El tiempo se me escapa y al final del día no sé en qué lo gasté
Te levantas con un plan. Te acuestas sin haber hecho nada del plan. Y ni siquiera sabes en qué se fue el día.
Son las 9 de la mañana. Tienes un plan. No es un plan complicado. Tres tareas. Puedes hacerlas en un par de horas. El resto del día es tuyo.
Son las 11 de la noche. No has hecho ninguna de las tres. Ni una. Y lo peor: no sabes en qué has gastado el día.
Si te preguntaran "¿qué has hecho hoy?", no podrías responder. Porque no has hecho "nada". O mejor dicho, has hecho un millón de cosas que no cuentan. Has mirado el móvil. Has contestado mensajes. Has buscado algo en Google que te ha llevado a otra cosa que te ha llevado a otra cosa. Has ordenado un cajón que no necesitaba ser ordenado. Has visto tres vídeos "rápidos" que han durado 45 minutos.
Y cuando miras atrás sientes un vacío. Como si el día hubiera existido pero tú no hubieras estado presente.
¿A dónde se va el tiempo?
A ningún sitio concreto. Se disuelve. Se fragmenta en pedacitos tan pequeños que ninguno por separado parece importante, pero juntos suman un día entero.
5 minutos mirando Instagram. 3 minutos buscando algo que no recuerdas. 10 minutos pensando en qué hacer sin hacer nada. 8 minutos leyendo notificaciones. 15 minutos de una "pausa rápida" que se alarga. 20 minutos en un rabbit hole de información que no tiene nada que ver con nada.
Esos fragmentos son invisibles mientras ocurren. Pero al final del día, son 8 horas de fragmentos. Ocho horas donde 5 minutos se han convertido en 45 una y otra vez sin que te enteraras.
Y nadie te lo va a creer. Porque desde fuera, parece imposible. "¿Cómo no has hecho nada en todo el día?" Buena pregunta. Si tuviera la respuesta, no estaría así.
La trampa de "voy a empezar ahora"
El momento más peligroso del día no es la mañana. Es el "voy a empezar ahora".
Porque "ahora" nunca llega. "Ahora" se convierte en "después de este vídeo". Que se convierte en "después de comer". Que se convierte en "mejor por la tarde que estoy más fresco". Que se convierte en "mañana, que hoy ya es tarde".
Y "mañana" es exactamente igual. El mismo ciclo. El mismo aplazamiento. Las mismas tres tareas sin hacer.
Es como un reloj de arena al que alguien le da la vuelta cada vez que está a punto de acabar. Nunca termina de caer. Siempre está a punto de empezar.
Esto le pasa a gente que calcula mal el tiempo para absolutamente todo. No es pereza. Es una percepción distorsionada de cuánto tiempo tienes, cuánto tiempo necesitas y cuánto tiempo ha pasado.
El peso de las horas vacías
Lo que nadie te dice es el peso emocional de esto.
Porque no es solo "he perdido el día". Es el sentimiento de que tu vida se escapa igual que tu tiempo. Que los días pasan y no construyes nada. Que todo el mundo avanza y tú sigues en el mismo punto, sin saber por qué.
Y cuando intentas explicarlo, suena a excusa. "No me ha dado tiempo." ¿Cómo que no te ha dado tiempo? Tenías 16 horas. ¿Qué has hecho con ellas?
Nada que puedas explicar. Todo y nada. Un agujero negro de horas que se tragó tu día y no dejó ni rastro.
Esto no es vaguería. Es un síntoma. Y si te pasa todos los días, no todos los meses sino todos los puñeteros días, hay razones neurológicas que lo explican. No lo digo yo. Lo dice la ciencia. Y un profesional puede ayudarte a entenderlas.
Tres cosas que a mí me ayudan
No son perfectas. Pero me salvan algunos días.
Primera: hacer la tarea MÁS importante en los primeros 30 minutos del día. Antes de mirar el móvil. Antes de abrir el email. Antes de que tu cerebro se enganche en algo que no es prioritario. Si esperas a "estar listo", no vas a empezar nunca.
Segunda: usar un temporizador visible. No en el móvil - en un reloj de cocina físico, de los de toda la vida. 25 minutos. Lo pones y trabajas hasta que suena. El tic-tac te mantiene anclado al presente. Tu cerebro necesita esa presión externa para no irse flotando.
Tercera: registrar en qué gastas el tiempo. Cada hora, apuntar qué has hecho. No para juzgarte. Para hacer visible lo invisible. Porque cuando ves que has pasado 3 horas en el móvil, es más difícil ignorarlo.
---
Si el tiempo se te escapa y no sabes adónde va, el primer paso es entender por qué tu cerebro funciona así. Tengo un test de 43 preguntas que te puede dar bastante claridad. Gratis, rápido, y sin vender humo. Hacer el test TDAH.
Sigue leyendo
Hablo demasiado de mí y no dejo hablar a los demás
Te das cuenta de que llevas 20 minutos hablando de ti sin parar. No es egoísmo. Es un cerebro que no sabe regular cuándo parar.
Procrastino el autocuidado: ducharme, comer bien, dormir a tiempo
Sabes que tienes que ducharte, comer algo o acostarte. Y no puedes. No es dejadez. Tiene una explicación.
Me abruma tener demasiadas opciones y no elijo ninguna
Cuantas más opciones tienes, menos decides. No es indecisión. Es un cerebro que se satura cuando todo parece igual de urgente.
No puedo empezar algo si no tengo ganas, aunque sea urgente
La urgencia dice que sí. Tu cuerpo dice que no. Y gana tu cuerpo. Esto no es falta de disciplina. Tiene otra explicación.