Empiezo a cocinar sano y al lunes siguiente pido pizza

Empiezas la semana con ensaladas y acabas el viernes con pizza. No es falta de voluntad. Tiene una explicación y un nombre.

El lunes compro brócoli. El miércoles como pollo a la plancha con cara de persona adulta y responsable. El viernes pido pizza. El sábado decido que ya empezaré de verdad la semana que viene.

Y el ciclo se repite.

Llevo años pensando que esto es un problema de disciplina. O de voluntad. O de que simplemente me gusta demasiado la pizza. Y no te voy a decir que la pizza no me gusta, porque me gusta muchísimo. Pero eso no explica por qué pasa siempre igual. Con la comida, con el ejercicio, con el orden de la casa, con el proyecto que iba a empezar este mes.

Siempre es lo mismo. Un arranque brutal. Y luego, nada.

¿Por qué empezamos con todo y no terminamos con nada?

A ver, vamos a ser honestos aquí un segundo.

No es que no quieras cocinar sano. De verdad que no. Porque si no quisieras, no comprarías brócoli. No buscarías recetas. No te harías el desayuno el domingo convencido de que esta vez sí va en serio.

El problema no es la motivación de arranque. Esa la tienes de sobra. El problema es lo que pasa después.

Porque lo que pasa después es que la novedad desaparece. El primer día mola. Hay algo nuevo que hacer, un ritual que seguir, la sensación de que estás cambiando algo. Tu cerebro está contento. Dopamina para todos. Y entonces llega el martes. O el miércoles. Y ya no es nuevo. Ya es solo... cocinar. Otro día. Otra vez. Sin recompensa inmediata. Sin sensación de progreso visible. Solo tú, una sartén, y la certeza de que tienes que hacer esto para siempre.

Y tu cerebro dice: paso.

No te lo dice con palabras. No llega una notificación que ponga "oye, me aburro, pide pizza". Lo que pasa es mucho más sutil. Se va apagando el interés. Se va haciendo más difícil empezar. De repente tienes mil razones para no cocinar hoy. Y ninguna de ellas es "es que soy vago". Son razones reales. Razonables. Convenientes. El martes llegué tarde. El miércoles tenía reunión. El jueves estaba cansado.

Y el viernes ya da igual, total ya he roto la racha.

La ilusión del arranque

Imagínate que tu motivación es como una cerilla.

La enciendes y hay fuego. Mucho fuego. Un fuego que dices "con esto caliento la casa entera". Pero una cerilla dura lo que dura. Y si no tienes algo donde prender ese fuego, se apaga sola. No porque la cerilla sea mala. No porque hayas soplado. Simplemente porque eso es lo que hacen las cerillas.

Pues bien. Tú llevas años intentando calentar la casa a base de cerillas.

Un arranque nuevo. Una motivación nueva. Una promesa nueva. Y funciona tres días. O una semana. O si tienes suerte, dos semanas. Y luego la cerilla se apaga. Y buscas otra. Y otra. Y otra.

El problema no es que seas incapaz de cocinar sano. El problema es que tu cerebro necesita algo más que novedad para mantener un comportamiento. Necesita estructura. Necesita un sistema que no dependa de cómo te sientas ese día. Porque si no puedes mantener ninguna rutina más de dos semanas, lo más probable es que el problema no sea la rutina. Sea el sistema.

O la falta de él.

El bucle que nadie te enseñó a salir

A mí esto me pasaba con todo. Con el gimnasio, con los proyectos, con los hábitos de trabajo. Empezaba con una energía brutal y a la semana y media había abandonado. Y la conclusión que sacaba siempre era la misma: no soy constante. No tengo fuerza de voluntad. Soy un desastre.

Pero eso no explicaba por qué con algunas cosas sí era constante. Con la programación podía pasarme horas sin moverme. Con los vídeos, cuando algo me enganchaba de verdad, no tenía que recordarme hacerlo. Con ciertas conversaciones, ciertos proyectos, ciertos temas, no había problema de disciplina. El problema de disciplina aparecía solo con las cosas que tenía que hacer sin que me gustaran especialmente.

O sea.

No era que no tuviera disciplina. Era que mi cerebro necesitaba algo específico para activarse. Y cuando no lo tenía, se negaba en redondo.

Eso no es pereza. Eso es un patrón. Y los patrones tienen explicación. En mi caso, parte de esa explicación es que me cuesta todo más que a los demás cuando las cosas no me generan el estímulo suficiente. No porque sea torpe. Sino porque mi cerebro regula la atención y la motivación de una forma distinta.

Lo que pasa cuando te obsesionas y luego lo abandonas todo

Hay otro patrón que va de la mano con este.

El de la semana que de repente cocinas cinco recetas distintas porque has encontrado un canal de YouTube que mola y te has obsesionado con la alimentación saludable. Y lo haces todo perfecto. Compras tupper. Preparas comida para el resto de la semana. Te sientes el rey del mundo.

Y dos semanas después no has vuelto a abrir ese canal. No has cocinado nada. Y el tupper sigue en el armario.

Eso tampoco es falta de disciplina. Es el ciclo de obsesionarte, devorar y abandonar que le ocurre a muchas personas sin que nadie les haya explicado por qué. El cerebro va a tope cuando algo es nuevo y emocionante. Y se apaga cuando deja de serlo. No hay término medio. O todo o nada.

Y lo de cocinar sano, por definición, no puede ser todo o nada siempre.

Porque si es todo esta semana, la semana que viene ya no es novedad. Y si no es novedad, el cerebro busca otra cosa donde poner la energía. Y tú te quedas con el brócoli a medias y la sensación de que has fallado otra vez.

No has fallado. Tu cerebro está funcionando exactamente como le han enseñado a funcionar. El problema es que nadie te enseñó a trabajar con él.

Quizá no es falta de voluntad. Quizá tiene nombre.

Voy a decirte algo.

Ese patrón de empezar fuerte y abandonar antes de que se consolide cualquier hábito. Esa dificultad para mantener cosas que no son inmediatamente gratificantes. Ese ciclo de obsesión, euforia y abandono que se repite en bucle. El hecho de que acabes dejando tus proyectos justo cuando parecía que iban bien.

No es un rasgo de carácter. En muchos casos, es un patrón de funcionamiento del cerebro que tiene nombre. Se llama TDAH. Y no es el trastorno de los niños que se mueven demasiado en clase. Es, entre otras cosas, una dificultad para regular la motivación y la atención cuando el estímulo no es suficiente. Para adultos que lo compensan. Que parecen funcionar. Que sacan las cosas adelante a trompicones y luego se preguntan por qué les cuesta tanto algo que a los demás parece no costarles nada.

Puede que sea tu caso. Puede que no. Esto no sustituye un diagnóstico profesional. Si reconoces estos patrones en ti, lo suyo es hablarlo con un psicólogo o psiquiatra.

Pero si algo de esto te resuena, quizá vale la pena empezar a hacerse las preguntas correctas.

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