu deporte favorito pero lo odias con toda tu alma, puede que tu cerebro funcione diferente al de la mayoría.
Puede que detrás de esa "pereza" que sientes haya algo que no es pereza en absoluto. Algo que tiene nombre. Algo que cuando lo entiendes, dejas de sentirte como la peor persona del mundo y empiezas a buscar formas de trabajar con ello en vez de contra ello.
Porque el problema no es que no quieras quedar. El problema es que tu cerebro convierte un acto simple en una operación logística. Y cuando socializar te agota a un nivel que no puedes explicar, algo tan básico como "quedar con un amigo" se convierte en una tarea titánica. No porque seas vago. Sino porque tu sistema de arranque necesita revisión.
Esto no sustituye ningún diagnóstico profesional. Si sospechas que lo tuyo va más allá de la pereza, consulta con un psicólogo o psiquiatra. Mientras tanto, tengo un test de 43 preguntas que puede darte una primera pista. Gratis, 5 minutos. Hacer el test TDAH.
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