Empiezo cosas y no termino ninguna: por qué pasa y qué hay detrás
Empiezas proyectos con energía y los abandonas a medias. No es falta de compromiso. Tiene una explicación concreta y tiene solución.
Tienes cuatro cursos a medias. Tres proyectos que ibas a lanzar este año. Un libro empezado que lleva seis meses en el cajón. Y una lista de ideas tan larga que da vergüenza ajena.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que cada vez que empiezas una cosa nueva, estás convencido de que esta vez va a ser diferente. Esta vez sí. Esta vez tienes el plan. Tienes las ganas. Tienes todo. Y durante tres días eres una máquina. Y al cuarto día, puf. Se apaga. Y vuelves a empezar el ciclo con otra cosa.
¿Por qué empiezas con tanta energía y terminas con cero?
Esto es lo que nadie te explica.
El problema no es que no tengas fuerza de voluntad. El problema es que estás confundiendo dos cosas muy distintas: el interés por algo y la motivación para hacerlo. Y esas dos cosas, en algunos cerebros, no van de la mano.
Cuando empiezas un proyecto nuevo, tu cerebro recibe una descarga de dopamina. La novedad activa el sistema de recompensa. Todo es posible, todo es emocionante, todo parece que va a funcionar. Es como el primer día de gimnasio en enero. Máxima energía. Máxima ilusión. Ni sabes lo que te espera.
El problema es que esa dopamina se agota. Rápido. Y cuando se agota, lo que queda es la tarea en sí. Sin la emoción de lo nuevo. Sin el subidón del inicio. Solo tú y el trabajo aburrido del medio. Y ahí es donde tu cerebro dice: "Oye, ¿y si empezamos otra cosa?"
Y claro. Empezáis otra cosa.
La trampa de los comienzos
Hay una frase que escucho mucho: "Es que soy de empezar muchas cosas pero no terminar ninguna".
Y siempre me dan ganas de preguntar: ¿cuánto tiempo llevas diciéndote eso?
Porque la mayoría de gente lo dice como si fuera un rasgo de carácter. Como si hubiera nacido así. Como si fuera una cosa genética que no tiene remedio. Y yo entiendo por qué lo piensan. Cuando el patrón se repite suficientes veces, tu cerebro lo convierte en identidad. "Soy una persona que no termina las cosas."
Pero no eres eso.
Lo que pasa es que tu cerebro tiene una relación muy concreta con la motivación. Y esa relación no funciona como la de los demás. La mayoría de la gente puede arrancar algo aunque no le apetezca demasiado, aguantar la fase aburrida del medio, y llegar al final. No es que disfruten cada minuto. Es que su cerebro les deja hacerlo aunque no haya emoción.
El tuyo no. El tuyo necesita combustible constante. Y cuando el combustible de la novedad se acaba, el motor para.
No es que seas vago. Es que tu motor funciona con otro tipo de gasolina.
Lo que pasa en el medio (y nadie habla de ello)
El inicio mola. El final, si llegas, también tiene su momento. Pero el medio es una travesía del desierto.
En el medio no hay dopamina de la novedad. No hay dopamina del éxito todavía. Solo hay trabajo. Repetición. Avance lento. Días en los que parece que no estás llegando a ningún lado. Y si tu cerebro necesita estímulo para funcionar, el medio es donde te mueres.
O sea, imagínate que eres un coche de carreras con un motor que solo da potencia cuando hay subidas de adrenalina. En la salida, bien. En la meta, genial. Pero en el kilómetro 40 de una recta larga y plana, te quedas tieso.
Eso es exactamente lo que pasa. Y el resultado es ese cementerio de proyectos a medias que llevas arrastrando desde hace años.
Y fíjate en el patrón: no los abandonas en la fase aburrida por pereza. Los abandonas cuando aparece algo nuevo que vuelve a activar la emoción. Cambias de proyecto como si hicieras swipe en Tinder. Esta opción era fantástica hasta que apareció una que parecía todavía mejor.
¿Es que no puedo comprometerme con nada?
No. Para. Antes de que te digas eso.
El problema no es el compromiso. Es la arquitectura de cómo tu cerebro gestiona el esfuerzo sostenido. Y son cosas muy distintas.
El compromiso es una decisión. "Quiero acabar esto." Y tú lo quieres. De verdad. No me digas que no lo quieres, porque si no lo quisieras no te generaría esta frustración. Lo quieres. Pero querer no es suficiente cuando tu sistema ejecutivo no te acompaña.
La función ejecutiva es esa parte del cerebro que te permite arrancar tareas, mantener el foco, resistir distracciones y empujar aunque no haya recompensa inmediata. Y cuando esa función ejecutiva no trabaja bien, puedes tener todo el compromiso del mundo y aun así encontrarte abandonando cosas a mitad.
No es falta de carácter. Es falta de infraestructura.
Si te cuesta ser constante aunque lo intentas, no es porque seas inconstante por naturaleza. Es porque tu cerebro necesita condiciones que la mayoría de consejos de productividad genérica no contemplan.
Lo que no te va a funcionar (y lo sabes)
Más disciplina. No.
Un sistema de productividad más elaborado. Tampoco.
Levantarte más temprano para tener más tiempo de hacer las cosas que luego vas a dejar a medias de todas formas. Negativo.
Yo he probado todo eso. Y lo que descubrí es que el problema no estaba en el sistema. Estaba en que intentaba construir sobre una base que no entendía. Es como intentar construir una casa y no saber que el suelo que tienes debajo es arcilla. Puedes poner los mejores materiales del mundo, que al primer chaparrón todo se hunde.
Lo que cambia las cosas es entender cómo funciona tu cerebro. No el cerebro promedio. El tuyo. Por qué necesita novedad. Por qué el aburrimiento es físicamente insoportable. Por qué en el trabajo te pasa lo mismo que en el resto de tu vida y no es coincidencia.
Quizá tiene un nombre
A ver, te voy a decir algo.
Ese patrón de empezar con todo y abandonar antes de terminar, esa incapacidad de aguantar el aburrimiento del medio, esa sensación de que tu motivación es completamente impredecible y no obedece a ninguna lógica que tú puedas controlar...
Hay bastante gente a la que le pasa exactamente eso. Y en muchos casos tiene nombre.
Se llama TDAH. Y no, no es solo lo de los niños que no paran quietos en clase. En adultos se manifiesta de formas mucho más sutiles. Muchas veces parece exactamente esto: una persona que empieza bien las cosas, llega a un nivel aceptable, y luego desaparece antes de cruzar la línea de meta.
No estoy diciendo que sea tu caso. No soy tu médico y esto no sustituye una evaluación con un profesional. Lo que sí te digo es que a mucha gente le cuesta todo más que a los demás y no es porque sean vagos ni incapaces. Es porque nadie les ha explicado cómo funciona su cerebro.
Cuando yo lo descubrí, no se arregló todo de golpe. Pero por primera vez dejé de pensar que el problema era mi voluntad. Y empecé a construir con la realidad que tenía, no con la que se supone que debería tener.
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