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Fin de curso con TDAH: la recta final cuando tu cerebro ya se fue de vacaciones

Junio, los últimos exámenes, y tu cerebro lleva semanas en modo playa. La recta final del curso con TDAH es una guerra que pocos entienden.

tdah

Junio. Exámenes finales. Entregas de última hora. Y tu cerebro ya está en una tumbona imaginaria con un mojito que ni siquiera te has ganado todavía.

Fin de curso con TDAH es correr un sprint cuando llevas un maratón acumulado desde septiembre. Tu cuerpo sigue aquí, sentado delante de los apuntes. Pero tu cabeza se fue hace tres semanas. Está pensando en la playa, en qué serie empezar este verano, en si debería apuntarme a pádel.

Y mientras tanto, las fechas de entrega siguen ahí. Mirándote. Con los brazos cruzados.

¿Por qué el final del curso es el peor momento para un cerebro con TDAH?

Porque es el momento donde más necesitas ejecutar y menos gasolina te queda.

Un cerebro con TDAH funciona con dopamina. No con disciplina, no con motivación, no con frases bonitas en Instagram. Con dopamina. Y la dopamina aparece con la novedad, el interés, la urgencia y el desafío.

En septiembre, todo es nuevo. Asignaturas nuevas, profes nuevos, el cuaderno sin estrenar que todavía huele bien. Tu cerebro está encendido porque hay novedad. Hay chispa.

En junio, ya no queda nada de eso.

Llevas nueve meses con las mismas asignaturas. Has visto al mismo profesor explicar lo mismo de cuatro formas distintas. El cuaderno ya no huele a nada. Tu cerebro mira todo eso y dice "ya lo conozco, no me interesa, siguiente".

Pero no hay siguiente. Hay exámenes finales.

Y ahí es donde el TDAH te mete la zancadilla. Porque necesitas el mismo nivel de concentración que en octubre, pero con un cerebro que ya ha agotado todo el interés por la materia. Es como intentar encender un mechero sin gas. Le das, le das, le das. Pero no sale nada.

El efecto acumulación que nadie te cuenta

Hay algo más. Algo que no se menciona lo suficiente.

Un cerebro neurotípico llega a junio cansado, sí. Pero llega con nueve meses de hábitos más o menos sostenidos. Ha ido estudiando poco a poco, aprobando parciales, acumulando nota. Llega a la recta final con trabajo hecho.

Un cerebro con TDAH llega a junio con nueve meses de inconsistencia en el estudio. Semanas buenas, semanas desastrosas. Arranques de motivación que duraban tres días y luego silencio. Parciales aprobados por los pelos porque la noche antes el cerebro decidió activarse a las 2 de la madrugada.

Y ahora, en junio, toca recuperar todo lo que no se hizo durante el año. Todo junto. Todo a la vez.

Es como si el resto del mundo llegara a la meta de una carrera y tú tuvieras que correr los últimos cinco kilómetros con la mochila llena de todos los kilómetros que te saltaste.

El calor, la luz y el enemigo invisible

Hay un factor que parece menor pero no lo es: junio en España es un horno.

Y resulta que el calor afecta más a los cerebros con TDAH. La regulación térmica, la incomodidad física constante, el sudor, el sueño que se vuelve peor porque anochece a las diez. Todo eso suma.

Tu cerebro, que ya iba justo de recursos, ahora también tiene que lidiar con 35 grados a las once de la mañana mientras intenta entender ecuaciones diferenciales.

Y encima están los días largos. Luz hasta las diez de la noche. Tus amigos en la calle. El sonido de gente pasándolo bien entrando por la ventana mientras tú miras un PDF que no has abierto desde marzo.

Para un cerebro que no filtra estímulos, todo eso es ruido. Ruido constante que compite con lo que deberías estar haciendo.

¿Y la urgencia no debería ayudar?

En teoría, sí.

El TDAH a veces funciona con urgencia. Esa sensación de "si no lo hago ahora, estoy muerto" puede activar el cerebro de golpe. Es lo que pasa cuando el día del examen te levantas a las cinco de la mañana y de repente puedes concentrarte como un láser.

Pero la urgencia del fin de curso es distinta. No es un pico de adrenalina puntual. Es una urgencia sostenida durante semanas. Y eso, para un cerebro con TDAH, no funciona igual.

La adrenalina funciona en modo sprint. Pero junio es un sprint de tres semanas. Y tu cerebro no puede mantener ese nivel de activación tanto tiempo. Lo intenta un par de días, se quema, y luego se apaga. Y te quedas peor que antes.

Es como si alguien te dijera "corre" y pudieras hacerlo 100 metros. Pero te piden que corras 100 metros todos los días durante 20 días seguidos. Al tercero, ya no te levantas.

Lo que sí puedes hacer (sin frases motivacionales)

No te voy a decir "tú puedes" ni "échale ganas". Eso no sirve para nada.

Lo que sí funciona es entender que tu cerebro en junio no va a funcionar como el de los demás. No porque seas vago, no porque no te importe, sino porque tu hardware tiene unas especificaciones distintas.

Y con esas especificaciones, hay cosas que ayudan:

Reduce. No intentes estudiarlo todo. Elige qué aprobar y qué dejar para septiembre si es necesario. Sí, suena a rendirse. No lo es. Es estrategia. Tu cerebro no tiene recursos para todo, así que ponlos donde más impacten.

Trocea. Bloques de 25 minutos con descansos reales. No de dos horas seguidas. Tu cerebro en junio no aguanta dos horas de nada que no sea YouTube.

Cambia de sitio. Si llevas todo el año estudiando en el mismo escritorio, tu cerebro ya asocia ese sitio con aburrimiento. Vete a una biblioteca, a una cafetería, al parque. La novedad del entorno puede darte esa chispa de dopamina que necesitas.

Estudia con gente. No porque te vayan a explicar nada. Sino porque la presencia de otros evita que tu cerebro se vaya a pensar en las vacaciones. Es como ponerle una correa a un perro que quiere salir corriendo.

Y si la noche antes del examen tu cerebro se activa a las tres de la mañana y de repente puedes reorganizar la habitación en vez de estudiar, no te castigues. Es tu cerebro buscando dopamina donde puede. Redirige, no pelees.

No eres el único cerebro en la playa

Mira. Si estás leyendo esto en junio, con los apuntes al lado y la sensación de que todos los demás están estudiando tranquilamente mientras tú no puedes ni empezar, quiero que sepas algo.

No eres vago. No te falta voluntad. No necesitas "querer más".

Tu cerebro funciona diferente. Y el final de curso es, probablemente, el peor escenario posible para ese cerebro. Poca novedad, mucha exigencia, calor, estímulos por todas partes, y la promesa de vacaciones flotando en el aire como un cartel luminoso que tu cerebro no puede ignorar.

No es que no quieras estudiar. Es que tu cerebro ya se fue de vacaciones y te dejó aquí a cargo.

Haz lo que puedas. Aprueba lo que puedas. Y no te machaques por lo que no salga.

Septiembre existe por algo. Y en septiembre, tu cerebro volverá con novedad, con energía, y con ganas de comerse el mundo durante exactamente tres semanas antes de volver a despistarse.

Así funcionamos. Y no pasa nada.

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