Procrastino el autocuidado: ducharme, comer bien, dormir a tiempo

Sabes que tienes que ducharte, comer algo o acostarte. Y no puedes. No es dejadez. Tiene una explicación.

Eran las 11 de la noche y llevaba desde las 7 de la mañana sin comer.

No porque me hubiera olvidado. No porque no tuviera comida. No porque estuviera tan ocupado que no hubiera tenido un hueco. Es que cada vez que pensaba "tengo que comer algo", mi cabeza decía "sí, ahora" y luego no pasaba nada. Lo mismo con la ducha. Lo mismo con irme a dormir. Lo mismo con tomarme la medicación.

Te lo juro que a veces pienso que soy un robot mal programado.

Y lo más bestia es que si fuera dejadez, sería más fácil de aceptar. Pero no es dejadez. Porque hay días que funciono perfectamente. Me ducho, como a sus horas, me acuesto a tiempo. Y pienso: "ves, sí puedo". Y al día siguiente, nada. Como si hubiera gastado todos los créditos de persona normal.

¿Por qué procrastinamos hasta el autocuidado?

A ver, esto tiene trampa.

Porque cuando dices "procrastino ir al trabajo" o "procrastino responder emails", la gente lo entiende. Son cosas que no molan, que requieren esfuerzo, que tienen consecuencias visibles si no las haces. Tiene sentido evitarlas.

Pero ducharte. Comer. Dormir. Esas son cosas que supuestamente te gustan. O al menos no te disgustan. Son cosas que te hacen sentir mejor cuando las haces. Y aun así las pospones. Y eso ya no tiene sentido para nadie. Ni para ti.

O sea, ¿cómo vas a procrastinar comer? ¿Cómo procrastinas algo que te gusta y que necesitas?

La respuesta incómoda es que no es una cuestión de si algo te gusta o no. Es una cuestión de activación. De arranque. De que entre el momento en que piensas "tengo que hacer X" y el momento en que tu cuerpo empieza a hacer X, hay un salto que a veces das y a veces no. Y no siempre controlas cuándo das el salto.

Ducharte no requiere motivación alta. Pero sí requiere iniciar. Y el inicio es exactamente lo que falla.

El autocuidado no tiene urgencia. Y ese es el problema.

Mira, el cerebro tiene una forma bastante bruta de priorizar cosas: urgencia. O más concretamente, consecuencias inmediatas.

Si no abres el portátil en diez minutos, llegas tarde a la reunión. Si no contestas ese mensaje, alguien se molesta. Si no haces eso, pasa algo malo ahora mismo.

¿Y si no te duchas hoy? Pues... nada. No pasa nada visible. No hay alarma. No hay consecuencia inmediata que te dé el empujón. Lo mismo con comer: puedes aguantar horas. Lo mismo con dormir: siempre hay algo más que hacer. Y tu cerebro, sin señal de urgencia clara, simplemente no arranca.

No es que seas desastre. Es que estás usando un sistema que gestiona la atención y la iniciativa a través de la urgencia, y el autocuidado es precisamente lo que nunca es urgente... hasta que lo es. Hasta que llevas tres días comiendo fatal y no puedes pensar con claridad. Hasta que llevas una semana sin dormir bien y emocionalmente estás por los suelos.

Y cuando ya es urgente, ahí sí. Ahí te mueves.

Igual que pospones ir al médico hasta que es urgente. Exactamente igual.

No puedo empezar si no hay presión

Esto me lo explicó mi psicóloga una vez y me dejó bastante tieso.

Le dije que no entendía por qué me costaba tanto hacer cosas básicas. Y me dijo: "¿Cuándo empiezas a hacer algo? ¿Cuando tienes ganas o cuando ya no hay más remedio?"

Y claro. No hay más remedio.

Si tengo que entregar algo, lo entrego. Si alguien me está esperando, aparezco. Si la situación es urgente, me activo. Pero si solo es importante... si solo es "sería bueno que lo hicieras"... no pasa nada. El motor no arranca.

Y el autocuidado siempre cae en esa segunda categoría. Siempre es "sería bueno que lo hicieras". Nunca hay nadie esperándote. Nunca hay consecuencias en los próximos cinco minutos. Siempre se puede posponer un poco más.

Y así es como llegas a las once de la noche sin haber comido desde las siete de la mañana.

Esto también me pasa cuando no puedo empezar algo si no tengo ganas. No es capricho. Es que sin el combustible adecuado, el motor simplemente no enciende.

El círculo vicioso que nadie ve

Aquí está la parte que más me jode.

Porque resulta que el autocuidado es justo lo que necesitas para funcionar bien. Dormir bien para tener energía. Comer para pensar con claridad. Ducharte para no sentirte un saco de patatas. Son las bases. Sin esas bases, todo lo demás va peor.

Pero las bases son exactamente lo que falla cuando el sistema de regulación no funciona bien.

O sea: tu cerebro necesita autocuidado para rendir bien. Y necesita rendir bien para ejecutar el autocuidado. Es como intentar cargar el móvil con el móvil muerto. No hay por dónde empezar.

Y encima, cuando llevas días comiendo mal y durmiendo poco, la capacidad de iniciativa baja todavía más. Que es cuando procrastinas más el autocuidado. Y el círculo se cierra.

A mucha gente le cuesta todo más que a los demás

¿Entonces qué hago?

No tengo una solución milagrosa. Te lo digo ya para que no te lleves un chasco.

Lo que me ha funcionado a mí es convertir el autocuidado en algo que tenga señal externa. No depender de que "me apetezca". Porque no me va a apetecer. Nunca me apetece. El apetecer no existe para estas cosas.

Alarma para comer a una hora fija. No una alarma que diga "recuerda comer" sino una que diga "ahora paras y comes". Ir a la ducha antes de hacer cualquier otra cosa por las mañanas. No después de revisar el correo. No cuando termine esto. Antes. Porque "después" nunca llega.

Y el sueño: acostarme aunque no tenga sueño. Porque si espero a tener sueño, a veces son las tres de la mañana y sigo despierto mirando el techo.

No es motivación. Es estructura. Y eso es lo que necesita un cerebro que no genera urgencia solo.

Esto no sustituye el diagnóstico de un profesional. Si esto te suena muy familiar, vale la pena hablar con un psicólogo o psiquiatra que sepa de regulación emocional y ejecutiva.

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