He cambiado de trabajo más veces de las que me atrevo a contar

Cada trabajo nuevo empieza con ilusión y acaba con agotamiento. Si cambias de curro cada poco y no sabes por qué, quizá no sea el trabajo. Quizá sea el cerebro.

Primer mes en el trabajo nuevo: esto es increíble. Aprendo cosas, la gente es maja, estoy motivado, llego temprano.

Sexto mes: bien. Bien pero sin más. La novedad se ha ido. Las tareas empiezan a repetirse. Pero bueno, es normal. Es un trabajo.

Un año: ya está. Ya he visto todo lo que hay que ver aquí. No aguanto. Necesito cambiar.

Y cambias. Y el ciclo se repite. Y otra vez. Y otra vez. Y cada vez que cambias te prometes que esta vez sí, que este es el trabajo bueno, que aquí te quedas.

Y no te quedas.

¿Por qué nunca duras en el mismo sitio?

Mira, hay gente que cambia de trabajo porque le salen oportunidades mejores. Hay gente que cambia porque le tratan mal. Hay gente que cambia porque crece profesionalmente y necesita nuevos retos.

Y luego hay gente que cambia porque su cerebro se aburre.

Y ese aburrimiento no es "me aburre un poco esto". Es un aburrimiento físico. Visceral. Insoportable. Es una sensación que se mete en el cuerpo y no te deja estar. Como si te estuvieran obligando a ver la misma película por decimoquinta vez, pero la película dura 8 horas diarias y se llama "tu vida laboral".

Yo he trabajado en una startup, en una consultora, como freelance, como creador de contenido, como profesor. Y en todos y cada uno de esos sitios, el patrón fue exactamente el mismo: entusiasmo brutal al principio, meseta en unos meses, hastío insoportable al año.

Y durante mucho tiempo pensé que el problema eran los trabajos. Que no encontraba "el mío". Que cuando encontrara la vocación perfecta, se me pasaría.

No se me pasó.

La adicción a la novedad no es ambición

Aquí está la trampa.

Porque desde fuera parece ambición. "Este tío siempre quiere más, nunca se conforma." Y suena bien. Suena a persona inquieta, emprendedora, que no se estanca.

Pero por dentro no se siente como ambición. Se siente como una necesidad. Como si tu cerebro te estuviera diciendo "o me das algo nuevo o me apago". Y tu cerebro cumple. Se apaga.

La novedad genera dopamina. Un trabajo nuevo, un proyecto nuevo, un equipo nuevo, todo eso es estímulo fresco. Y tu cerebro, hambriento de dopamina, se lo come con ganas. Por eso los primeros meses eres el mejor empleado que ha existido. Porque estás drogado de novedad.

Pero la novedad se acaba. Y cuando se acaba, tu cerebro se queda sin combustible. Y empiezas a rendir menos. Y te frustras. Y cambias.

No es que los trabajos sean malos. Es que tu cerebro necesita un tipo de estímulo que ningún trabajo puede mantener indefinidamente.

¿Y las tareas repetitivas? Ni hablar.

Esto es lo que me delata siempre.

Cuando un trabajo se convierte en rutina, cuando las tareas son las mismas cada semana, cuando ya no hay nada que descubrir ni resolver, mi cerebro entra en modo rebeldía total.

No es que las haga con desgana. Es que me cuesta físicamente hacer tareas repetitivas. Es como si mi cerebro se negara en redondo a procesar algo que ya ha procesado antes. Y cada repetición es más difícil que la anterior.

Y eso en un trabajo normal es un problema gordo. Porque todos los trabajos tienen una parte de rutina. Todos. Hasta los más creativos. Y si tu cerebro se apaga con la rutina, estás en un ciclo infinito de empezar cosas nuevas y no terminarlas.

¿Suena familiar? Quizá no eres tú. Quizá es tu neurología.

Te cuento lo que descubrí cuando por fin hablé con un profesional.

El TDAH en adultos tiene un síntoma que no sale en las listas típicas de internet: la búsqueda compulsiva de novedad. No es hiperactividad física. Es hiperactividad mental. Tu cerebro necesita estímulo constante, y cuando el entorno no se lo da, sale a buscarlo. Cambiando de trabajo. Cambiando de ciudad. Cambiando de proyecto. Cambiando de lo que sea.

El Dr. Edward Hallowell, uno de los referentes en TDAH adulto, lo describe como "un motor Ferrari con frenos de bicicleta". Tienes un motor que necesita carreras para funcionar. Y la mayoría de trabajos son una carretera comarcal a 60 por hora.

Y no es que seas incapaz de hacer esos trabajos. Es que te cuestan un esfuerzo desproporcionado comparado con lo que le cuestan a la mayoría. Y eso desgasta. Y ese desgaste es lo que interpretas como "necesito cambiar de trabajo".

Esto no es un diagnóstico ni pretende serlo. Pero si llevas cinco trabajos en siete años y en todos el patrón es el mismo, quizá no necesites otro trabajo nuevo. Quizá necesites entender por qué tu cerebro funciona así.

Lo que me hubiera gustado saber antes

Que no necesitaba encontrar "el trabajo perfecto". Necesitaba entender que mi cerebro tiene necesidades específicas y buscar trabajos que las cubran.

¿Qué necesita un cerebro así? Variedad. Retos nuevos con frecuencia. Autonomía para cambiar de tarea cuando una se vuelve mecánica. Proyectos con principio y fin visibles, no procesos infinitos.

Por eso acabé de autónomo. No porque ser autónomo sea mejor que trabajar por cuenta ajena. Sino porque me da el control para cambiar de proyecto cuando un proyecto se vuelve rutina, sin tener que cambiar de empresa.

No te digo que te hagas autónomo. Te digo que entiendas por qué te cuesta más que a otros y busques entornos que se adapten a tu forma de funcionar, en vez de seguir intentando encajar en entornos que no están diseñados para cerebros como el tuyo.

---

Si cambias de trabajo más de lo que quisieras y no sabes por qué, quizá tu cerebro tiene algo que contarte. Hice un test de 43 preguntas que puede darte claridad. Gratis, sin compromiso. Hacer el test TDAH.

Relacionado

Sigue leyendo