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Lewis Carroll: el matemático que se escapaba al País de las Maravillas

Lewis Carroll era profesor de matemáticas en Oxford y escribió el libro más absurdo de la historia. La lógica y el caos en el mismo cerebro. Suena familiar.

tdahfamosos

Un profesor de matemáticas de Oxford que escribió el libro más absurdo de la historia de la literatura.

La lógica y el sinsentido coexistiendo en el mismo cerebro. Como si alguien hubiera escrito las reglas del mundo al revés, las hubiera leído dos veces, y luego las hubiera tirado por la ventana porque le aburrían.

Ese alguien se llamaba Charles Lutwidge Dodgson. Pero el mundo lo conoce como Lewis Carroll.

Y si alguna vez has sentido que tu cabeza funciona en dos canales a la vez, uno haciendo cálculos y otro inventando historias que no tienen ningún sentido, quizá te veas más reflejado en él de lo que esperabas.

El hombre que era dos personas a la vez

Charles Dodgson era, sobre el papel, la persona más seria que te puedas imaginar.

Profesor de matemáticas en Christ Church, Oxford. Diácono de la Iglesia Anglicana. Publicaba tratados de lógica simbólica que te harían sangrar los ojos si intentaras leerlos hoy. Un tipo que vivía rodeado de ecuaciones, teoremas y silogismos formales.

Y luego, de repente, se sentaba y escribía esto:

"Si yo tuviera un mundo propio, todo sería absurdo. Nada sería lo que es, porque todo sería lo que no es."

Eso no lo escribe alguien con un cerebro lineal.

Eso lo escribe alguien cuya cabeza funciona a saltos. Alguien que está dando clase de álgebra y de repente ve un conejo blanco con reloj de bolsillo pasar corriendo por su mente. Y en vez de ignorarlo, lo sigue. Por la madriguera. Hasta el fondo.

Dodgson y Carroll eran la misma persona. Pero funcionaban como si fueran dos cerebros metidos en el mismo cráneo, turnándose para llevar el volante.

¿Cómo se ven los posibles rasgos TDAH en Lewis Carroll?

Vamos a dejar algo claro antes de seguir: Lewis Carroll nunca fue diagnosticado de TDAH. Vivió en el siglo XIX, cuando el TDAH no existía ni como concepto. Lo que podemos hacer es mirar cómo funcionaba su cerebro y reconocer patrones que hoy resultan muy familiares.

Y hay bastantes.

La dispersión creativa que no para. Carroll no se dedicó a una cosa. Se dedicó a todas. Matemáticas, fotografía (fue uno de los fotógrafos más prolíficos de la era victoriana), literatura, lógica, inventos. Creó un dispositivo para escribir en la oscuridad llamado nyctograph. Inventó juegos de mesa, acertijos, puzzles matemáticos, métodos de cálculo mental. Su cabeza era como una fábrica con veinte líneas de producción funcionando a la vez, sin supervisor.

Eso, para alguien con un cerebro neurotípico, suena a caos.

Para alguien con un cerebro disperso, suena a martes.

Los juegos de lógica inversa. Carroll no pensaba en línea recta. Pensaba al revés. Sus acertijos y paradojas lógicas no buscaban resolver problemas de la forma convencional, sino darle la vuelta al problema hasta que la pregunta original ya no tuviera sentido. Eso es pensamiento lateral en estado puro. Y es exactamente cómo funciona una cabeza que no puede seguir el camino marcado porque su cerebro ya se ha ido por tres atajos diferentes antes de llegar al segundo paso.

La tartamudez y la incomodidad social. Dodgson tartamudeaba. Le costaba relacionarse con adultos. Se sentía mucho más cómodo con niños, a los que les contaba historias disparatadas durante horas. Y curiosamente, cuando contaba historias, la tartamudez mejoraba. Como si su cerebro necesitara estar en modo creativo para funcionar sin trabas. Algo que cualquiera que haya experimentado el hiperfoco entiende perfectamente: cuando tu cerebro conecta con algo que le interesa de verdad, de repente todo lo demás desaparece.

