Equivocarte delante de todos no te destruye. Lo que te destruye es lo que haces después.

El error público no es el problema. El problema es la gestión del error público, que casi nadie te enseña y que la mayoría resuelve de la peor forma.

Publicas algo. Lo haces con convicción.

Luego pasa el tiempo, o llega un comentario, o simplemente la vida te da más información, y te das cuenta de que estabas equivocado. No un poco equivocado. Equivocado de verdad. La tesis que defendiste era incorrecta, o incompleta, o directamente lo contrario de lo que funciona.

Y ahora tienes un problema que va más allá del error original.

Tienes un error público que gestionas delante de las mismas personas delante de las que lo cometiste.

¿Qué hace tan difícil gestionar el error en público?

El error en privado tiene un proceso relativamente sencillo. Lo reconoces, lo procesas, aprendes lo que puedas de él, y sigues adelante. El ciclo es interno. No hay audiencia.

El error en público tiene ese mismo proceso más la gestión de lo que otros piensan - o lo que tú imaginas que otros piensan, que es casi siempre peor que lo que realmente piensan.

El cerebro con TDAH en particular tiene una sensibilidad a la evaluación negativa que hace que este momento sea especialmente complicado. No porque seas más débil que otros, sino porque tu sistema nervioso procesa el rechazo social de forma más intensa. Un comentario crítico sobre algo que publicaste puede activar una respuesta defensiva que no tiene proporción con la amenaza real.

Y esa respuesta defensiva, si no la gestionas, es lo que convierte el error manejable en el desastre.

¿Cuáles son las formas más comunes de gestionar mal un error público?

La primera es la negación. Decidir que en realidad no estabas equivocado, o que el contexto lo justificaba, o que quien señala el error tiene algún motivo oculto para hacerlo. Puede que alguna vez sea verdad. La mayoría de las veces es el ego protegiéndose de una información incómoda.

La segunda es la sobreexplicación. Dar tanto contexto, tantas matices, tantos "pero también hay que considerar que" que el error queda enterrado debajo de una avalancha de justificaciones. La gente no convence. Solo demuestra que no puedes admitir que te equivocaste limpiamente.

La tercera es la capitalización forzada. Convertir el error en lección de forma tan rápida y tan performativa que parece que en realidad estabas esperando equivocarte para escribir el post de las cosas que aprendí. Puede funcionar una vez. Repetido, pierde credibilidad.

Lo que sí funciona es lo que nadie hace porque requiere el mayor control del ego: reconocer el error con claridad, sin excusas, y si hay algo que aprender decirlo sin dramatismo.

El orgullo que no te deja cambiar de idea en el negocio opera con fuerza especialmente aquí. Dar marcha atrás cuando llevas un tiempo defendiendo algo públicamente cuesta más que aguantar el error. Y esa asimetría es lo que explica muchas malas gestiones de errores públicos.

¿El error público arruina la credibilidad?

En la mayoría de los casos, no. Lo que la arruina es la gestión del error.

Hay personas que han tenido errores públicos importantes - predicciones incorrectas, posiciones que luego se demostraron equivocadas, decisiones empresariales que salieron mal - y que han salido de esos momentos con más credibilidad de la que tenían antes. No porque el error fuera menor, sino porque la honestidad con la que lo gestionaron demostró algo más valioso que haber tenido razón.

La gente no espera que seas perfecto. Espera que cuando te equivocas lo reconozcas. Y cuando eso ocurre, la confianza que genera es más sólida que la que construiste con los aciertos, precisamente porque el acierto lo puede tener cualquiera pero la honestidad en el error no es tan común.

Lo que realmente se pierde cuando te equivocas en público no es la reputación. Es la comodidad de la certeza. Ya no puedes pretender que siempre lo sabes. Y para muchos emprendedores esa comodidad vale más de lo que admiten.

La alternativa - construir en público con sus errores incluidos - es más honesta, más sostenible y, a largo plazo, más rentable. Aunque no lo parezca en el momento en que el error acaba de ocurrir.

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