Cómo explicar el TDAH a alguien que no lo tiene (sin acabar gritando)

Metáforas, estrategias y respuestas a las frases clásicas para explicar tu TDAH a quien no lo entiende. Y cuándo dejar de intentarlo.

Estaba cenando con un amigo y le dije que me habían diagnosticado TDAH.

Se quedó mirándome un segundo, se rió, y dijo: "Pero si tú eres el tío más espabilado que conozco."

Y ahí estaba yo, con el tenedor a medio camino de la boca, intentando explicar en una frase algo que llevo años entendiendo. Algo que un psiquiatra me tardó tres sesiones en evaluar. Algo que yo mismo tardé media vida en aceptar.

Pero claro. Él lo quería en una frase. A poder ser graciosa. Y que no sonara a excusa.

Bienvenido al deporte más frustrante del mundo: explicar el TDAH a alguien que no lo tiene.

¿Por qué es tan difícil explicar el TDAH?

Porque el TDAH es invisible.

Si llevas una escayola en el brazo, nadie te pide que expliques por qué no puedes jugar al pádel. Pero si tienes TDAH, llevas una escayola en el cerebro que nadie puede ver. Y encima hay días en los que parece que no la llevas. Así que la gente asume que no existe.

El problema no es que la gente sea mala. Es que el TDAH no se parece a lo que la gente cree que es el TDAH. Creen que es un niño rebotando por las paredes. Creen que es no poder estarse quieto. Y cuando te ven sentado tranquilamente, organizado a ratos, capaz de mantener una conversación normal, su cerebro dice: "este no tiene nada."

Porque los síntomas del TDAH en adultos no parecen TDAH. Parecen despiste. Parecen desorganización. Parecen "es que eres así". Y explicar que no es tu personalidad, sino tu neurología, es como intentar explicar un color a alguien que nunca lo ha visto.

Las metáforas que funcionan (y las que no)

He probado decenas. Algunas funcionan. Otras te dejan peor de lo que estabas.

La que mejor funciona: "Imagina que tienes 30 pestañas abiertas en el navegador, con música sonando en una que no encuentras, y alguien te pide que te concentres en una sola. No puedes cerrar las otras. Solo están ahí. Siempre."

Esa la entiende todo el mundo. Porque todo el mundo ha tenido esa pestaña con música que no encuentra. La diferencia es que para ellos dura un minuto. Para ti dura la vida entera.

Otra que funciona bien: "Es como tener un jefe dentro de la cabeza que decide cuándo puedes trabajar y cuándo no. Y no acepta instrucciones. Tú puedes querer hacer algo con todas tus fuerzas, pero si él dice que no, no hay manera."

La que no funciona: "Es como ser hiperactivo." Porque la gente lo traduce a "inquieto" y piensa "bah, yo también me muevo mucho". No. No es lo mismo. Pero intentar explicar la diferencia te lleva a una conversación de 40 minutos que acaba peor de lo que empezó.

Las frases clásicas (y qué contestar sin perder los nervios)

Las conoces. Las has oído todas. Aquí van con una respuesta que puedes usar sin que se monte un drama en la cena.

"Todos procrastinamos." "Sí, pero no todos lloran a las once de la noche porque llevan seis horas intentando empezar algo que les importa y no pueden. Lo mío no es dejarlo para mañana. Es que mi cerebro no me deja empezar hoy."

"Eso antes no existía." "Antes tampoco existía el diagnóstico de alergia al gluten. La gente simplemente se sentía mal y no sabía por qué. El TDAH ha existido siempre. Lo que no existía era el nombre."

"Pero si eres muy inteligente." "Gracias. Una cosa no quita la otra. Ser inteligente con TDAH es como tener un Ferrari con el freno de mano puesto. Potencia hay. Control, no siempre."

"Yo también me despisto." "Normal. Pero despistarte es olvidar dónde has dejado las llaves una vez. Lo mío es olvidar que tengo llaves."

No tienes que memorizar estas respuestas como un guion. Pero tener dos o tres preparadas te ahorra el momento de quedarte en blanco, frustrarte, y acabar diciendo "da igual, déjalo" mientras por dentro quieres volcar la mesa.

¿A quién merece la pena explicárselo?

Esto es lo que nadie te dice. Y es lo más importante.

No tienes que explicar tu TDAH a todo el mundo. No le debes una explicación a tu compañero de trabajo que hace comentarios sobre que siempre llegas tarde. Ni a tu primo que dice que "antes los niños jugaban en la calle y no tenían TDAH". Ni a ese conocido que tiene una opinión sobre todo pero no tiene interés real en entender nada.

Explicar el TDAH es agotador. Gasta energía. Y si la persona al otro lado no tiene intención de entender, estás tirando esa energía a un pozo sin fondo.

A quien sí merece la pena explicárselo: a la gente que te importa y que te importas a ellos. A tu pareja. A tus padres si están dispuestos a escuchar. A tu amigo cercano. A tu jefe si la relación lo permite.

Porque cuando tu familia no entiende tu TDAH, la frustración es doble. No es solo el TDAH. Es sentirte solo con el TDAH. Y eso pesa más que el diagnóstico en sí.

El truco que cambió mis conversaciones

Dejé de explicar qué es el TDAH y empecé a explicar qué me hace a mí.

En vez de "el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta a las funciones ejecutivas", que suena a prospecto de medicamento, empecé a decir cosas como:

"¿Sabes cuando intentas dormir y tu cerebro no para? Yo así todo el día."

"¿Sabes cuando tienes algo importante y lo dejas para el último momento? A mí me pasa con todo. Con las facturas, con las citas del médico, con contestar mensajes. No porque no me importe. Porque mi cerebro no me da la señal de empezar."

"¿Sabes esos días en los que no puedes concentrarte en nada? Yo tengo tres de esos a la semana."

Cuando lo haces personal y concreto, la gente conecta. Porque deja de ser un concepto abstracto y se convierte en algo que pueden visualizar. No les estás dando una clase de neurología. Les estás abriendo una ventana a tu cabeza.

Y eso, por lo general, funciona mejor que cualquier artículo de Wikipedia.

¿Y cuándo rendirte?

Cuando lleves tres conversaciones explicando lo mismo y la persona siga diciendo "pero yo creo que es actitud."

Rendirte no es fracasar. Es protegerte.

Hay gente que no va a entender tu TDAH porque no quiere entenderlo. Porque entenderlo significaría cambiar su opinión sobre ti, sobre ellos mismos, sobre cómo funciona el mundo. Y eso es mucho más incómodo que simplemente decir "bah, eso son excusas."

No puedes convencer a alguien que no quiere ser convencido. Igual que no puedes vaciar el mar con un cubo. Puedes intentarlo, pero el mar sigue ahí y tú acabas empapado y agotado.

Con esas personas, la estrategia es simple: deja de intentarlo. No les debas nada. No gastes energía que necesitas para ti en alguien que ha decidido no escuchar.

Porque nadie entiende tu TDAH hasta que decide entenderlo. Y esa decisión no la puedes tomar tú por ellos.

El TDAH ya es lo suficientemente agotador sin tener que hacer de embajador a tiempo completo.

Elige tus batallas. Explica a quien quiera escuchar. Y al resto, sonríe, asiente, y sigue con tu vida.

Que bastante tienes con las 30 pestañas abiertas en la cabeza.

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