Me cuesta quedarme callado aunque sepa que debo
Sabes que lo mejor es no decir nada. Tu cerebro lo sabe. Pero tu boca ya empezó a hablar y no hay vuelta atrás.
Hay una parte de ti que sabe perfectamente cuándo callarse. Que ve la situación, evalúa el contexto, y dice: "Esto no merece la pena. Déjalo estar. No digas nada."
Y hay otra parte de ti que ignora todo eso y habla de todas formas.
No es que no sepas cuándo callarte. Lo sabes mejor que nadie. Precisamente porque has metido la pata tantas veces que ya tienes un máster en situaciones que deberían haber terminado con la boca cerrada. El problema no es el conocimiento. El problema es la ejecución.
Tu cerebro ve la oportunidad de decir algo y la necesidad de decirlo es tan fuerte, tan inmediata, tan urgente, que callarte se siente como intentar no estornudar. Puedes aguantar un segundo, dos, tres. Pero eventualmente sale. Y cuando sale, sale con fuerza.
¿Por qué no puedes quedarte callado cuando sabes que deberías?
Porque el impulso de hablar no pasa por el mismo circuito que la decisión de no hablar.
Es como tener dos departamentos en tu cerebro. El departamento de planificación, que dice "calla". Y el departamento de impulsos, que dice "habla". Y el de impulsos tiene un cable directo a tu boca, mientras que el de planificación tiene que pasar por 14 intermediarios antes de que su mensaje llegue.
Resultado: cuando los dos departamentos disparan a la vez, siempre gana el impulso. No porque sea más importante. Sino porque es más rápido.
Y lo frustrante es que después, cuando ya hablaste y la cagaste, el departamento de planificación llega con su mensaje perfectamente redactado de "no deberías haber dicho eso" y tú piensas "¿DÓNDE ESTABAS HACE 30 SEGUNDOS?"
Estaba ahí. Simplemente llegó tarde.
Las discusiones que no merecían la pena
Esto se nota especialmente en discusiones. Porque tú puedes tener razón. Objetivamente, factualmente, tienes razón. Y tu cerebro lo sabe. Y necesita que el otro lo sepa también. Con una urgencia física.
Y no te importa que sea tu jefe, tu pareja, tu madre o un desconocido en internet. Si tienes razón y alguien dice algo incorrecto, tu cerebro activa la sirena de emergencia como si hubiera un incendio real. Y la única forma de apagar esa sirena es corregir al otro.
El problema es que tener razón y ganar la discusión no siempre van juntos. Y que hay discusiones donde ganar es perder. Donde callarte era lo inteligente. Donde hablar solo empeoró las cosas.
Pero eso lo ves después. En el momento, lo único que ves es que alguien está equivocado y que tú puedes arreglarlo.
La persona que habla demasiado en las reuniones
Esto tiene una versión laboral que es especialmente dolorosa.
Eres la persona que siempre tiene algo que decir en las reuniones. Que siempre añade un matiz. Que siempre rebate algo. Y tus compañeros ya te tienen fichado. Ponen los ojos en blanco cuando levantas la mano. Suspiran cuando empiezas a hablar.
Y tú lo notas. Lo notas y te duele. Porque no hablas por hablar. Hablas porque genuinamente tienes algo que aportar. Pero la frecuencia con la que lo haces ha devaluado tu aportación. Es como el pastor que gritaba "que viene el lobo". Aunque el lobo sea real, nadie te cree porque gritas demasiado.
Y te dices "mañana me callo" y al día siguiente es lo mismo. Porque la decisión de callarte la tomas fuera del contexto. Y dentro del contexto, cuando alguien dice algo y tú tienes la respuesta, la decisión previa se evapora.
¿Es solo que eres intenso o es algo más?
A ver, hay gente intensa que habla mucho y punto. Eso existe. Pero hay una diferencia entre hablar mucho porque quieres y no poder callarte aunque quieras.
Si puedes elegir cuándo hablar y cuándo no, eres una persona expresiva. Sin más. Pero si la decisión de callarte se te rompe cada vez que llega el momento de ejecutarla, eso no es personalidad. Eso es un fallo en el control de impulsos.
Los estudios sobre TDAH en adultos hablan mucho de esto. La impulsividad no es solo hiperactividad física. Es verbal. Es la incapacidad de frenar una respuesta cuando el contexto lo exige. Y la frustración que produce es enorme, porque sabes que te cuesta más que a los demás algo que parece tan simple como cerrar la boca.
No diagnostico ni pretendo hacerlo. Pero si llevas toda la vida luchando contra tu propia boca y perdiendo, puede que esa lucha tenga un nombre. Y puede que saber ese nombre cambie cómo te tratas a ti mismo.
Porque una cosa es pensar "soy un bocazas sin remedio" y otra muy distinta es pensar "mi cerebro tiene un problema con el control de impulsos y puedo trabajarlo". La diferencia entre esas dos frases es la diferencia entre odiarte y entenderte.
No soy médico. Te lo digo por experiencia, no desde una consulta. Pero si esto resuena, quizá merezca la pena hablar con alguien que sí lo sea.
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