La obsesión con puzzles y acertijos. Carroll coleccionaba acertijos como otros coleccionaban sellos. Su correspondencia está llena de juegos de palabras, anagramas, enigmas lógicos. No podía parar. Si le dabas un problema, no descansaba hasta desmontarlo, reconstruirlo y convertirlo en algo que nadie más pudiera resolver. Esa necesidad compulsiva de estimulación mental constante es uno de los rasgos más reconocibles en cerebros que funcionan diferente.

Alicia como un viaje que es puro TDAH

Si nunca has leído Alicia en el País de las Maravillas con ojos de TDAH, te estás perdiendo algo.

Porque esa historia es, básicamente, cómo se siente vivir dentro de una cabeza que no para.

Alicia cae por una madriguera sin saber adónde va. Llega a un sitio donde las reglas cambian cada cinco minutos. Se hace grande, luego pequeña. Conoce a un gato que desaparece dejando solo la sonrisa. Tiene una conversación con un sombrerero que no lleva a ninguna parte. Asiste a un juicio donde la sentencia va antes que el veredicto.

Saltos de tema constantes. Lógica imposible. Estímulos por todos lados. Ninguna conversación termina donde empezó. Las reglas existen pero nadie las respeta. Y en medio de todo eso, Alicia intenta mantener la cordura haciendo preguntas razonables que nadie responde de forma razonable.

Si eso no es una descripción perfecta de cómo funciona un cerebro con TDAH, no sé qué lo es.

Carroll no escribió un cuento infantil. Escribió un mapa de cómo funciona una mente que procesa el mundo de forma diferente. Solo que lo disfrazó de conejo blanco y reina de corazones.

El cerebro que no cabía en Oxford

Lo fascinante de Lewis Carroll es que tuvo éxito en los dos mundos. En el de la lógica pura y en el del absurdo total. En el del rigor académico y en el de la fantasía sin límites.

Pero no fue fácil.

Dodgson era conocido por ser meticuloso hasta la obsesión. Registraba todo. Llevaba un diario detallado. Catalogaba cada carta que enviaba y recibía, llegando a registrar más de 98.000 piezas de correspondencia en su vida. Eso es hiperfoco aplicado a la burocracia personal. Un sistema de compensación brutal para un cerebro que, sin estructura, se dispersaría en mil direcciones.

Porque eso es lo que hacen muchos cerebros dispersos: construyen sistemas rígidos para no perderse. Listas, registros, rutinas inamovibles. No porque les guste el orden, sino porque sin él, el caos gana. Los escritores con TDAH conocen bien esa tensión entre la creatividad desbordante y la necesidad de estructura para que esa creatividad produzca algo real.

Carroll encontró su equilibrio entre las matemáticas (estructura) y la literatura (caos controlado). Como Tolkien construyendo mundos enteros a partir de idiomas inventados, Carroll construyó Wonderland a partir de paradojas lógicas. Dos formas distintas de canalizar un cerebro que no se conforma con el mundo tal como es.

Lo que el sombrerero loco nos enseña sin querer

Que la cabeza que no encaja en las clases puede ser la misma que inventa mundos que millones de personas quieren visitar.

Que la dispersión no siempre es un problema. A veces es la capacidad de ver conexiones que nadie más ve. De mezclar matemáticas con absurdo, lógica con fantasía, rigor con juego. De estar en una clase de Oxford pensando en un conejo con chaleco y que eso, lejos de ser un fallo, acabe siendo tu mayor contribución al mundo.

Que el cerebro que necesita estímulos constantes, que salta de idea en idea, que no puede quedarse quieto en un solo tema, puede producir una de las obras más originales de la historia de la literatura.

Y que a veces, seguir al conejo blanco por la madriguera no es perder el tiempo.

Es encontrar tu País de las Maravillas.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro funciona con reglas que nadie más parece seguir, puede que no sea un defecto. Puede que solo necesites entender cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

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