Los hábitos que la gente normal hace sin pensar a mí me cuestan un mundo
Hacer la cama, llegar puntual, recordar citas. Para otros es automático. Para ti es una batalla diaria. Y no, no es exagerar.
Hacer la cama. Poner la lavadora. Llegar a una cita a la hora. Contestar un email el mismo día. Acordarse de comprar leche.
Para la gente normal, estas cosas no son tareas. Son el ruido de fondo de la vida. Las hacen sin pensar. Como respirar.
Para mí, cada una de esas cosas es una decisión consciente. Un esfuerzo. Un gasto de energía que se nota. Y a las 2 de la tarde ya he gastado toda mi energía en cosas que los demás ni cuentan como logros.
¿Por qué me cuesta hacer cosas que a otros les salen solas?
Porque la mayoría de hábitos cotidianos funcionan con el piloto automático. Tu cerebro los automatiza. Despiertas, haces la cama, te duchas, desayunas. No piensas en cada paso. Tu cerebro ya tiene la secuencia grabada y la ejecuta sin que tú tengas que decidir nada.
Pero hay cerebros que no automatizan bien. Cerebros que cada mañana tienen que tomar cada decisión como si fuera la primera vez. "¿Me ducho antes o después de desayunar?" "¿Dónde dejé las llaves?" "¿Tenía que hacer algo hoy?" Cada microdecisión cuesta energía. Y cuando llevas 50 microdecisiones antes de salir de casa, llegas al trabajo ya agotado.
Es como tener un coche sin marcha automática en una ciudad llena de semáforos. Puedes conducir. Pero cada parada te cuesta más que al de al lado. Y al final del día estás hecho polvo y el otro ni se ha despeinado.
La vergüenza de que te cueste lo básico
Esto es lo que peor se lleva. No es que te cueste algo difícil. No es que te cueste aprender chino o montar una empresa. Es que te cuesta lo básico. Lo que todo el mundo hace. Lo que nadie considera un logro.
Y cuando algo tan simple te cuesta tanto, la conclusión es obvia: "Soy un desastre." "Soy un vago." "¿Qué me pasa?"
Porque nadie te dice "oye, qué bien que hoy has llegado puntual". Nadie te felicita por acordarte de comprar leche. Pero para ti, ese día fue una victoria. Una victoria invisible que nadie ve.
Y luego ves a tu compañero de trabajo que llega puntual, tiene el escritorio ordenado, contesta emails al momento y encima va al gym por las tardes. Y piensas: "¿Cómo? ¿Cómo puede hacer todo eso sin morir en el intento?"
La respuesta es simple: su cerebro automatiza. El tuyo no. No es mérito de él ni culpa tuya. Es hardware diferente.
¿Y si no es falta de voluntad?
Mira, esto es importante. Si fuera falta de voluntad, podrías solucionarlo con ganas. Pero ya has intentado tener ganas. Has intentado ser más organizado. Has intentado crear hábitos, seguir sistemas, poner recordatorios. Y nada funciona. O funciona dos semanas y luego muere.
Porque la voluntad es un recurso finito. Y si la necesitas para cada cosa que los demás hacen gratis, se te acaba antes de mediodía. No es que no tengas voluntad. Es que la gastas toda en sobrevivir al día a día mientras otros la reservan para cosas grandes.
Es como ir al supermercado con 20 euros mientras los demás llevan 200. Puedes comprar cosas, claro. Pero tienes que elegir mucho más. Y al final te quedas sin nada para lo importante.
¿Qué se puede hacer con esto?
Lo primero es dejar de compararte. Ya sé que suena a consejo de Instagram, pero es real. Si sientes que todo te cuesta más que a los demás, compararte con los demás solo te hunde más. Porque estás jugando a un juego con reglas diferentes y no lo sabes.
Lo segundo es reducir decisiones. Desayunar siempre lo mismo. Tener la ropa del día siguiente preparada. Poner las llaves siempre en el mismo sitio. No porque seas tonto, sino porque cada decisión que eliminas es energía que te sobra para otra cosa.
Lo tercero es pedir ayuda. Y no me refiero a ayuda motivacional. Me refiero a ayuda real. De un profesional que entienda por qué tu cerebro funciona así. Porque si llevas toda la vida luchando con lo básico y nadie te ha explicado por qué, a lo mejor la respuesta está en un sitio que no has mirado.
Parece una tontería, pero entender que tu cerebro funciona diferente cambia la conversación entera. Pasas de "soy un desastre" a "mi cerebro necesita otra cosa". Y desde ahí ya puedes hacer algo.
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Si los hábitos más básicos te cuestan un esfuerzo que nadie ve, hice un test de 43 preguntas para entender cómo funciona tu atención. No diagnostica, pero da pistas que a lo mejor nadie te ha dado. Hacer el test TDAH.
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