El trabajo más difícil no es hacerlo: es empezarlo

No es pereza ni falta de disciplina. Lo más difícil no es hacer el trabajo: es dar ese primer paso. Y hay una razón concreta por la que te cuesta tanto.

Tienes la tarea delante. Sabes lo que hay que hacer. Sabes que no es complicado. Y aun así llevas cuarenta minutos sin empezar.

No estás en el sofá. Estás en la silla, con todo preparado, mirando la pantalla. Que es, paradójicamente, la situación más agotadora que existe.

Porque cuando estás en el sofá descansando, por lo menos descansas. Pero así, en tierra de nadie, no descansas ni produces. Es lo peor de los dos mundos.

¿Por qué lo difícil es empezar y no terminar?

Mira, esto me lleva años sin cuadrarme del todo.

Porque si me preguntas si sé hacer el trabajo, la respuesta es sí. No tengo duda de que puedo hacerlo. A veces incluso lo disfruto una vez que arranco. Hay momentos en que entro en modo flujo y el tiempo desaparece y de repente han pasado dos horas y ha salido algo que mola.

Pero para llegar ahí tengo que cruzar algo. Una especie de barrera invisible que no puedes ver pero que está ahí, completamente real, completamente sólida. Y no hay forma de saltársela. Tienes que cruzarla a pie.

El problema es que mi cerebro, justo en ese momento, decide que prefiere hacer cualquier otra cosa. Revisar el móvil. Buscar algo en Google que no necesitaba saber. Limpiar el escritorio que lleva meses sucio pero que de repente es urgente. Cualquier cosa menos empezar.

No es desidia. Es lo contrario de desidia: es un cerebro que está tan activado que no sabe por dónde meterle mano.

La trampa del "cuando me concentre, empiezo"

Te lo voy a decir como me lo dijeron a mí, que tardé bastante en entenderlo:

No te concentras para empezar. Empiezas para concentrarte.

La concentración no llega antes. Llega durante. Es consecuencia de la acción, no condición previa. Pero claro, como nunca te lo han explicado así, llevas años esperando sentirte listo para empezar. Y ese momento no llega nunca, porque no puede llegar: estás esperando algo que solo existe después de dar el paso que estás esperando dar.

Es como esperar a que deje de llover para salir a comprar el paraguas.

O sea, el sistema es imposible. Y tú no lo sabías. Y te has estado llamando vago durante años por fallar en una trampa que estaba mal diseñada desde el principio.

A mí me pasa con absolutamente todo. No solo con el trabajo. Con llamadas de teléfono que debo hacer y no hago. Con correos que necesito responder y que tengo en la cabeza todo el día pero no abro. Con conversaciones que sé que tengo que tener y que voy posponiendo hasta que la situación se complica más de lo que habría sido si hubiera actuado antes.

Y lo sé. Soy consciente de todo eso mientras pasa. Y aun así no arranco.

Qué pasa realmente en el momento de empezar

Imagínate que estás en la orilla de una piscina. El agua está bien de temperatura. Lo sabes porque ya has nadado antes. Y sin embargo ahí estás, parado en el borde, sin tirarte.

No es que tengas miedo a ahogarte. Es que tu cuerpo sabe que el primer segundo va a ser frío aunque luego esté bien. Y ese primer segundo es suficiente para que el sistema de "mejor no" se active y te deje ahí, en el borde, mirando el agua.

Pues con el trabajo es parecido. El cerebro anticipa el esfuerzo inicial, el momento de fricción, la transición de estar en reposo a estar en marcha. Y eso tiene un coste real que no es imaginado. Lo que pasa es que ese coste se paga una sola vez, en el arranque. Después de ahí, ya no.

El problema es que cuando tienes dificultades con esto, ese coste de arranque se siente desproporcionado. Mucho mayor de lo que realmente es. Y encima varía: hay días que cuesta un poco y días que cuesta la vida entera.

Esa variación es lo que te tiene paralizado antes de empezar cualquier cosa, porque no puedes predecir cómo va a ir. Si supieras que siempre va a costar exactamente lo mismo, lo asumirías y punto. Pero como a veces es fácil y otras es imposible, nunca sabes qué te vas a encontrar. Y cuando no sabes qué te vas a encontrar, el cerebro prefiere no moverse.

La mentira de la presión

Aquí viene algo que seguramente te vas a reconocer.

Los momentos en los que sí arrancas, casi siempre hay algo que te empuja. Una entrega que vence hoy. Alguien esperando tu respuesta. Una reunión en una hora. El deadline que ya no puede esperar más.

O sea, solo eres productivo bajo presión. Y lo sabes. Y parte de ti ha aceptado eso como si fuera un rasgo de carácter tuyo y punto.

"Es que yo funciono así. Necesito la presión."

No. No es que funciones así. Es que cuando hay presión externa, el cerebro por fin recibe la señal suficiente para arrancar. Sin esa señal, se queda en standby esperando algo que no llega.

Y lo que eso significa es que has estado dependiendo de circunstancias externas para activar algo que tendría que poder activarse solo. Que has construido toda tu vida de productividad alrededor de la emergencia, porque es la única herramienta que funciona de forma fiable.

Es funcional. Pero es agotador. Y tiene un techo muy bajo.

Porque la presión tiene efectos secundarios. El trabajo hecho con el agua al cuello no es el mismo que el trabajo hecho con tiempo y calma. La ansiedad que genera vivir siempre al límite se acumula. Y encima no puedes planificar nada de verdad, porque sabes que no lo harás hasta el último momento.

¿Por qué a algunos les cuesta más que a otros?

Esto es lo que nadie dice en voz alta.

No todo el mundo tiene el mismo coste de arranque. Hay gente a la que le cuesta relativamente poco empezar. Se sientan, abren el documento, y dentro de dos minutos ya están dentro de la tarea. No es que sean mejores personas ni más disciplinadas. Es que su cerebro regula el inicio de una manera diferente.

Y hay otra gente para la que ese coste es enorme. Desproporcionado. Que puede pasar una tarde entera dando vueltas alrededor de una tarea de veinte minutos sin llegar a hacerla.

Y no es pereza. De la misma manera que no es que te cueste todo más porque seas vago, tampoco es que te falte voluntad para empezar. Es que tu cerebro tiene dificultades reales con algo que se llama iniciación de la tarea. Es una función ejecutiva. Y hay personas para las que funciona peor.

Esto tiene nombre. Y cuando yo lo descubrí, por fin pude de dejar de culparme.

Quizá tu cerebro funciona con otras reglas

Voy a ser directo porque llevo un rato dando rodeos.

Si llevas años con este patrón. Si el problema no es solo que te cueste empezar, sino que te pasa con casi todo, que varía sin que sepas por qué, que a veces fluye y otras veces es como intentar mover una pared. Si encima necesitas presión externa para moverte y sin ella te quedas paralizado.

Hay bastante probabilidad de que tu cerebro funcione de una manera que tiene nombre.

Se llama TDAH. Y la dificultad para iniciar tareas, para arrancar sin presión externa, para cruzar esa barrera invisible que separa el saber qué hacer de ponerse a hacerlo, es uno de sus síntomas más comunes y menos conocidos.

No el de los niños que no paran quietos. El del adulto que para y no lo puede evitar. El de la persona que sabe perfectamente lo que tiene que hacer y aun así no puede empezar.

Esto no es un diagnóstico. Soy programador con TDAH, no médico. Pero sí puedo decirte que si algo de lo que has leído hoy te ha resonado demasiado, quizá merece la pena investigarlo con un profesional.

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