Por qué me cuesta pedir ayuda cuando me bloqueo en el trabajo
Llevas tres horas con un problema que se resuelve con una pregunta. Pero hacerla se siente imposible.
Llevas tres horas con un problema. Tres horas. Mirando la pantalla. Probando cosas. Borrando. Volviendo a empezar. Dándole vueltas a algo que probablemente se resuelve con una pregunta de 15 segundos a tu compañero de al lado.
Pero no puedes hacerla.
No es que no sepas quién sabe la respuesta. La sabes. No es que no tengas acceso a esa persona. La tienes ahí sentada, a tres metros. No es que sea un tema complicado de explicar. Es una pregunta simple.
Es que algo dentro de ti te impide levantar la mano y decir: "Oye, no sé cómo hacer esto."
¿Por qué cuesta tanto pedir ayuda?
Porque pedir ayuda implica tres cosas que tu cerebro odia:
Primera: admitir que no sabes algo. Que suena fácil hasta que llevas años compensando, escondiendo lagunas y haciendo como que controlas. Pedir ayuda rompe esa fachada.
Segunda: iniciar una interacción social que no has planificado. Para tu cerebro, una conversación espontánea tiene el mismo nivel de fricción que una presentación delante de 200 personas. Irreal, lo sé. Pero así lo siente.
Tercera: exponerte al juicio. "¿Cómo no sabes eso?" "¿No te lo explicaron ya?" "¿Llevas tres horas con esto?" Esas frases que probablemente nadie va a decir pero que tu cerebro ya ha escuchado 47 veces antes de que abras la boca.
Y el resultado es que te quedas atascado. Horas. A veces días. Con un problema que tiene solución a una pregunta de distancia.
La trampa del perfeccionismo invertido
A mí me pasaba algo muy concreto. No pedía ayuda porque quería llegar a la solución solo. No por orgullo. Bueno, un poco por orgullo. Pero sobre todo porque mi cerebro me decía: "Si no puedes resolverlo solo, no eres tan listo como crees."
Y como toda mi vida me habían dicho que era listo. Que tenía potencial que no aprovechaba. Que cuando me ponía era de los mejores. Pedir ayuda era como admitir que eso no era verdad. Que el potencial era humo. Que sin ayuda no podía.
Ridículo, ¿verdad? Porque pedir ayuda es lo más inteligente que puedes hacer cuando estás bloqueado. Pero mi cerebro no funcionaba con lógica en ese momento. Funcionaba con miedo.
Y el miedo me tenía sentado tres horas mirando un problema que se resolvía en 15 segundos. Productividad a tope.
La parálisis social del bloqueo
Hay otro componente que nadie menciona. Cuando llevas un rato bloqueado, cada minuto que pasa hace que sea más difícil pedir ayuda. Porque ahora no solo tienes que admitir que no sabes. Tienes que admitir que llevas un rato sin saber y no has dicho nada.
"Oye, llevo tres horas con esto y no sé cómo hacerlo." Esa frase se siente mil veces peor que "Oye, no sé cómo hacer esto." Y cuanto más esperas, peor. Es un bucle: más tiempo atascado = más vergüenza = más difícil pedir ayuda = más tiempo atascado.
Y al final acabas resolviéndolo a medias, mal, con errores. O no lo resuelves y buscas una excusa. Cualquier cosa menos levantar la mano.
Esa sensación de que todo te cuesta más que a los demás se amplifica cuando encima no puedes acceder a la ayuda que necesitas para funcionar.
Lo que me ayuda (imperfectamente)
Regla de los 15 minutos. Si llevo 15 minutos atascado sin avanzar, pregunto. No 3 horas. 15 minutos. Me lo tatué en la frente mentalmente. Porque 15 minutos es suficiente para intentarlo y no suficiente para que la vergüenza se instale.
Pedir ayuda por escrito. A veces levantar la mano y hablar en voz alta es demasiado. Pero mandar un mensaje de Slack preguntando es más fácil. La barrera es más baja. No sé por qué, pero funciona.
Normalizar no saber. Suena a frase de autoayuda, lo sé. Pero cuando empecé a decir "no tengo ni idea de cómo hacer esto" en voz alta y el mundo no se acabó, fue liberador. La primera vez cuesta horrores. La segunda un poco menos. La décima ya es casi natural.
Si te pasa que no rindes aunque quieres, puede que parte del problema sea que te bloqueas y no pides ayuda. Y no pedir ayuda multiplica el bloqueo.
Lo que hay debajo de no poder pedir ayuda
Te voy a decir algo que me ayudó a mí.
Esa dificultad para pedir ayuda, esa parálisis social, esa vergüenza desproporcionada, esa sensación de que exponerte te va a destruir... en muchos adultos es un síntoma de TDAH que nadie asocia con TDAH.
Se llama disforia sensible al rechazo. No es un diagnóstico en sí, pero es un patrón muy reconocido en adultos con TDAH. La hipersensibilidad al juicio ajeno. El miedo desproporcionado a ser percibido como incompetente. La tendencia a evitar situaciones donde puedes fallar públicamente. Todo eso genera errores por no pedir ayuda a tiempo, errores de descuido que te cuestan caro.
No soy profesional. Consulta con un psicólogo o psiquiatra si te identificas. Pero si llevas años sin poder pedir ayuda aunque la necesitas, puede que tu cerebro esté haciendo algo que tiene explicación.
Hice un test de 43 preguntas para entender cómo funciona tu cerebro. Diez minutos, gratis, sin juicio. Puedes hacerlo aquí.
Sigue leyendo
Me alejo de la gente que quiero sin motivo aparente
Te alejas de amigos, pareja, familia sin saber por qué. No eres frío. Tu cerebro necesita desconectar para sobrevivir.
Me cuesta delegar porque necesito controlarlo todo
No delegas porque si no lo haces tú, te da la sensación de que saldrá mal. Pero el problema no es confianza. Es cómo funciona tu cabeza.
Necesito reiniciar mis hábitos cada poco o se oxidan
Tus hábitos tienen fecha de caducidad. Cada pocas semanas toca empezar de cero. Y estás harto de reiniciar.
Me canso más los fines de semana que entre semana
Llegas al sábado esperando descansar y acabas más reventado que el viernes. No es raro. Tu cerebro funciona con reglas que nadie te explicó.