Gasto dinero cuando estoy triste o ansioso: comprar como anestesia
Estás mal y compras algo. No lo necesitas, pero por un momento te sientes mejor. Hasta que llega el extracto bancario.
Mal día. No ha pasado nada concreto. Solo esa sensación de que todo pesa más de lo que debería. El trabajo, el cansancio, una ansiedad de fondo que no se va. Y de repente estoy en Amazon. No buscando nada específico. Simplemente... mirando. Y a los 20 minutos tengo tres cosas en el carrito que no necesito, no había pensado en comprar, y que probablemente acabarán en un cajón.
Y las compro. Y durante 30 segundos me siento bien. Ese clic de "comprar ahora" es como un ansiolítico instantáneo. La ansiedad baja. La tristeza se aparta un momento. Hay algo en camino. Algo nuevo. Algo que esperar.
Y luego vuelve todo. Pero ahora, además de triste, estoy 47 euros más pobre.
¿Por qué compro cuando me siento mal?
Pues mira, porque comprar funciona. Al menos en el corto plazo. Y tu cerebro es un adicto al corto plazo.
Cuando te sientes mal, tu cerebro busca dopamina. Necesita algo que le saque de ese estado. Y comprar genera dopamina. No el objeto en sí. El acto de comprar. La anticipación. El "voy a tener algo nuevo". El clic. La confirmación del pedido. Eso es lo que tu cerebro quiere. No los auriculares. No la camiseta. No el libro. El proceso.
Es como rascarte una picadura de mosquito. Mientras te rascas, alivia. Pero no cura nada. Y a los 5 minutos pica más que antes.
Tu cerebro ha aprendido que comprar = alivio temporal de la emoción negativa. Y cada vez que funciona, la asociación se refuerza. Triste → compro → alivio. Ansioso → compro → alivio. Aburrido → compro → alivio. Es un circuito que se retroalimenta y que con el tiempo necesita dosis más altas para funcionar.
Comprar como regulación emocional
Esto es lo que nadie te explica: estás usando las compras para regular emociones que no sabes regular de otra forma.
No es que seas consumista. No es que no valores el dinero. No es que seas irresponsable. Es que tu cerebro no tiene un mecanismo funcional para gestionar emociones intensas, y ha encontrado uno externo que funciona rápido.
Piénsalo así. Hay gente que cuando se siente mal sale a correr. Hay gente que llama a un amigo. Hay gente que medita. Esos son mecanismos de regulación emocional. Tú usas Amazon. El resultado es el mismo: una acción que cambia tu estado emocional. La diferencia es que la tuya tiene un coste económico y una utilidad real de cero.
Y si además tomas decisiones impulsivas sin un filtro entre el impulso y la acción, el combo es peligroso. Porque no solo compras para sentirte mejor. Compras sin pensarlo. Sin pausa. Sin el momento de "¿de verdad necesito esto?". Emoción → impulso → clic. En 3 segundos.
El ciclo compra-culpa-compra
Lo más cruel de todo esto es el bucle.
Compras porque te sientes mal. La compra te alivia un momento. Luego llega la culpa por haber gastado. La culpa te hace sentir mal. Y como te sientes mal, compras otra cosa. Es una serpiente que se muerde la cola.
Y encima, si eres de los que se miran el extracto bancario al final de mes y piensan "¿en qué me he gastado 300 euros que no están en mi presupuesto?", la culpa se multiplica. Porque ya no es solo "he comprado algo que no necesitaba". Es "he comprado 17 cosas que no necesitaba y no me acuerdo de la mitad".
Y esa culpa, ese machacarte por algo que ya no puedes cambiar, ese enfado contigo mismo que es peor que la tristeza original, te enfadas más contigo que con cualquier otra persona porque "deberías ser capaz de controlarte". Pero no puedes. No así.
Lo que me funciona (de verdad)
Te voy a contar lo que hago yo. No es perfecto. Pero me ha ahorrado más dinero que cualquier libro de finanzas personales.
Primero: eliminar la fricción cero. Quité la tarjeta guardada de todas las tiendas online. Si quiero comprar algo, tengo que buscar la tarjeta, meter los números a mano, confirmar. Parece una tontería. Pero esos 60 segundos de fricción son suficientes para que la parte racional de mi cerebro llegue a la fiesta.
Segundo: la regla de las 72 horas. Si quiero algo, lo meto en una lista. Si dentro de tres días lo sigo queriendo, lo compro. El 80% de las cosas desaparecen de la lista solas. Porque el impulso pasó. La emoción bajó. Y sin la emoción, el objeto ya no tiene magia.
Y tercero: he identificado los disparadores. Sé que compro más cuando estoy ansioso los domingos por la tarde. Sé que compro más después de discusiones. Sé que compro más cuando estoy aburrido y solo. Y cuando noto que estoy en uno de esos momentos, salgo a caminar. No porque sea muy zen. Sino porque si estoy fuera de casa, no estoy en Amazon.
Quizá no es solo un mal hábito
Ese patrón de comprar para sentirte mejor. Esa incapacidad de frenar el impulso. Ese ciclo de compra-culpa-compra. Esa sensación de que todo te cuesta más que a los demás, incluido algo tan aparentemente simple como no gastar dinero que no deberías gastar...
A mucha gente le pasa. Y no es falta de educación financiera ni falta de autocontrol. En muchos casos tiene un nombre concreto.
Se llama TDAH. Y la impulsividad combinada con la dificultad para regular emociones crea exactamente este patrón: usar estímulos externos (compras, comida, redes sociales) para gestionar estados emocionales que tu cerebro no sabe gestionar solo.
No estoy diciendo que sea tu caso. Esto no sustituye hablar con un profesional. Pero si llevas años peleándote con tu cuenta bancaria y sintiéndote culpable por algo que no puedes controlar con fuerza de voluntad, quizá el problema no es tu relación con el dinero. Es tu relación con tus emociones.
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