Me cuesta concentrarme cuando alguien me está mirando trabajar
Trabajas bien solo, pero en cuanto alguien te observa, tu cerebro se bloquea. No es vergüenza. Tiene una explicación más profunda que nadie te ha dado.
Hay algo que me pasaba constantemente y que tardé años en entender.
Podía estar trabajando perfectamente solo. Flujo. Producción. Silencio. Todo bien. Y en cuanto alguien se sentaba a mi lado, o me preguntaban "¿qué estás haciendo?", o simplemente percibía que alguien me observaba... bloqueo total. Como si me hubieran apagado.
No sé cómo explicarlo mejor que eso. Apagado.
¿Por qué no puedo concentrarme si alguien me mira?
La respuesta que me daba yo mismo durante años era "soy un vergonzoso" o "me pongo nervioso". Y no, no era eso. Porque no me sentía nervioso exactamente. Era algo más raro.
Era como si mi cabeza dejara de estar en la tarea y pasara a estar... en mí mismo. En cómo me veo desde fuera. En qué cara pongo. En si estoy tardando demasiado. En si la persona que me mira está pensando que soy lento. En si lo que estoy haciendo parece suficientemente trabajado o parece que estoy perdiendo el tiempo.
O sea, en vez de pensar en lo que estoy haciendo, empezaba a pensar en cómo se ve que lo estoy haciendo.
Y eso destruye la concentración. Literalmente. No hay forma de hacer dos cosas a la vez: procesar la tarea y procesar tu propia imagen en tiempo real. Al menos, no con la misma calidad. Algo cede. Y lo que cede siempre es lo que más importa.
La mirada que no existe
Lo más curioso es que ni siquiera necesitas que alguien te esté mirando de verdad.
Basta con que haya alguien en la habitación. Basta con que hayas quedado para trabajar con un amigo en una cafetería. Basta con que tu pareja esté al otro lado de la mesa haciendo lo suyo, sin mirarte, sin preguntarte nada. Con que sepa que estás ahí, ya sientes ese peso.
Es como si tu cerebro hubiera instalado una cámara de vigilancia imaginaria. Y aunque nadie esté grabando, tú te comportas como si sí.
Trabajar en un open office era mi pesadilla. No por el ruido, que eso también, sino por esa sensación permanente de que cualquiera podía girarse y verte. Y eso me tenía en guardia constante. No trabajando. Vigilándome a mí mismo trabajando. Que no es lo mismo. Para nada.
El coste real de trabajar bajo observación
A ver, vamos a ser prácticos. Porque esto no es un problema filosófico. Es un problema muy concreto que tiene consecuencias muy concretas.
Cuando alguien te observa trabajar y tu cabeza se va a gestionarlo, lo primero que pierdes es el acceso a la memoria de trabajo. Eso que tienes "cargado" en el momento: los pasos que has seguido, el hilo de lo que estabas pensando, la lógica que has construido. Todo eso ocupa espacio mental. Y si ese espacio lo invade la autoobservación, se cae. Como cuando tienes muchas pestañas abiertas y el ordenador empieza a ir lento.
Lo segundo que pierdes es la fluidez. Las ideas ya no salen solas. Cada frase cuesta. Cada decisión requiere más energía. No porque la tarea se haya vuelto más difícil, sino porque estás haciendo dos trabajos a la vez sin darte cuenta.
Y lo tercero, que es el que más me jode, es que tardas el doble y produces la mitad. Y cuando la persona que te miraba ya no está, no eres capaz de explicar qué hiciste durante ese tiempo. Porque técnicamente estuviste "trabajando". Pero en realidad estuviste gestionando la ansiedad de que alguien te viera trabajar.
Esto está muy relacionado con por qué ciertas situaciones cuestan más que a los demás. No es que seas menos capaz. Es que tu cerebro está procesando capas extra que otras personas no procesan.
No es timidez. No es inseguridad. Es regulación.
Aquí es donde muchos se quedan atascados en el diagnóstico equivocado.
Porque si se lo cuentas a alguien, la respuesta típica es "oye, no te preocupes tanto por lo que piensan los demás" o "confía más en ti mismo". Y sí, gracias, muy útil. Pero el problema no es que me importe demasiado la opinión de los demás. No es una cuestión de autoestima ni de carácter.
