Hay días que hasta la higiene personal la pospongo

No es que no quieras ducharte. Es que la ducha se convierte en un muro invisible que tu cerebro no puede escalar sin un motivo concreto.

Esto no se lo cuento a mucha gente. Pero hay días que tardo horas en ducharme. No porque no quiera. No porque no sepa que necesito una ducha. Sino porque entre "sé que tengo que ducharme" y "me estoy duchando" hay un abismo que mi cerebro no siempre puede cruzar.

Y no es un día raro. No es que esté enfermo o deprimido. Es un martes normal. Un día cualquiera. Y estoy ahí, en pijama a las 3 de la tarde, pensando "tengo que ducharme" cada 20 minutos sin hacerlo.

Suena a dejadez. Lo sé. Suena a persona que no se cuida. Pero te aseguro que quiero ducharme. Que sé que después de la ducha me voy a sentir mejor. Que lo he comprobado literalmente miles de veces. Y aun así, hoy no puedo empezar.

¿Cómo puede ser tan difícil algo tan básico?

Porque tu cerebro no evalúa las tareas por su dificultad real. Las evalúa por la cantidad de pasos que implican. Y ducharse no es "ducharse." Es levantarse, ir al baño, desvestirse, abrir el grifo, esperar a que salga caliente, meterse, mojarse, coger el champú, lavarse el pelo, aclararse, coger el gel, enjabonarse, aclararse, cerrar el grifo, secarse, vestirse.

Son 15 micro-pasos. Y tu cerebro los ve todos a la vez. No ve "una ducha." Ve una secuencia de 15 acciones consecutivas que requieren iniciar, mantener y terminar. Y eso, para un cerebro que funciona por impulsos y no por secuencias, es agotador antes de empezar.

Es como esa barrera invisible que sientes antes de cualquier tarea. No importa que sea algo que haces todos los días. No importa que sepas hacerlo con los ojos cerrados. Tu cerebro ve la secuencia completa y dice: "Ahora no. Luego."

¿Por qué nadie habla de esto?

Porque da vergüenza. Punto. Puedes decir "procrastino con el trabajo" y la gente asiente. Puedes decir "procrastino con los emails" y todo el mundo se identifica. Pero decir "hoy he tardado 4 horas en ducharme" te mira como si necesitaras ayuda urgente.

Y esa vergüenza hace que lo calles. Que lo vivas solo. Que pienses que eres la única persona del planeta que no puede hacer algo que un niño de 5 años hace sin pensar.

Pero no eres la única persona. Ni de lejos. Lo que pasa es que los demás tampoco lo cuentan. Porque también les da vergüenza.

Y lo más frustrante es que esto no se limita a la ducha. Lavarte los dientes. Hacerte la cama. Preparar comida. Cosas básicas de supervivencia que tu cerebro convierte en tareas imposibles porque no generan suficiente estímulo.

El antes y el después de hacerlo

¿Sabes lo que más me fastidia? Que después de ducharme me siento increíble. Cada vez. Sin excepción. Me ducho y pienso: "¿Por qué no hice esto hace 3 horas?"

Y esa brecha entre el "antes" y el "después" es la prueba de que el problema no es la tarea. La tarea está bien. La tarea es fácil. El problema está en el puente que conecta "quiero hacerlo" con "lo estoy haciendo." Ese puente, en tu cerebro, a veces no existe. Y no puedes cruzar un puente que no está ahí por mucha voluntad que le pongas.

¿Qué me ayuda a mí cuando pasa esto?

La regla de los 5 segundos. Que suena a libro de autoayuda barato, lo sé. Pero en mi caso funciona. Cuento 5, 4, 3, 2, 1, y me levanto. No me doy tiempo a pensar. No negocio conmigo mismo. Cuento y me muevo.

No funciona siempre. Hay días que cuento hasta 1 y me quedo sentado. Pero funciona más que no contar. Y a veces el truco no es encontrar algo perfecto, sino algo que funcione el 60% de las veces.

También me ayuda tener algo después. Una excusa externa. "Me ducho porque luego tengo que salir." "Me ducho porque va a venir alguien." El motivo externo hace lo que el motivo interno no puede: mover tu cuerpo de un sitio a otro.

No soy profesional de la salud mental. No diagnostico. Pero si posponer la higiene personal es algo que te pasa regularmente, no algo puntual, no es dejadez. Es algo que merece la pena explorar con alguien que sepa.

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