Gordon Ramsay: energía sin freno, 35 restaurantes y TDAH
Gordon Ramsay tiene 35 restaurantes, 7 estrellas Michelin y no puede parar. Su infancia, su impulsividad y sus rasgos apuntan fuerte al TDAH.
¿Cómo acaba alguien con 35 restaurantes?
No es una pregunta retórica. Es la pregunta que deberías hacerte cuando miras la vida de Gordon Ramsay desde fuera.
Treinta y cinco restaurantes. Siete estrellas Michelin. Más de una docena de programas de televisión. Un libro cada año. Kits de cocina, academias, apariciones, rutas de entrenamiento físico que asustan. Y aun así, cuando le preguntan si piensa en parar, se ríe.
La mayoría de la gente llevaría dos restaurantes y estaría pidiendo una excedencia. Ramsay abre el tercero antes de que el segundo haya abierto del todo.
Eso no es ambición normal. Eso es otro tipo de motor.
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Una infancia que no fue ningún cuento
Para entender a Ramsay tienes que empezar por el principio, y el principio no es bonito.
Nació en Escocia en 1966. Padre alcohólico, violento, incapaz de mantener un trabajo. La familia se movió más de una docena de veces antes de que Gordon tuviera doce años. Hoteles de mala muerte, pisos de alquiler, inestabilidad constante.
Su padre era la persona de la que supuestamente debía aprender qué significaba ser hombre, y lo que aprendió fue que los hombres gritan, se van, decepcionan y desaparecen. No exactamente el manual que te gustaría llevarte a la vida adulta.
Con ese bagaje, Ramsay intentó primero ser futbolista profesional. Fichó por el Rangers de Escocia. Prometía. Luego una lesión lo cortó en seco a los dieciocho años. Otro golpe, otro punto de inflexión.
Muchos con ese historial se quedan parados. Ramsay giró y aceleró.
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El perfeccionismo como sistema de supervivencia
Cuando entró en el mundo de la cocina, no lo hizo a medias. Se formó con Marco Pierre White, que por entonces era el cocinero más joven en ganar tres estrellas Michelin y que tenía fama de ser, literalmente, insoportable. Ramsay lo aguantó. Aprendió. Luego se fue a París a formarse con Joël Robuchon.
Eso no lo hace todo el mundo. Requiere una combinación de tolerancia al dolor, hiperfoco y una necesidad casi patológica de ser el mejor que resulta llamativa.
El perfeccionismo de Ramsay no es el tipo tranquilo que revisa dos veces los números. Es el tipo que explota si el risotto no está exactamente en su punto, que tira platos, que humilla en cocina porque no puede procesar que algo salga mal. Es visceral, inmediato, sin filtro.
Ese patrón aparece una y otra vez en personas con TDAH que trabajan en entornos de alta exigencia. La regulación emocional es uno de los puntos más débiles del TDAH, y en cocina profesional, bajo presión extrema, esa falta de regulación se amplifica.
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¿Por qué grita tanto?
La respuesta fácil es "porque es un imbécil". La respuesta más interesante es otra.
Ramsay no grita solo cuando las cosas van mal. Grita cuando la gente no hace las cosas con la urgencia que él siente dentro. Y ahí está la clave: él funciona a una velocidad y con una intensidad que la mayoría no comparte. Para él, el tiempo siempre se está acabando. Todo tiene que pasar ya, bien, perfecto, ahora.
Esa sensación de urgencia constante, esa incapacidad de entender por qué los demás no corren al mismo ritmo que tú, es uno de los rasgos más consistentes del TDAH en adultos. No es agresividad por el placer de serlo. Es frustración acumulada de alguien que lleva toda su vida sintiéndose desfasado respecto al mundo.
Will Smith habló de algo parecido
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Treinta y cinco restaurantes no es ambición. Es incapacidad de parar.
Hay un patrón en los emprendedores con TDAH que Richard Branson ejemplifica de forma brutal: no escalan porque quieren más dinero. Escalan porque no saben hacer menos.
Ramsay tiene treinta y cinco restaurantes porque cerrar uno le parece un fracaso, no abrir el siguiente le resulta inimaginable, y la idea de quedarse quieto genera una ansiedad que solo se calma con el siguiente proyecto.
Hay entrevistas donde reconoce que trabaja de madrugada, que duerme poco, que cuando no está en movimiento se siente mal. No lo dice como queja. Lo dice como descripción de cómo funciona. Para él es normal.
Para el resto del mundo, eso es una señal.
El TDAH no diagnosticado en adultos muy exitosos suele esconderse exactamente así: en el exceso de actividad, en la incapacidad de descansar, en el perfeccionismo que compensa las caídas y en el humor defensivo que minimiza el coste personal de todo ese ritmo.
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Lo que sabemos y lo que especulamos
Ramsay nunca ha hablado públicamente de TDAH. No hay diagnóstico declarado, ni entrevista donde lo mencione, ni testimonio de alguien cercano que lo confirme.
Lo que sí hay es un patrón de comportamiento que, si lo viera en otra persona, probablemente llamarías por su nombre.
Infancia caótica con ausencia de figura paterna estable. Impulsividad emocional en situaciones de alta presión. Hiperfoco extremo en lo que le apasiona. Incapacidad de desacelerar. Necesidad de estimulación constante. Pasar de fracaso a acción sin detenerse a procesar.
No hace falta diagnóstico para reconocer los rasgos. Y no hace falta diagnóstico para entender que mucha gente con ese perfil lleva toda la vida funcionando así sin saber por qué.
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¿Y si lo que llamas carácter es otra cosa?
La narrativa oficial de Gordon Ramsay es la del tipo duro que salió adelante a base de voluntad y genio. Es una historia bonita y probablemente verdadera en parte.
Pero hay otra lectura: la de alguien que desde pequeño tuvo un sistema nervioso que funcionaba diferente, que aprendió a sobrevivir en entornos caóticos, que transformó la hiperactividad en producción y la impulsividad en pasión, y que llegó a la cima precisamente porque no tenía botón de pausa.
Eso no lo hace menos admirable. Lo hace más humano.
Si te identificas con esa energía que no para, con la dificultad de hacer menos, con la frustración cuando el mundo va más lento que tú, quizás merece la pena que te hagas la pregunta.
El test de TDAH no da diagnósticos, pero da pistas. Y a veces una pista bien colocada cambia la historia que te cuentas sobre ti mismo.
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