Es que mi cerebro no regula la atención de forma automática cuando hay estímulos sociales presentes.
La atención, para un cerebro que funciona de forma estándar, es relativamente fácil de mantener. Eleges un foco, lo sostienes, filtras el ruido. Sí, con esfuerzo, pero lo haces. Para un cerebro que no regula bien eso, cada estímulo nuevo compite en igualdad de condiciones con la tarea. Una mirada, una presencia, el sonido de alguien tecleando a tu lado, todo entra con la misma fuerza. Y tu sistema no tiene un filtro eficiente para decidir qué importa y qué no.
Por eso no puedes concentrarte trabajando desde casa aunque estés en tu entorno ideal, y por eso en reuniones tu cabeza se va a otra parte aunque quieras estar presente. El patrón es el mismo: tu atención responde a los estímulos en vez de responder a tus intenciones. Y cuando hay observación social de por medio, ese estímulo es de los más potentes que existen.
Por qué las reuniones son otro nivel de difícil
Una cosa es trabajar con alguien mirándote. Otra es tener que hablar, escuchar y pensar a la vez mientras sientes que te evalúan en tiempo real.
Las reuniones son el escenario perfecto para que todo esto explote. Porque ya no es solo que te observen. Es que se espera que respondas. Que tengas una opinión. Que hayas seguido el hilo de lo que se ha dicho mientras tu cabeza estuvo en otro sitio durante los últimos cuatro minutos.
Y encima no puedes decir que te has desconectado. Asientes. Dices "sí, tiene sentido". Y rezas para que no te pregunten directamente. Si esto te suena familiar, igual te interesa saber por qué cuesta tanto mantener la atención en reuniones. Porque hay una mecánica específica ahí que no es aleatoria.
Quizá tiene nombre
Voy a decirte algo que no pretendo que sea una revelación médica, pero que a mí me hubiera ayudado saber mucho antes.
Esa sensación de que tu atención se fragmenta cuando hay otros presentes. Ese coste brutal que tiene para ti algo que para otros parece invisible. Esa inconsistencia entre lo que produces solo y lo que produces bajo observación.
En muchos casos, eso forma parte de un patrón más amplio. Y ese patrón tiene nombre: TDAH.
No el TDAH de los niños revoltosos de las películas. El TDAH real, que en adultos se parece mucho más a esto: una dificultad para regular la atención, una hipersensibilidad a los estímulos externos, y un sistema de funcionamiento que depende fuertemente de las condiciones del entorno. Cuando las condiciones son las tuyas, rindes. Cuando no, colapsas. Y desde fuera, parece que no te esfuerzas.
Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si sospechas que puede ser algo más, habla con un psicólogo o psiquiatra. Pero si lo que describes aquí te resulta demasiado familiar, quizá vale la pena preguntárselo.
Yo tardé mucho en darme cuenta de que mi falta de foco tenía una explicación. Y cuando la tuve, no es que todo se arreglara. Pero al menos dejé de pensar que el problema era mi carácter.
---
Si estás leyendo esto y algo te resuena, tengo un test con 43 preguntas que no es un diagnóstico pero sí un buen punto de partida. Te ayuda a entender si tu forma de procesar la atención entra en ese patrón. Gratis, diez minutos, sin registro. Puedes hacerlo aquí.
Sigue leyendo
Los hábitos que la gente normal hace sin pensar a mí me cuestan un mundo
Hacer la cama, llegar puntual, recordar citas. Para otros es automático. Para ti es una batalla diaria. Y no, no es exagerar.
Me cuesta ser buen amigo aunque de verdad quiero serlo
Quieres ser buen amigo. De verdad. Pero te olvidas de cumpleaños, desapareces semanas y no sabes mantener el contacto. No es que no te importe. Es algo más.
Mi atención funciona a ráfagas: un rato perfecto y luego nada
Hay momentos en los que estás en modo dios y todo fluye. Luego se corta. Así, sin avisar. Si tu atención funciona a ráfagas, aquí está la explicación.
Mi concentración tiene fecha de caducidad: 20 minutos y se acaba
Llevas 20 minutos centrado y de repente tu cabeza se desconecta sola. No es cansancio. No es falta de voluntad. Tiene una explicación concreta.