Lloro por cosas que no deberían importar y no puedo controlarlo

Se te saltan las lágrimas por una tontería y no sabes por qué. No eres dramático. Tu cerebro procesa las emociones distinto.

Se me saltaron las lágrimas viendo un anuncio de Navidad. En julio.

No era un anuncio especialmente bonito. Ni siquiera me gustan esas cosas. Pero ahí estaba yo, con los ojos empañados en el sofá, mirando un spot de turrones como si me estuvieran contando la tragedia de mi vida. Y lo peor es que lo sabía. Sabía que era absurdo. Sabía que no había ningún motivo para llorar. Y aun así no podía parar.

Eso es lo que la gente no entiende. Cuando dices "lloro por todo", no te refieren a que seas sensible, ni a que te guste el drama. Es que literalmente tu cuerpo decide por ti. Las lágrimas aparecen y tú estás ahí pensando "pero vamos a ver, ¿se puede saber qué me pasa?".

¿Por qué lloro por cosas que no tienen importancia?

A ver, vamos por partes. Porque esto tiene más miga de lo que parece.

Tu cerebro tiene un sistema emocional que se encarga de regular la intensidad de lo que sientes. Piensa en ello como un grifo. La mayoría de la gente tiene un grifo que abre y cierra con precisión: poquita agua para las cosas pequeñas, más para las gordas. El tuyo no tiene regulador. Abre a tope siempre. Da igual que sea un anuncio de turrones o que se te haya muerto el pez.

Y eso genera una cosa muy puñetera: desproporción constante.

Lloras porque tu compañero te ha dicho "buen trabajo" con un tono que no era exactamente el que esperabas. Lloras porque ves un perro viejo en el parque. Lloras porque te has equivocado en una cosa que no importa absolutamente nada. Y cada vez que pasa, te miras al espejo emocional y piensas que algo va mal contigo.

Parece una tontería, pero eso acumula. Porque no es un día. Es todos los días. Es cada semana varias veces preguntándote por qué no puedes simplemente sentir las cosas con la intensidad apropiada.

¿Soy demasiado sensible o es otra cosa?

Mira, te voy a contar algo.

Durante años pensé que era una persona demasiado emocional. Que tenía que endurecerme. Que el problema era que no había aprendido a gestionar mis emociones. Y me castigaba por ello. Cada vez que se me saltaban las lágrimas en un sitio inadecuado, me decía: "Contrólate. Eres adulto. Esto no es normal."

El problema con ese enfoque es que asume que tienes el mismo sistema emocional que los demás y simplemente no lo usas bien. Y no es así. Es como pedirle a alguien que corra los 100 metros lisos con las zapatillas desatadas y enfadarte porque no gana. No es falta de esfuerzo. Es falta de herramientas.

Lo que yo tengo, y probablemente tú también si estás leyendo esto, es un cerebro que no filtra la intensidad emocional. Todo entra al mismo volumen. Un comentario bonito y una tragedia real se procesan con la misma fuerza. Y llorar es simplemente lo que hace tu cuerpo cuando la emoción es demasiado grande para contenerla.

Si alguna vez has sentido que una crítica te hunde el día entero aunque sea constructiva, esto está muy relacionado. No es que no aguantes la presión. Es que tu cerebro amplifica todo lo que recibe.

El problema no es llorar. Es lo que viene después.

Aquí está la trampa.

Lloras por algo pequeño. Te sientes ridículo. Te avergüenzas. Y esa vergüenza se convierte en más carga emocional, que hace que llores más fácil la próxima vez. Es un bucle que se alimenta solo.

Y la gente alrededor no ayuda. "No llores, si no es para tanto." Ya lo sé. Créeme que lo sé. Pero decirme que no llore es como decirle a alguien que estornuda que deje de estornudar. No es voluntario.

Lo que he aprendido, después de muchos años y bastante terapia, es que el problema no está en llorar. El problema está en pensar que llorar por cosas pequeñas significa que estás roto. No lo estás.

Tu cerebro procesa las emociones con un volumen distinto al de la mayoría. Eso tiene un nombre, tiene una explicación, y tiene mucho que ver con cómo funciona tu sistema nervioso. Para mucha gente, cuando descubren por qué les cuesta todo más que a los demás, de repente las piezas encajan. Ya no es "soy raro". Es "mi cerebro funciona así".

¿Se puede hacer algo o estoy condenado a llorar con los anuncios de turrones?

Sí se puede hacer algo. No te voy a engañar, no vas a pasar de llorar con anuncios a ser un témpano de hielo. Pero hay cosas que cambian cuando entiendes qué te pasa.

La primera es que dejas de machacarte. Y eso solo ya libera un montón de energía que antes gastabas en sentirte culpable.

La segunda es que aprendes a anticipar. Sabes que ciertos estímulos te van a disparar. No siempre puedes evitarlos, pero puedes crear un pequeño espacio entre lo que sientes y lo que haces con lo que sientes. Ese espacio es todo.

Y la tercera es que empiezas a distinguir entre la emoción real y la reacción amplificada. Porque muchas veces lo que lloras no es el anuncio. Es el cansancio. Es la frustración acumulada de tres días. Es que pasas de estar bien a hundirte en segundos y no entiendes por qué.

Hay cerebros que funcionan así. Que la desregulación emocional es parte del paquete. Y cuando lo sabes, no lo arregla todo, pero cambia cómo te hablas a ti mismo. Y eso vale más de lo que parece.

Esto no sustituye una evaluación profesional. Si esto te suena demasiado familiar, habla con un psicólogo o psiquiatra que sepa de esto.

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