Envío emails con errores que había revisado tres veces

Lo revisas. Lo relees. Le das a enviar. Y ahí está: el error que habías visto y corregido, pero que tu cerebro decidió ignorar.

Lo reviso una vez. Bien. Lo reviso dos veces. Perfecto. Lo reviso una tercera vez porque soy así de maniático. Todo correcto. Le doy a enviar.

Tres segundos después lo veo. El error. Ahí. En la primera línea. El nombre del cliente mal escrito. O un "adjunto el documento" sin adjunto. O un número que no cuadra.

Y me quedo mirando la pantalla pensando "pero si lo he revisado tres veces. Tres. ¿Cómo es posible?"

Es posible. Y me pasa más de lo que me gustaría admitir.

¿Cómo puedes revisar algo y no ver el error?

Porque revisar no es lo mismo que detectar. Y tu cerebro puede hacer una cosa sin la otra.

Cuando relees un email, tu cerebro tiene dos opciones: leer lo que hay escrito o leer lo que cree que hay escrito. Y la mayoría de las veces, elige la segunda. Porque es más eficiente. Tu cerebro ve las primeras letras de cada palabra, rellena el resto con lo que espera encontrar, y sigue adelante.

Es como un corrector automático interno. Muy rápido. Muy eficiente. Y completamente inútil para detectar errores, porque los corrige antes de que los veas.

Por eso puedes releer un email cinco veces y no ver que has puesto "marta" en minúscula o que falta una palabra entera en la frase. Tu cerebro la pone ahí. Tú lees la versión completa. Pero en el email no está.

Y cuando el destinatario lo lee, su cerebro no tiene ese corrector. Porque no sabe lo que querías decir. Solo ve lo que escribiste. Y lo que escribiste tiene errores.

¿Por qué me pasa más que a otros?

Buena pregunta. Y la respuesta corta es: porque tu filtro de atención tiene agujeros.

La atención funciona como un colador. La información pasa por él y se queda lo relevante. Pero si tu colador tiene los agujeros más grandes de lo normal, se te escapan cosas. Detalles. Palabras. Números. El nombre del puñetero adjunto.

Y no es que no te importe. Es que tu cerebro asigna la atención donde le da la gana, no donde tú le dices. Puedes estar convencido de que estás revisando el email al detalle, pero tu atención se ha ido a pensar en lo que vas a comer, o en el otro email que tienes que mandar, o en esa conversación de ayer que te dejó pensando.

Es un poco como cuando rindes mucho unos días y nada otros. No es que elijas cuándo concentrarte y cuándo no. Es que tu sistema de atención fluctúa sin pedirte permiso.

Y el resultado es que por fuera pareces descuidado. Pero por dentro has puesto más esfuerzo que nadie.

Lo que hago para cometer menos errores

No digo cero errores. Digo menos. Porque cero es una fantasía y el perfeccionismo es una trampa.

Primero: no revises inmediatamente después de escribir. Haz otra cosa. Ve a por agua. Mira el móvil treinta segundos. Y luego vuelve. Esa pausa hace que tu cerebro lea lo que hay escrito en vez de lo que recuerda haber escrito.

Segundo: lee en voz alta. O al menos mueve los labios. Cuando lees en voz alta, obligas a tu cerebro a procesar cada palabra individualmente en vez de hacer el truco de rellenar automáticamente. Es más lento. Pero funciona.

Tercero: cambia el formato. Si escribiste el email en el ordenador, revísalo en el móvil. Si lo escribiste con una fuente, cambia a otra para revisar. Tu cerebro trata el mismo texto como "nuevo" cuando lo ve en un formato diferente. Y le presta más atención.

Cuarto: acepta que algunos errores van a pasar. De verdad. Si te castigas cada vez que se te escapa una tilde, vas a acabar gastando tres horas en cada email de cuatro líneas. Imperfecto pero enviado es mejor que perfecto pero en borradores.

Y mira, si esto te pasa constantemente y no solo con emails sino con informes, formularios, mensajes, todo. Si sientes que te cuesta más que a los demás hacer las cosas bien, merece la pena explorar qué hay detrás. Porque a lo mejor no eres descuidado. A lo mejor tu cerebro tiene errores de descuido que tienen una explicación más allá de "no me fijé".

Un profesional puede ayudarte a entender por qué revisas tres veces y sigues fallando. Y no, no es porque seas tonto. Es porque tu cerebro tiene una forma de procesar la información que necesita estrategias distintas a las de la mayoría.

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