Si tu hijo se parece a Lewis Carroll, puede que no sea raro: puede que sea brillante
Tu hijo inventa mundos y se pierde en sus pensamientos. Lewis Carroll era ese niño. Y creó una de las obras más importantes de la historia.
Tu hijo inventa mundos. Se pierde en sus pensamientos. Tartamudea cuando se pone nervioso. Los profes dicen que "está en las nubes". Y tú te preguntas si algo va mal.
Lewis Carroll era exactamente ese niño. Y creó uno de los libros más importantes de la historia.
El niño que no encajaba en ningún molde
Charles Lutwidge Dodgson. Ese era su nombre real. Un crío que creció en la Inglaterra victoriana siendo diferente a todo lo que se esperaba de él. Tartamudeaba. Se perdía en conversaciones que solo existían dentro de su cabeza. Le costaba seguir el ritmo de las clases porque su mente ya estaba tres temas por delante, inventando juegos de lógica y mundos que nadie más podía ver.
Sus profesores veían a un niño raro.
Sus compañeros veían a un niño raro.
Todo el mundo veía a un niño raro.
Pero no era raro. Era un cerebro que funcionaba a otra velocidad y en otra dirección. Un cerebro que no estaba diseñado para sentarse en un pupitre y copiar lo que ponía en la pizarra. Estaba diseñado para crear universos enteros con reglas propias, personajes imposibles y una lógica que solo tenía sentido si dejabas de pensar en línea recta.
El problema es que en el siglo XIX nadie tenía vocabulario para explicar eso. Y en muchos colegios de hoy, tampoco.
¿Cómo saber si tu hijo tiene un cerebro como el de Lewis Carroll?
No estoy hablando de diagnosticar a nadie. Ni soy psicólogo ni pretendo serlo. Pero hay señales que los padres reconocen antes que cualquier profesional, porque las ven todos los días en casa.
Tu hijo se queda mirando por la ventana durante media hora y cuando le preguntas qué piensa, te suelta una historia con dragones, un detective y un gato que habla. Y todo tiene sentido. Dentro de su cabeza, todo conecta.
Tu hijo tiene ideas que te dejan con la boca abierta, pero luego no es capaz de hacer los deberes de matemáticas porque "es aburrido". No es que no pueda. Es que su cerebro necesita que algo le encienda para funcionar a tope. Y las tablas de multiplicar no le encienden.
Tu hijo habla sin parar de lo que le interesa y se queda mudo cuando toca algo que no. Como si tuviera dos modos: volcán o iceberg. Sin término medio.
Tu hijo se frustra cuando las cosas no salen como las había imaginado. Porque dentro de su cabeza ya había construido la versión perfecta, y la realidad siempre se queda corta.
Si estás leyendo esto y estás asintiendo con la cabeza, respira. No pasa nada malo. Puede que simplemente tengas un Carroll en casa.
Lo que Lewis Carroll hizo con ese cerebro "raro"
Con ese cerebro que no se estaba quieto, Carroll se convirtió en matemático en Oxford. Sí, matemático. Uno brillante. Publicó trabajos de lógica simbólica que se siguen estudiando hoy.
Pero lo que le hizo inmortal no fueron las matemáticas.
Fue una tarde en un bote con las tres hijas de un amigo. Alice Liddell le pidió que les contara un cuento. Y Carroll, con ese cerebro que no sabía seguir caminos normales, improvisó una historia sobre una niña que cae por la madriguera de un conejo y acaba en un mundo donde nada tiene sentido.
O donde todo tiene sentido, pero un sentido diferente al habitual.
Alicia en el País de las Maravillas no es un libro infantil. Es el producto de un cerebro que veía el mundo al revés y decidió escribirlo tal cual. Con gatos que desaparecen dejando solo la sonrisa. Con sombreros locos que celebran los no-cumpleaños. Con reinas que pintan las rosas de rojo porque les da la gana.
Es lo que pasa cuando le das papel y tiempo a un cerebro que en clase era "problemático".
Lo que nadie te dice sobre los niños que son "diferentes"
Que ser diferente no es un defecto. Es una configuración distinta. Como tener un sistema operativo que no es compatible con el software que usan los demás. No es que tu ordenador esté roto. Es que necesita programas diferentes.
El problema nunca fue Carroll. El problema era un sistema educativo que solo tenía un molde. Y los niños que no encajaban, o se deformaban para entrar, o se rompían intentándolo.
Eso sigue pasando.
Hay padres ahora mismo leyendo informes del colegio que dicen "no presta atención", "se distrae con facilidad", "no sigue las instrucciones". Y lo interpretan como que algo va mal. Cuando a lo mejor lo que pasa es que su hijo tiene un cerebro que procesa el mundo de una forma que el cole no está preparado para gestionar.
No estoy diciendo que todos los niños distraídos sean genios. Eso sería tan absurdo como decir que todos los niños que sacan buenas notas van a ser felices. Lo que digo es que un cerebro que funciona diferente no es automáticamente un cerebro que funciona mal.
A veces solo necesita un contexto donde esa diferencia sea una ventaja y no un obstáculo.
Lo que los padres de Carroll no tenían y tú sí
Información.
En el siglo XIX, un niño como Carroll solo tenía dos opciones: o encontraba solo su camino, o el sistema le aplastaba. No había diagnósticos. No había comprensión. No había vocabulario para explicar por qué unos cerebros necesitan moverse, crear, saltar de idea en idea, mientras otros pueden quedarse quietos y seguir instrucciones sin pestañear.
Tú tienes algo que los padres de Carroll no tenían. Puedes entender qué le pasa a tu hijo. Puedes ponerle nombre. Puedes dejar de pensar que es un problema y empezar a pensar que es una característica. Una que, bien gestionada, puede ser exactamente lo que le haga brillante.
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Pero para eso necesita que tú no intentes meterle en el molde que no le corresponde.
El País de las Maravillas empieza en casa
Carroll no creó Alicia porque fuera normal. La creó porque no lo era. Porque su cabeza no seguía el camino que los demás esperaban. Porque donde otros veían una taza de té, él veía una fiesta de locos. Donde otros veían un jardín, él veía una partida de croquet con flamencos.
Si tu hijo inventa historias, se pierde en su mundo, tartamudea cuando se emociona demasiado, no puede estarse quieto o se enfada porque la realidad no es tan interesante como lo que tiene dentro de la cabeza, no le digas que pare.
Pregúntale qué está imaginando.
Puede que te sorprenda.
Si alguna vez has sentido que tu hijo piensa diferente al resto y no sabes si preocuparte o celebrarlo, empieza por entender cómo funciona ese tipo de cerebro.
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