Pierdo el móvil dentro de mi propia casa varias veces al día
Lo tenías en la mano hace 30 segundos. Ahora no está. Ni en el bolsillo, ni en la mesa. Tu cerebro lo dejó en algún sitio sin avisarte.
Lo tenías en la mano hace 30 segundos. Literalmente. Y ahora no está. Ni en el bolsillo, ni en la mesa, ni en el sitio donde "siempre" lo dejas. Porque ese sitio cambia cada 4 minutos.
Y empieza la búsqueda. La que ya te sabes. Sofá, cocina, baño, bolsillos del pantalón que llevas puesto, bolsillos del pantalón que no llevas puesto, encima de la nevera (por algún motivo), dentro de la nevera (no sería la primera vez).
Lo encuentras entre los cojines. O encima de la lavadora. O en la mano. Que también ha pasado.
¿Por qué pierdes el móvil si lo acabas de tener en la mano?
Porque tu cerebro no registró dónde lo dejó. Así de simple y así de absurdo.
Mira, cuando sueltas el móvil, hay un proceso que se supone que pasa automáticamente. Tu cerebro registra la acción, la guarda en la memoria de trabajo y la mantiene ahí el tiempo suficiente para que luego puedas recuperar esa información. "Lo dejé en la mesa del salón." Listo. Fácil. Sencillo.
Pues no.
Cuando tu memoria de trabajo tiene la capacidad de una mesa de noche en la que solo caben dos cosas, lo que pasa es que en el momento exacto en que sueltas el móvil, tu cerebro ya estaba pensando en otra cosa. En lo que ibas a cenar. En ese email que no has contestado. En por qué la vecina de arriba arrastra muebles a las once de la noche. Da igual. El caso es que la acción de soltar el móvil se ejecutó en piloto automático. Sin registro. Sin recibo. Sin comprobante.
Y luego tú preguntas: "¿Dónde lo he dejado?" Y tu cerebro te mira con cara de "no tengo ni idea, ¿no es tu trabajo eso?"
No. Debería ser el suyo. Pero a veces no está por la labor.
No es que seas despistado. Es que tu cerebro no graba en automático.
Esto tiene un nombre técnico que suena a diagnóstico de ciencia ficción, pero básicamente se reduce a que la automatización de tareas simples no funciona igual para todos los cerebros.
La mayoría de la gente suelta el móvil y su cerebro hace un screenshot mental del momento. "Mesa. Lado izquierdo. Al lado de las llaves." Ni siquiera son conscientes de que lo hacen. Es automático.
Pero hay cerebros que no hacen ese screenshot. Cerebros que están tan ocupados saltando de un pensamiento a otro que las acciones físicas del día a día se ejecutan sin supervisión. Y cuando algo se ejecuta sin supervisión, no deja rastro.
Es como esas cámaras de seguridad que están puestas pero no graban. La cámara está ahí. El cable está ahí. Pero nadie le dio al botón de grabar. Entonces cuando quieres rebobinar, no hay nada.
Pues eso. Tu cerebro es una cámara de seguridad que se olvidó de grabar.
Y no pasa una vez. Pasa varias veces al día. Porque no es un fallo puntual. Es un patrón. El móvil. Las llaves. Las gafas. La cartera. La taza de café que te acabas de servir y que ahora está en el baño sin que tengas ninguna explicación de cómo llegó ahí.
Si esto te suena familiar, probablemente también te suene lo de perder las llaves, el móvil y las gafas en el mismo día. Mismo cerebro, mismo mecanismo, distintos objetos desaparecidos.
La parte que nadie te dice: no es solo el móvil
Lo del móvil es la versión visible. La que puedes contar en una cena y la gente se ríe. "Ja, ja, qué despistado eres."
Pero el mismo mecanismo que hace que pierdas el móvil es el que hace que se te olvide una cita importante. O que no recuerdes dónde aparcaste. O que entres en una habitación y no sepas a qué has ido. Es el mismo fallo de registro, aplicado a todo.
Porque si tu cerebro no graba las acciones cotidianas, tampoco graba los compromisos que asumes a lo largo del día. Ese "quedamos a las cinco" que alguien te dijo mientras estabas pensando en otra cosa. Eso también desaparece. Exactamente igual que el móvil. Y entonces llega la hora y tú ni te acuerdas. No porque no te importe, sino porque tu cerebro no archivó la cita.
Y esto, acumulado, genera una cosa muy concreta: la sensación de que todo te cuesta más que a los demás. De que la gente normal no vive así. De que tú tienes algún fallo de fábrica que hace que las cosas simples sean un campo de minas.
Y no es que tengas un fallo de fábrica. Es que tu cerebro funciona con reglas distintas. Y eso no lo hace peor. Lo hace distinto. Que no es lo mismo.
Lo que hago yo (que no soluciona nada al 100%, pero ayuda)
No te voy a engañar: sigo perdiendo el móvil. Lo pierdo dentro de mi casa. Lo pierdo en el bolsillo. Lo pierdo en la mano. No hay cura para esto.
Pero hay cosas que reducen la frecuencia.
La primera es tener un sitio fijo. Ya sé que suena obvio. Pero "obvio" y "fácil de implementar" son dos cosas muy distintas cuando tu cerebro cambia de plan cada 90 segundos. El truco no es decidir un sitio fijo. El truco es obligarte a dejarlo ahí cada vez que lo sueltas, hasta que el acto se vuelve tan mecánico que ni siquiera tu cerebro puede sabotearlo.
Un cuenco. Una bandeja. Un sitio concreto en el escritorio. Da igual cuál. Lo que importa es que sea siempre el mismo. Y que esté visible.
La segunda es hablar en voz alta. "Dejo el móvil en la mesa." Parece una tontería. Pero verbalizar la acción obliga a tu cerebro a registrarla. Ya no es piloto automático. Es una acción consciente. Y las acciones conscientes dejan rastro.
La tercera es aceptar que vas a seguir perdiéndolo. Y que no pasa nada. Que perder el móvil 4 veces al día no te convierte en un desastre. Te convierte en alguien cuyo cerebro prioriza cosas distintas a recordar dónde dejó un trozo de cristal con batería.
Esto no es un diagnóstico, ojo. No soy médico ni pretendo serlo. Pero si este patrón te suena demasiado familiar y no solo con el móvil, puede que merezca la pena hablarlo con un profesional. Solo para descartar. O para no descartar. En cualquier caso, para saber.
---
Si quieres entender mejor cómo funciona tu atención y si estos patrones forman parte de algo más grande, hice un test de 43 preguntas. Gratis, sin diagnóstico, pero con suficiente información para saber si vale la pena consultar con un profesional. Hacer el test TDAH.
Sigue leyendo
Me siento vago pero sé que no lo soy: qué está pasando
No eres vago. Lo sabes en el fondo. Pero cuando no puedes hacer las cosas, la pereza es la explicación más fácil.
Los 21 días para crear un hábito no funcionan conmigo
Te dijeron que 21 días bastan para crear un hábito. Llevas años intentándolo y nunca has llegado ni al día 15.
Mi rutina de mañana ideal nunca sobrevive al martes
El lunes la clavo. Agua, ejercicio, journaling, planificación. El martes ya es café y mirar el móvil.
Hablo demasiado de mí y no dejo hablar a los demás
Te das cuenta de que llevas 20 minutos hablando de ti sin parar. No es egoísmo. Es un cerebro que no sabe regular cuándo parar.