Mi atención funciona a ráfagas: un rato perfecto y luego nada
Hay momentos en los que estás en modo dios y todo fluye. Luego se corta. Así, sin avisar. Si tu atención funciona a ráfagas, aquí está la explicación.
Hay mañanas que me siento, abro el portátil y soy imparable.
Código, ideas, emails, tareas que llevaban semanas en la lista. Todo fluye. Pienso: "Ves, Rubén, cuando te pones, te pones". Me siento el rey del mundo. Me empiezo a creer que al final tengo el control de mi cerebro.
Y entonces, una hora después, se corta.
Así. Sin avisar. Sin razón aparente. Como cuando se va la luz en mitad de una película.
¿Por qué hay momentos en los que todo fluye y luego... nada?
No es cansancio. No siempre. Porque a veces ocurre a las 10 de la mañana, recién levantado, con el café en la mano y sin haber hecho nada todavía que justifique ese agotamiento.
No es el móvil. No siempre. Porque hay días que tengo el móvil en otra habitación, modo avión, y sigue pasando.
La explicación que más me costó aceptar es la más simple: mi atención no funciona de forma lineal. Funciona a ráfagas. Periodos de concentración intensa que se activan solos, duran lo que duran, y luego se apagan. Y yo no soy el que decide cuándo se enciende ni cuándo se apaga.
Lo que más desconcierta no es la ráfaga en sí. Es la aleatoriedad. Porque si siempre fuera así de malo, lo asumirías. Buscarías ayuda, adaptarías tu vida, punto. Pero no. Hay días que tienes cuatro horas de concentración seguida y piensas que ya lo tienes resuelto. Y al día siguiente no puedes con un párrafo.
Esa inconsistencia es lo que te vuelve loco.
La trampa de los días buenos
Los días buenos son, en cierto modo, lo peor que te puede pasar.
Porque los días buenos te dan la excusa perfecta para echarla culpa a los días malos. "Si ayer pude cuatro horas seguidas, hoy el problema soy yo. Que no me estoy esforzando. Que estoy distraído. Que soy vago."
O sea, el día bueno se convierte en evidencia contra ti mismo cuando llega el día malo.
Cuando tenía 26 años y empecé a notar este patrón de forma seria, mi solución fue intentar replicar las condiciones del día bueno. Mismo café. Mismo sitio. Misma música. Misma hora. Como si mi concentración fuera una receta de cocina y solo me faltara dar con el ingrediente secreto.
Funcionaba a veces. Las suficientes veces como para seguir intentándolo. Las suficientes para no buscar otra explicación.
Pero la ráfaga no depende de la receta. Eso lo aprendí después, con bastante más sufrimiento del necesario.
Mi atención es como una conexión wifi de hotel
Sabes esa sensación de que el wifi del hotel funciona. Tienes tres barras. La página carga. Piensas que va bien.
Y de repente, a mitad de la videollamada, se cae. Sin avisar. Sin razón. No has hecho nada diferente. El portátil está en el mismo sitio. La contraseña sigue siendo correcta. Pero la conexión decidió que ya había tenido suficiente.
Eso es mi atención funciona a ráfagas.
Tienes tres barras de concentración. Todo va. Produces, piensas, conectas ideas. Y luego, sin transición, sin señal de alarma, se cae la conexión. Y ya puedes hacer lo que quieras, que no vuelve hasta que le da la gana.
La diferencia con el wifi de hotel es que al wifi de hotel no le piden explicaciones. A ti sí. "Pero si hace un rato estabas concentrado, ¿qué ha pasado?" Y ahí estás tú, mirando las tres barras que ya no hay, sin saber qué contestar.
No puedo hacer una sola cosa porque mi cerebro necesita más de una a la vez
Esto que voy a decir parece contradictorio. Lo sé. Pero escúchame.
Mi atención funciona a ráfagas, sí. Pero eso no significa que cuando estoy en ráfaga me concentre en una sola cosa. Más bien al contrario.
Cuando el cerebro está activado, a veces lo está en 47 direcciones simultáneas. Y si intentas forzarlo a una sola, se apaga antes. Como si la restricción fuera el problema. No puedo hacer una sola cosa a la vez no es un defecto de carácter que tengo que corregir. Es, en muchos casos, cómo funciona este tipo de cerebro.
La ráfaga de atención no es un foco láser. Es más bien una linterna de esas viejas que iluminan todo un poco pero no apunta bien a nada. Y cuando la fuerzas a apuntar a un punto fijo, parpadea y se apaga.
Tardé mucho tiempo en entender que mi forma de trabajar mejor no era elegir una cosa y obviar el resto. Era dejar que la ráfaga fuera donde quería ir, y luego recoger lo que quedaba.
No elegante. No Instagram. Pero funciona.
¿Esto tiene solución o es así para siempre?
Primero lo honesto: no se "cura". No hay un truco de productividad que convierta las ráfagas en un flujo constante y controlable. El que te venda eso, te está mintiendo o te está vendiendo un curso de 497 euros que promete más de lo que puede dar.
Lo que sí cambia es la relación que tienes con las ráfagas.
Cuando entiendes que tu atención funciona así, dejas de pelearte con los momentos malos. No los eliminas. Pero dejas de interpretar cada rato sin concentración como un fracaso personal. Empiezas a diseñar tu trabajo alrededor de las ráfagas en lugar de contra ellas.
Eso significa, en la práctica: aprovechar sin piedad cuando llega la ráfaga. Nada de "ahora no es el momento ideal, ya me sentaré después con más calma". Cuando el cerebro dice go, go. Y cuando no dice nada, no te azotes. Ya volverá.
Mi atención tiene modo on y modo off
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Porque si siempre vas tirando, nunca buscas explicaciones. Sacas las cosas adelante con el doble de esfuerzo, compensas con cafeína y noches, y te cuentas que eres "irregular" o que "tienes días". Que todo el mundo es así. Que eso es normal.
Y a lo mejor sí es normal para ti. Pero a mucha gente le cuesta todo más que a los demás y la razón no es la falta de voluntad. Es que su cerebro regula la atención de una forma diferente. Y cuando no hay nombre para eso, no hay explicación. Y sin explicación, la única conclusión disponible es que el problema eres tú.
Esa conclusión es una mentira muy conveniente para no buscar respuestas. Y me la creí durante mucho tiempo.
Si sospechas que lo que describes aquí va más allá de la irregularidad normal, vale la pena preguntarle a un profesional. Un psicólogo o psiquiatra puede orientarte mucho mejor que cualquier artículo de blog, incluido este. Esto no es un diagnóstico. Es una conversación.
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