Empiezo fuerte y a las dos horas me apago completamente

Empiezas el día con energía, con plan, con ganas. Y dos horas después, nada. Por qué tu cerebro funciona así y qué puedes hacer.

Las nueve de la mañana. Abriste el portátil. Tenías el plan claro, la lista hecha, el café en la mano y hasta un poco de emoción.

A las once, esa persona ya no existe.

Lo que hay en su lugar es alguien mirando la pantalla sin saber muy bien qué está haciendo allí. Las tareas siguen en la lista. El café se ha enfriado. La energía, que estaba ahí hace dos horas, se ha ido sin avisar. Y lo peor no es el bajón. Lo peor es que ya no puedes hacer nada para que vuelva.

¿Por qué arrancas bien y luego te apagas?

A ver, esto es algo que mucha gente vive pero muy poca gente entiende. Porque desde fuera parece falta de constancia. Parece que no tienes aguante. Que eres de las personas que empiezan cosas y no las terminan.

Pero no es eso.

Lo que pasa es que tu cerebro arrancó en modo turbo porque había novedad. Porque empezar algo nuevo activa el sistema de recompensa. Hay dopamina. Hay motivación. Hay sensación de que hoy sí. Y entonces el cerebro está funcionando a todo trapo, dándolo todo, usando recursos que no tiene de forma sostenida.

Y llega un punto, más o menos a las dos horas, en que el interés inicial se ha agotado. La tarea ya no es nueva. Ya no hay chispa. Y el cerebro, sin ese combustible de novedad, se apaga. No por voluntad propia. Porque no tiene otra.

Es como encender un mechero y esperar que arda eternamente. El mechero no está roto. Es que un mechero funciona así.

El problema con los días productivos

Lo que más descoloca de este patrón no es el bajón en sí. Es que algunos días no pasa. Algunos días aguantas cuatro horas, cinco, seis, y el trabajo sale.

Y entonces piensas que si hoy pudiste, ayer no pudiste porque no te esforzaste lo suficiente.

Esa conclusión te hace mucho daño. Porque la usas para culparte. Para convencerte de que el problema es tu actitud, tu disciplina, tu voluntad. Y te metes en un bucle en el que cada vez que te apagas antes de tiempo sientes que has vuelto a fallar.

Pero el problema no es la falta de esfuerzo. Es que los días que aguantaste tenías algo distinto. Urgencia. Un deadline real. Una consecuencia concreta. O simplemente el tipo de tarea era lo suficientemente estimulante como para mantenerte enganchado.

No fue fuerza de voluntad. Fue que las condiciones eran distintas. Y cuando no están esas condiciones, el mecanismo no funciona igual.

La trampa de la energía de la mañana

Hay algo que hacemos todos y que empeora esto bastante. Usamos la energía del arranque para las tareas "fáciles".

Llegas a las nueve con el motor a tope. Y, claro, lo primero que haces es revisar el correo. Contestar un par de mensajes. Organizar la carpeta de descargas que tenías pendiente. Poner en orden el escritorio del ordenador. Cosas de bajo umbral que dan sensación de que estás siendo productivo.

O sea, básicamente estás quemando el cohete de lanzamiento para ir a comprar el pan.

Y cuando llega la tarea que realmente importa, la que requería toda esa energía concentrada, ya no queda nada. El tanque está vacío. Y ahí es cuando te apagas.

Lo he hecho así durante años. No te voy a engañar. Y tardé mucho en entender que no era mala suerte, era una decisión, aunque fuera inconsciente.

¿Qué hago cuando sé que me voy a apagar?

Mira, lo primero es asumir que el bajón va a ocurrir. No como derrota, sino como dato. Tu cerebro funciona en ráfagas, no de forma lineal y sostenida durante ocho horas. Cuanto antes lo aceptes, antes puedes diseñar tu trabajo alrededor de eso en lugar de luchar contra ello.

Lo segundo, y esto cambia bastante las cosas: trabaja bajo presión aunque no sea real. O sea, crea las condiciones artificiales que imitan la urgencia. Un temporizador visible. Una hora de cierre inamovible. Decirle a alguien que a las once le mandas lo que sea. Trucos pequeños, pero el cerebro no distingue presión real de presión fabricada. Si siente que hay urgencia, activa recursos.

Y lo tercero es poner la tarea más importante primero. La primera. Nada antes. Ni el correo, ni el café, ni organizar nada. La tarea que importa, antes de que el arranque se evapore.

Parece una tontería, pero es lo más contraintuitivo que existe cuando tienes el hábito de "calentar" con tareas pequeñas antes de la grande.

Cuando el patrón no mejora con sistemas

Todo esto ayuda. De verdad que sí. Pero hay personas en las que el patrón es tan marcado, tan consistente, tan independiente de lo que intentan, que los trucos no son suficientes.

Arrancan fuerte. Se apagan. Intentan volver. No pueden. Esperan al día siguiente con la esperanza de que ese día sea diferente. Y el ciclo se repite.

Si eso te suena demasiado familiar, quizá no sea solo un problema de gestión del tiempo. Cuando no consigues hacer lo que te propones por la mañana una y otra vez, puede que haya algo más debajo. No es que seas flojo. Es que tu cerebro gestiona la atención y la energía de una forma que no encaja con el modo estándar.

Eso tiene nombre. Y si sospechas que podría aplicarte, lo primero es descartarlo o confirmarlo. No para etiquetarte. Para entender qué está pasando y dejar de culparte por algo que no está en tu mano controlar a base de voluntad.

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