Soy el que siempre cancela planes a última hora

Cuando aceptaste el plan sonaba genial. Cuando llega el momento, tu cuerpo dice que no. No eres mala persona. Es que tu energía no es predecible.

El lunes me dicen "el viernes cenamos". Y digo que sí. Encantado. Me apetece. De verdad que me apetece.

Llega el viernes. Son las seis de la tarde. La cena es a las nueve. Y algo dentro de mí dice "no puedo". No estoy enfermo. No ha pasado nada. Pero la idea de ducharme, vestirme, salir, conducir, llegar, socializar, estar atento, reírme, participar y volver a casa se siente como escalar el Everest sin oxígeno.

Así que cancelo. Con una excusa medio creíble. "Es que me ha surgido una cosa." "Es que me duele la cabeza." "Es que estoy reventado."

Y la persona al otro lado piensa "ya está otra vez". Porque no es la primera vez. Ni la quinta. Soy el que siempre cancela. El que dice que sí y luego no aparece. El que tiene fama de informal.

Y me jode. Porque cuando acepté el plan era sincero. Me apetecía de verdad. Pero la persona que aceptó el lunes y la persona que cancela el viernes no son la misma. No literalmente, claro. Pero se sienten como dos personas distintas.

¿Por qué aceptas planes que luego cancelas?

Porque cuando aceptas el plan, te sientes bien. Tienes energía. Te apetece la idea. Tu cerebro proyecta una versión del viernes en la que estás fresco, motivado y con ganas de socializar.

Pero tu cerebro no puede predecir cómo te vas a sentir el viernes. Y el viernes resulta que tu batería está al quince por ciento. Que la semana te ha pasado por encima. Que el simple hecho de pensar en salir de casa te genera un cansancio que no puedes explicar.

No es que hayas mentido el lunes. Es que tu estado de energía cambia de forma impredecible. Y tu yo del lunes no puede prometer por tu yo del viernes.

Es como firmar un contrato cuando estás borracho. En ese momento parece buena idea. A la mañana siguiente piensas "¿qué he hecho?".

Solo que tú no estás borracho. Solo tienes un cerebro cuya energía social fluctúa sin patrón. Y eso hace que cada plan sea una apuesta.

¿Qué siente la otra persona cuando cancelas?

Mira, no te voy a endulzar esto. La otra persona siente que no le importas.

Da igual que tú sepas que sí le importas. Da igual que canceles por motivos reales. Desde fuera, cancelar planes repetidamente dice: "no eres prioridad".

Y después de cancelar tres, cuatro, cinco veces, la gente deja de invitarte. No porque estén enfadados. Porque se han cansado de que les fallen. Y tú lo entiendes. Pero duele igual.

Porque tú no quieres ser esa persona. No quieres ser el que siempre falla. Pero no puedes garantizar que el viernes vas a tener energía para socializar. Y prometer algo que no puedes garantizar es exactamente lo que te mete en este lío una y otra vez.

Cómo dejo de ser el que siempre cancela

No he dejado de cancelar del todo. Pero he reducido bastante. Y te cuento cómo.

Primero: no acepto planes para más de tres días vista. Si me invitan a algo el lunes para el sábado, digo "suena genial, ¿puedo confirmarte el jueves?". Así no prometo algo que no sé si puedo cumplir. Y el jueves ya tengo mejor idea de cómo voy a estar.

Segundo: planes fáciles de cancelar o escalar. Si la opción es "cenar en un restaurante que hay que reservar con dos semanas" o "vemos algo en tu casa", la segunda es mucho más manejable. Porque si llego y a los cuarenta minutos estoy muerto, me puedo ir sin drama. En un restaurante formal estás atrapado tres horas.

Tercero: ser honesto. "Oye, a veces cancelo planes y no es por ti. Es que tengo días en los que no puedo con la vida social y no lo sé hasta que llega el momento." No todo el mundo lo entiende. Pero los que lo entienden son los que importan.

Y cuarto: cuando sí voy, no me exijo estar perfecto. Si estoy cansado pero fui, eso ya es una victoria. No necesito ser el alma de la fiesta. Necesito estar ahí.

Si cancelar planes es tu patrón y no algo puntual, si te cuesta hacer amigos de adulto porque nadie confía en que vayas a aparecer, si sientes que todo te cuesta más que a los demás, merece la pena que alguien con conocimiento te ayude a entenderlo.

No porque cancelar planes sea una enfermedad. Sino porque si detrás de la cancelación hay un patrón de energía impredecible, gestión social agotadora y máscara social constante, eso tiene un nombre. Y saber el nombre ayuda.

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