No recuerdo nombres de gente que conozco y es incómodo
Conoces a alguien, hablas con esa persona cinco veces, y su nombre se ha evaporado de tu cabeza. No es mala educación.
Estoy en un evento. Se me acerca alguien. "Hola, Rubén, ¿qué tal?" Me da dos besos. Sonríe. Claramente me conoce. Y yo le miro la cara pensando: sé que te conozco, sé que hemos hablado, pero tu nombre se ha ido a un agujero negro del que no va a volver.
"Bien, bien, ¿y tú?" Respondo sin decir su nombre. Rezando para que alguien más aparezca y diga "hola, María" o lo que sea, para que yo lo pille al vuelo y pueda seguir la conversación sin que se note.
Esto me pasa constantemente. No con desconocidos. Con gente que conozco. Gente con la que he hablado varias veces. Gente cuyos nombres he escuchado, procesado, y perdido como quien pierde un calcetín en la lavadora.
¿Por qué no me acuerdo de los nombres?
Lo primero que piensas es que eres maleducado. Que no prestas atención. Que si realmente te importara la gente, te acordarías de cómo se llaman. Y la gente piensa lo mismo. Porque un nombre es personal. Olvidarlo se siente como una falta de respeto.
Pero no es eso.
Cuando alguien se presenta, tu cerebro está procesando un montón de cosas a la vez. Su cara. Su tono de voz. Su lenguaje corporal. Lo que te dice. El contexto de dónde estás. Y en medio de todo eso, suelta un dato suelto: su nombre. Una palabra. Sin contexto emocional. Sin gancho. Sin nada a lo que agarrarse.
Para la mayoría de cerebros, eso es suficiente. Escuchan el nombre, lo asocian con la cara, y lo guardan. Para mi cerebro, el nombre es como una hoja que cae en un río. Está ahí un segundo y la corriente se la lleva.
Imagínate que estás haciendo malabarismos con cuatro bolas y alguien te lanza una quinta. No la coges. No porque no quieras. Sino porque tus manos ya están ocupadas. Pues mi cerebro con los nombres hace exactamente eso.
Los trucos ridículos que he intentado
He probado de todo. Repetir el nombre en voz alta: "Encantado, María." Asociar el nombre con algo visual: "María, como María Antonieta." Hasta he intentado escribirlo en el móvil disimuladamente debajo de la mesa.
¿Funciona? A veces. Pero la mayoría de veces el nombre se evapora en los primeros 30 segundos de conversación. Porque en cuanto la conversación arranca, mi cerebro se engancha al contenido y suelta el nombre. El nombre no es interesante. Lo que dice la persona sí lo es. Y mi cerebro va donde está la acción.
Es la misma razón por la que me acuerdo de letras de canciones de hace 20 años pero no de lo que me pidieron ayer. Mi memoria no filtra por importancia. Filtra por estímulo. Y un nombre propio, por sí solo, es de las cosas menos estimulantes que existen.
El momento incómodo que todos conocemos
Lo peor no es olvidar el nombre. Lo peor es cuando tienes que presentar a alguien.
"Mira, te presento a..." Y ahí te quedas. Mirando a esa persona como pidiendo perdón con los ojos. "A mi amigo, que..." Y rezas para que ella misma diga su nombre.
O cuando alguien te pregunta directamente: "¿Cómo se llamaba tu vecina, la del tercero?" Y tú piensas: la veo todos los días, hablamos en el ascensor, sé que tiene un perro que se llama Lucas (eso sí lo recuerdo, claro), pero su nombre... nada.
Me acuerdo de datos aleatorios de la gente. Sé que el amigo de un amigo es de Sevilla y trabaja en algo de seguros. Pero su nombre, ni idea. Mi cerebro guardó la ficha pero se dejó el campo del nombre en blanco.
No es mala educación, es cómo funciona tu cerebro
Mira, me costó mucho dejar de sentirme mal por esto. Porque olvidar el nombre de alguien se ve como algo personal. "No le importo lo suficiente como para acordarse de mi nombre." Y eso duele. Tanto al que olvida como al olvidado.
Pero es que no es personal. Es cómo funciona la memoria de trabajo cuando tienes un cerebro que procesa todo a la vez menos los detalles sueltos. El TDAH hace que tu cerebro priorice automáticamente la información estimulante sobre la información neutra. Y un nombre, por muy importante que sea socialmente, para tu cerebro es información neutra. No genera dopamina. No genera interés. Es un dato plano en un cerebro que solo retiene lo que tiene relieve.
Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Pero si llevas toda la vida olvidando nombres de gente que conoces, perdiendo datos que "deberías" recordar, y sintiéndote mal por ello, quizá vale la pena investigar si tu cerebro funciona de una manera particular. Quizá vale la pena entender por qué te cuesta todo más que a los demás.
Lo que yo hago ahora es aceptarlo abiertamente. "Perdona, soy malísimo con los nombres. ¿Cómo te llamabas?" Sin vergüenza. Sin rodeos. Es mejor eso que pasarte toda la conversación esquivando decir el nombre de alguien.
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