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Hamilton vs Franklin: dos padres fundadores con cerebros que no paraban

Hamilton escribía sin parar, Franklin inventaba sin parar. Dos cerebros que fundaron un país porque no sabían estarse quietos.

tdahfamosos

Hamilton escribía sin parar. Franklin inventaba sin parar. Los dos fundaron un país que no existía. Y los dos tenían cerebros que no sabían funcionar en primera marcha.

Uno era un huérfano del Caribe que llegó a Nueva York sin un duro y acabó diseñando el sistema financiero de Estados Unidos. El otro era un impresor de Filadelfia que decidió que lo de quedarse en un solo oficio era para gente con paciencia. Y él no tenía paciencia.

Entre los dos, contribuyeron a inventar un país desde cero. Y lo hicieron exactamente como lo haría alguien cuyo cerebro no tiene freno de mano: a lo bestia, saltando de una cosa a otra, con una energía que asustaba a todo el que estuviera cerca.

¿Se puede fundar un país con dos cerebros que no paran?

Resulta que sí. Pero no de la forma que te cuentan los libros de historia.

Alexander Hamilton escribió cincuenta y uno de los ochenta y cinco ensayos de El Federalista. En seis meses. Mientras llevaba un despacho de abogados, participaba en política y básicamente dormía tres horas al día. No porque fuera disciplinado. Porque no podía parar.

Benjamin Franklin

Si eso no te suena a un cerebro con TDAH, no sé qué más necesitas.

Hamilton: el hiperfoco hecho persona

Hamilton no se sentaba a escribir. Se sentaba y el mundo desaparecía.

Hay testimonios de la época que describen cómo se encerraba durante días a escribir sin parar. Sin comer bien, sin dormir bien, sin hacer básicamente nada que no fuera producir texto como si le fuera la vida en ello. Y en cierto modo le iba. Cada documento que escribía era un intento de convencer a alguien de algo. Y Hamilton no sabía convencer a medias.

Su problema no era la falta de ideas. Era que tenía demasiadas. A la vez. Todo el rato.

En las reuniones del Congreso Continental, Hamilton hablaba durante horas. No porque le gustara escucharse (que también), sino porque su cabeza conectaba ideas a una velocidad que los demás no podían seguir. Saltaba de la economía a la filosofía, de la filosofía a la estrategia militar, de la estrategia militar a una anécdota de la antigua Roma. Y todo tenía sentido. Pero solo si podías seguirle el ritmo.

La mayoría no podía.

Franklin: el que saltaba de proyecto en proyecto y acertaba en casi todos

Franklin es el caso clásico del cerebro que necesita novedad constante.

Empezó como impresor. Luego se aburrió y montó una biblioteca pública. Luego se aburrió y fundó un cuerpo de bomberos. Luego se aburrió e inventó el pararrayos. Luego se aburrió y se metió en política. Luego se aburrió y se fue a Francia a convencer a los franceses de que financiaran una revolución.

Y en todos esos saltos, funcionó. No porque fuera un genio universal (que probablemente lo era). Sino porque cada proyecto nuevo le daba la dosis de dopamina que el anterior ya no le proporcionaba.

Eso es textbook TDAH. El mismo patrón que ves en emprendedores como Branson o Neeleman: arrancar algo, llevarlo hasta cierto punto, y necesitar algo nuevo antes de que la inercia te mate.

Franklin lo elevó a arte. No abandonaba los proyectos. Los delegaba. Montaba el sistema, ponía a alguien a cargo, y saltaba a la siguiente cosa. Un flujo de trabajo que la mayoría de gente con TDAH reconocerá como "la única forma en que puedo funcionar sin volverme loco".

Dos cerebros opuestos, el mismo motor

Lo fascinante es que Hamilton y Franklin eran casi opuestos en todo.

Hamilton era intenso, obsesivo, incapaz de soltar un tema hasta haberlo exprimido. Franklin era disperso, curioso, incapaz de quedarse en un solo tema más de lo necesario.

Hamilton se metía en conflictos con todo el mundo porque no sabía callarse. Franklin evitaba los conflictos porque había aprendido que la diplomacia era más útil que la confrontación directa.

Hamilton escribía ensayos de treinta páginas. Franklin escribía frases de una línea que la gente sigue citando doscientos cincuenta años después.

Pero los dos compartían algo que los separaba del resto de padres fundadores: una incapacidad total para estarse quietos. Una necesidad constante de hacer, crear, producir, inventar, escribir, debatir. No por disciplina. Por diseño cerebral.

Es parecido a lo que pasa cuando comparas a Jobs con Gates. Dos formas completamente diferentes de pensar, pero el mismo tipo de cerebro por debajo. Uno más obsesivo, otro más disperso. Y los dos capaces de cambiar el mundo precisamente porque sus cabezas no funcionaban como las de los demás.

Lo que nadie te cuenta sobre los padres fundadores

Los libros de historia te cuentan la versión limpia. Los grandes discursos. Las decisiones históricas. Los documentos fundacionales.

No te cuentan las noches en vela. Las discusiones interminables que no venían a cuento. Los proyectos empezados y abandonados. Los momentos en los que todo el mundo alrededor pensaba "este tío está loco".

Hamilton murió en un duelo porque no pudo controlar su impulsividad verbal. Llevaba años metiéndose con Aaron Burr públicamente, diciendo cosas que cualquier persona con un mínimo de autocontrol se habría callado. Pero Hamilton no tenía ese filtro. Nunca lo tuvo.

Franklin, por su parte, se pasó la vida saltando de ciudad en ciudad, de país en país, de proyecto en proyecto. Dejó a su familia durante años para irse a Londres y luego a París. No porque no le importaran. Porque su cerebro necesitaba estímulos nuevos con una urgencia que la vida doméstica no podía satisfacer.

La misma energía que los hizo extraordinarios es la que les complicó la vida de formas que los libros de texto prefieren no mencionar.

Lo que esto dice sobre ti

No fundaste un país. Pero probablemente reconoces algo en estas historias.

La incapacidad de parar cuando estás enganchado a algo. La necesidad de novedad cuando lo actual ya no te estimula. Las noches escribiendo o trabajando o pensando cuando el resto del mundo duerme. La sensación de que tu cabeza va más rápido que tu vida.

Hamilton y Franklin no tenían un diagnóstico. No tenían medicación. No tenían ni idea de por qué sus cerebros funcionaban así. Solo sabían que no podían hacer las cosas como los demás.

Y en vez de forzarse a encajar, fundaron un país.

Que no está mal como alternativa.

Si alguna vez has sentido que tu cerebro no para, que salta de idea en idea sin que tú se lo pidas, que funciona a una velocidad que el mundo no entiende, puede que no sea un problema. Puede que sea un tipo de cerebro diferente. Y merece la pena saber cómo funciona.

Hacer el test de TDAH

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