Cuando algo me sale mal siento que todo mi mundo se derrumba

Un fallo pequeño y sientes que todo se hunde. No puedes verlo en perspectiva. No es exageración. Tu cerebro generaliza el desastre al instante.

Se te quema la cena. Una cena normal. Un martes. Nada dramático. La sartén se te ha ido de las manos, el arroz se ha pegado, la cocina huele a quemado.

Y en vez de pensar "bueno, pido algo", tu cerebro hace esto: "No sirvo para nada. Ni para cocinar un puñetero arroz. Mi vida es un desastre. Nada me sale bien. Nunca me va a salir bien. Soy un fracaso."

Todo eso. Por un arroz quemado. En tres segundos.

Y lo sabes. Sabes que es absurdo. Sabes que un arroz quemado no define tu vida. Sabes que mañana ni te vas a acordar. Pero ahora mismo, a las nueve de la noche, de pie en la cocina con la sartén en la mano y los ojos un poco húmedos, tu cerebro te ha convencido de que todo está mal.

No solo la cena. Todo.

¿Por qué un fallo pequeño se convierte en una catástrofe?

Porque tu cerebro generaliza. Y lo hace a una velocidad que no puedes controlar.

La mayoría de la gente tiene una especie de cortafuegos emocional. Un sistema que dice: "Eh, para, esto es solo un arroz. No es tu vida. No es tu carrera. No es tu relación. Es. Un. Arroz." Y ese cortafuegos evita que el fuego se extienda.

Tu cerebro no tiene ese cortafuegos. Tu cerebro es un edificio sin puertas ignífugas. Se quema un cuarto y en dos minutos está todo el edificio en llamas. Un fallo en la cocina se convierte en "soy un fracaso como persona". Un comentario negativo en el trabajo se convierte en "me van a echar y mi vida va a ser un desastre". Un malentendido con un amigo se convierte en "no tengo amigos de verdad".

La velocidad a la que tu cerebro escala un problema local a una crisis global es alucinante. Y devastadora.

El efecto dominó emocional

Esto es lo que pasa. Algo sale mal. Tu cerebro activa la emoción. La emoción no se queda en la caja del "algo ha salido mal". Se desborda. Y empieza a tocar otras cosas. Cosas que no tienen nada que ver.

El arroz quemado toca la cuerda de "no soy capaz de hacer cosas básicas". Esa cuerda toca la de "soy un desastre con la organización". Esa toca la de "nunca voy a conseguir nada". Y de repente estás llorando en la cocina no por el arroz, sino por toda una vida de fallos acumulados que tu cerebro ha decidido revisar en este preciso momento.

Imagínate una fila de fichas de dominó. Pero en vez de caer una detrás de otra en línea recta, cada ficha toca tres más. Y esas tres tocan nueve. Y esas nueve tocan veintisiete. Un arroz quemado genera una cascada emocional que acaba en "mi vida entera es un fracaso". En treinta segundos.

Si alguna vez te ha pasado que algo injusto te altera de forma desproporcionada, es el mismo mecanismo. Una chispa que prende un incendio que no tiene proporción con la chispa original.

El después es casi peor

Pasa la tormenta. El arroz se tira. Pides comida. Te calmas. Y entonces llega la siguiente fase: la vergüenza.

"¿En serio he llorado por un arroz?" "¿Qué me pasa?" "La gente normal no reacciona así." Y empiezas a juzgarte por tu reacción. Y ese juicio genera otra ronda de malestar. Y esa ronda genera más culpa. Y al final acabas peor por haberte juzgado que por el arroz original.

Y si tienes a alguien al lado, probablemente te ha dicho: "Tranquilo, no pasa nada, es solo comida." Y tú sabes que tiene razón. Pero esa frase no te calma. Porque no estás llorando por la comida. Estás llorando por todo lo que tu cerebro ha conectado con la comida en esos treinta segundos de dominó emocional.

Si te sientes así de culpable por todo, incluso por cosas que no son tu culpa, reconoces el patrón. La reacción genera culpa. La culpa genera más reacción. Y el ciclo se alimenta solo.

No es que seas dramático

Mira, te lo digo claro. Esa reactividad emocional. Esa capacidad de tu cerebro para convertir un fallo pequeño en el fin del mundo. Esa incapacidad de mantener las cosas en perspectiva cuando la emoción te desborda. No es dramatismo. No es falta de madurez. Es un cerebro que no tiene un regulador de volumen emocional y que procesa todo a la intensidad máxima.

Y eso tiene nombre. Se llama TDAH. Y el catastrofismo emocional es una de sus manifestaciones más silenciosas y más dolorosas. No la ves desde fuera. Solo la siente la persona que está dentro del dominó emocional mientras las fichas caen.

No soy tu médico. Esto no sustituye hablar con un profesional. Pero si te suena todo esto y además sientes que todo te cuesta más que a los demás, puede que no sea casualidad.

Si te has visto aquí, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. No diagnostica nada, pero puede ayudarte a entender por qué un arroz quemado puede tirarte al suelo y por qué no es tu culpa. Puedes hacerlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo