Hablo demasiado de mí y no dejo hablar a los demás
Te das cuenta de que llevas 20 minutos hablando de ti sin parar. No es egoísmo. Es un cerebro que no sabe regular cuándo parar.
Estás en una conversación y alguien cuenta algo. Y tu cerebro, en lugar de escuchar, hace esto: conecta lo que la otra persona está diciendo con algo tuyo y te lanza a contarlo. Inmediatamente. Sin freno. Sin esperar a que el otro termine.
Y de repente llevas veinte minutos hablando de ti mismo y no sabes cómo has llegado ahí.
Lo peor no es hacerlo. Lo peor es darte cuenta a mitad de frase, ver la cara de la otra persona, y pensar: "la estoy cagando otra vez".
¿Por qué no puedes parar de hablar de ti mismo?
No es narcisismo. No es egocentrismo. Es que tu cerebro procesa la información de una manera muy concreta: por asociación.
Alguien te dice "me he ido de vacaciones a Italia" y tu cerebro no piensa "qué bien, cuéntame más". Tu cerebro piensa "Italia, yo estuve en Italia, me pasó una cosa increíble" y antes de que te des cuenta ya estás contando tu historia. No porque no te importe la suya. Sino porque tu cerebro ha hecho el enlace y necesita soltar esa información antes de que desaparezca.
Porque eso es lo otro. Si no lo dices ahora, se esfuma. Tu memoria de trabajo es como una mesa en la que solo cabe una cosa. Si no sacas el pensamiento en ese momento, se pierde. Y tu cerebro, que lo sabe, prioriza soltar por encima de escuchar.
Es exactamente el mismo mecanismo por el que interrumpes a la gente sin querer. La diferencia es que interrumpir dura un segundo. Hablar de ti durante veinte minutos es la versión extendida del mismo problema.
¿Por qué te das cuenta tarde?
Porque mientras estás hablando, estás en modo hiperfoco conversacional.
Tu cerebro se ha enganchado al tema, está disfrutando, está conectando ideas, una cosa lleva a la otra, y el flujo es tan bueno que no hay espacio para el monitor que debería estar diciendo "oye, llevas un rato largo, dale espacio al otro".
Ese monitor existe. Pero en tu caso funciona con delay. Llega siempre tarde, como un árbitro que pita la falta tres jugadas después.
Y cuando llega, no te trae información útil. Te trae vergüenza. "Ya la has liado otra vez. Has monopolizado la conversación. Ahora la otra persona piensa que eres un egocéntrico."
Lo gracioso es que la mayoría de las veces la otra persona ni siquiera se ha molestado tanto como tú crees. Pero eso no te frena de machacarte por ello.
¿Es un problema de educación o de cableado?
Pues mira, yo durante años pensé que era un problema de educación. Que no me habían enseñado a escuchar. Que era maleducado. Que tenía que esforzarme más en callarme.
Y lo intenté. De verdad. Pero es como intentar escuchar hasta el final cuando tu cerebro ya ha salido disparado tres frases por delante. No es falta de voluntad. Es que el sistema no está diseñado para eso.
En personas con TDAH, esto tiene nombre: regulación verbal deficiente. Que suena muy clínico pero básicamente significa que el freno entre lo que piensas y lo que dices funciona a medio gas. Y como tu cerebro procesa por asociación y a toda velocidad, el resultado es que hablas mucho, hablas de ti, y hablas sin parar.
No es que seas egoísta. Es que tu cerebro secuestra la conversación y tú vas de copiloto.
Esto no es diagnóstico, ojo. Si te suena demasiado, es cosa de hablarlo con un profesional.
¿Qué se puede hacer con un cerebro que no sabe callarse?
No hay un botón de mute, desgraciadamente. Pero sí hay cosas que ayudan.
La primera es la que menos apetece: avisar. Decirle a la gente cercana "oye, a veces me lanzo a hablar y no paro, si lo hago, para los pies, que no me ofendo". Es incómodo la primera vez. Pero cambia la dinámica por completo. Porque conviertes un patrón vergonzante en algo que los dos podéis gestionar.
La segunda es el truco de la pregunta. Cuando notes que llevas rato hablando, para y haz una pregunta. Cualquiera. "¿Y tú qué? ¿Qué me estabas contando?" Rompe el bucle. Te obliga a pasar de emisor a receptor. Y a la otra persona le dice que te importa lo suyo.
Y la tercera, la más difícil, es perdonarte cuando se te escape. Porque se te va a escapar. No puedes reprogramar tu cerebro en una tarde. Lo que sí puedes es dejar de machacarte cada vez que pase, porque el machaque no te hace mejor conversador. Solo te hace sentir peor.
La realidad es que la gente que te quiere ya conoce este patrón. Y les importas de todas formas. Eso también es algo que le pasa a más gente de la que crees.
---
Si esto de no poder parar de hablar y luego arrepentirte te suena demasiado familiar, tengo un test de 43 preguntas sobre cómo funciona tu atención. Sin diagnóstico, pero con suficiente información para saber si merece la pena investigar. Hacer el test TDAH.
Sigue leyendo
Cambio de app de productividad cada mes buscando la definitiva
Notion, Todoist, Obsidian, TickTick... Llevas años probando apps y nunca encuentras la perfecta. El problema no es la app. Te cuento qué está pasando.
Paso del 'puedo con todo' a 'no puedo con nada' sin transición
Un día eres imparable y al siguiente no puedes ni con el desayuno. Esos altibajos extremos no son bipolaridad necesariamente. Pueden ser otra cosa.
Pospongo devolver cosas hasta que caduca el plazo de devolución
Compras algo, no te convence, y en vez de devolverlo... esperas hasta que caduca el plazo. No es desidia. Tiene una explicación.
Mis proyectos siempre mueren cuando llevan el 80 por ciento
El proyecto va genial. Llevas el 80%. Queda nada. Y lo dejas. Justo ahí. Siempre en el mismo punto. Esto tiene explicación.