No puedo limpiar toda la casa de una vez: empiezo y dejo

Empiezas la cocina, saltas al baño, acabas con la ropa. Nada limpio y tú agotado. Por qué no puedes terminar de limpiar.

Empiezas por la cocina. A mitad de la cocina te acuerdas del baño. Vas al baño. A mitad del baño ves la ropa. Vas a la ropa. Al final nada está limpio y tú estás agotado.

Y no es que no hayas hecho nada. Eso es lo frustrante. Has estado dos horas limpiando. Has movido cosas. Has fregado a medias. Has puesto una lavadora. Pero si alguien entra en tu casa después de esas dos horas, parece que no has tocado nada.

Porque nada está terminado.

¿Por qué no puedes terminar de limpiar si empiezas con energía?

A ver, que esto es importante.

Empezaste con ganas. Eso no es el problema. El problema es lo que pasa a los siete minutos, cuando tu cerebro detecta otra cosa que necesita atención y decide, sin consultarte, que ahora toca eso.

No es que seas vago. No es que te dé igual. Es que tu cerebro funciona como un escáner que no puede parar de escanear. Está en la cocina fregando, pero al mismo tiempo está registrando que hay una toalla en el suelo del baño, que la ropa lleva dos días en el tendedero, que la mesa del salón tiene polvo, y que el cubo de basura está lleno.

Y en algún momento, una de esas cosas pesa más que la que estás haciendo ahora mismo. Y te mueves. Sin decidirlo conscientemente. Simplemente te mueves.

Es como tener un GPS que recalcula la ruta cada 30 segundos. Nunca llegas a ningún sitio porque siempre estás cambiando de dirección.

El problema no es limpiar. El problema es mantener el foco en una sola tarea.

Limpiar la casa parece una tarea. Pero no lo es. Limpiar la casa son 47 tareas distintas que comparten la misma etiqueta. Fregar platos es una tarea. Barrer es otra. Limpiar el baño es otra. Organizar el armario es otra. Y cada una de esas tareas tiene subtareas dentro.

Para un cerebro que regula bien la atención, esto no es un drama. Elige una, la termina, pasa a la siguiente. Siguiente. Siguiente. En dos horas la casa está limpia.

Para un cerebro que no regula bien la atención, cada subtarea es una puerta abierta a otra habitación. Y cada habitación tiene más puertas. Y al final estás en un laberinto donde empezaste fregando un plato y acabaste reorganizando un cajón de la mesilla de noche que no has abierto en ocho meses.

Esto es algo que le pasa a mucha más gente de la que crees, y no tiene nada que ver con ser limpio o sucio. Tiene que ver con cómo funciona tu sistema de atención.

Lo de la motivación inicial es una trampa

Pues mira, te voy a contar algo.

La motivación para limpiar suele llegar de golpe. Un día te levantas y dices "hoy limpio toda la casa". Y arrancas fuerte. Con ganas. Con la playlist puesta. Con energía.

El problema es que esa energía no dura lo que dura limpiar una casa entera. Y cuando la energía baja, no bajas el ritmo. Simplemente paras. De golpe. A mitad de algo. Y la casa queda peor que antes porque ahora hay cosas a medio hacer por todas partes.

Esto es exactamente lo mismo que pasa con las cosas que parecen simples pero no puedes hacer. En teoría, fregar tres platos es trivial. En la práctica, tu cerebro necesita una cantidad de activación que no siempre está disponible. Y cuando está disponible, la gasta toda de golpe en vez de dosificarla.

Es como llenar una bañera con un grifo que solo tiene dos modos: chorro a presión de bombero o cerrado del todo. No hay término medio.

La culpa que viene después es peor que el desorden

Esto es lo que no se cuenta.

No solo es que la casa esté desordenada. Es que tú sientes que deberías poder hacerlo. Porque "es solo limpiar". Porque "todo el mundo limpia su casa". Porque alguien te dijo alguna vez que si tu casa está desordenada es porque tú eres desordenado, y punto.

Y entonces te miras y piensas que algo falla en ti. Que eres un desastre. Que no puedes ni con lo básico.

No te voy a engañar: esto es una espiral que conozco muy bien. Y la realidad es que mantener las cosas ordenadas más de dos días es un reto real para cerebros que funcionan así. No porque sean defectuosos. Porque están diseñados para otra cosa.

¿Qué hago entonces? ¿Vivir en el caos eterno?

No. Pero sí necesitas aceptar una cosa: tu cerebro no va a limpiar la casa de una vez. Punto. No va a pasar. Puedes enfadarte con eso o puedes adaptarte.

Lo que a mí me funciona es lo que llamo "limpiar por bloques estúpidamente pequeños".

No "voy a limpiar la cocina". No. Eso es demasiado grande. Demasiadas decisiones dentro.

"Voy a fregar los platos que hay en el fregadero." Ya está. Eso. Solo eso. Si después de los platos quiero seguir, sigo. Pero la misión era solo los platos. Y si solo hago los platos, misión cumplida.

Parece una tontería, pero la diferencia entre "limpiar la casa" y "fregar los platos" es la diferencia entre una tarea que tu cerebro rechaza y una que puede hacer. Porque una tiene un inicio claro y un final claro. Y la otra es un monstruo amorfo que no termina nunca.

Y te digo más. Si pones un temporizador de 15 minutos y limpias lo que puedas en 15 minutos, sin plan, sin orden, lo que te salga, al final de la semana la casa está razonablemente decente. No perfecta. Decente. Y decente con un cerebro así es un triunfo.

No eres un desastre. Tu cerebro tiene un modo distinto de abordar las cosas.

Déjame que te diga una cosa sin dramatismo.

Si empiezas a limpiar y no puedes terminar, si saltas de habitación en habitación sin cerrar nada, si acabas agotado sin resultados visibles, no es que te falte disciplina. Es que la regulación de la atención y la función ejecutiva no están funcionando como en el manual estándar.

En personas con TDAH, esto es uno de los patrones más frecuentes. No es de libro, es de vida real. De personas que llevan años pensando que son unos vagos y que un día entienden que su cerebro simplemente no secuencia las tareas igual.

Esto no es un diagnóstico, que no soy médico ni me corresponde. Pero si esto te suena demasiado familiar, hablar con un profesional nunca está de más.

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