Digo que sí a todo sin pensar y luego no puedo cumplir
Alguien te pide algo, dices que sí automáticamente, y luego no sabes ni cómo vas a hacerlo. No es falta de límites.
Lunes. Un amigo me pide ayuda con una mudanza el sábado. "Sí, claro, cuenta conmigo." Un compañero me pregunta si puedo revisar su proyecto. "Sí, sin problema." Mi madre me llama para preguntar si voy a comer el domingo. "Sí, ahí estaré." Un colega me propone un café el viernes para hablar de una idea de negocio. "Sí, genial."
Es lunes a las 11 de la mañana y ya tengo comprometido todo el fin de semana. Plus un proyecto que no es mío. Plus un café que no me apetece. Y todo porque no puedo decir una palabra de dos letras.
No.
¿Por qué digo que sí a todo?
A ver, no es que no sepa decir que no. Sé. Conozco la palabra. Puedo pronunciarla. El problema es que entre que alguien me pide algo y mi boca responde, no hay espacio para pensar. La respuesta sale antes que la reflexión.
Es como un reflejo. Alguien te tira una pelota y la coges. No piensas "¿quiero coger esta pelota? ¿Tengo las manos libres? ¿Tengo tiempo para sostener una pelota?" Simplemente la coges. Y luego miras y resulta que ya tenías 14 pelotas en las manos y acabas de aceptar la número 15.
Tu cerebro dice que sí porque decir que sí es la opción que menos fricción genera en el momento. Decir que no requiere explicar, justificar, aguantar la cara de decepción del otro. Decir que sí es instantáneo, indoloro y genera una micro-descarga de dopamina porque la otra persona se pone contenta. Tu cerebro va a lo fácil. Siempre. Y lo fácil en el segundo 1 es sí. El problema viene en el segundo 86.400 (también conocido como "el día siguiente").
El coste del sí automático
Pues mira, el coste es triple.
Primero: te sobrecargas. Aceptas más cosas de las que puedes hacer. Tu agenda se llena de compromisos que no elegiste conscientemente. Y cuando llega el momento de cumplir, no puedes. No porque seas irresponsable. Sino porque aceptaste cinco cosas que necesitaban cinco versiones de ti que no existen.
Segundo: cancelas. Y cancelar es peor que haber dicho que no desde el principio. Porque ahora la otra persona contaba contigo y la has dejado tirada. Y eso genera culpa. Y la culpa genera más tendencia a decir que sí la próxima vez, para compensar. Y el ciclo se repite.
Y tercero: pierdes tu tiempo. El recurso más limitado que tienes. Lo regalas porque tu boca fue más rápida que tu cabeza.
Si además de esto notas que luego te enfadas contigo mismo más que con nadie, el patrón es claro. Dices que sí por impulso, no cumples, y te machacas. Sí, incumplimiento, culpa, repetir. El bucle.
No es que no tengas límites
Esto es importante. Porque la respuesta fácil es "tienes que poner límites". Y sí, genial, ponlos. Pero no es un problema de límites. Es un problema de velocidad.
Tú tienes límites. Sabes cuándo algo es demasiado. Sabes cuándo deberías decir que no. El problema es que lo sabes después de haber dicho que sí. Tu sistema de evaluación tarda más que tu sistema de respuesta. Es como si el filtro de calidad llegase después de que el producto ya está en la calle.
Y hay algo más: la necesidad de agradar. Tu cerebro ha aprendido que decir que no genera una respuesta emocional negativa en el otro. Y la sensibilidad al rechazo hace que esa respuesta negativa te resulte insoportable. Prefieres sobrecargarte a ti mismo que ver la cara de decepción de alguien por un segundo.
No es cobardía. Es que el coste emocional de decir que no en el momento es mayor que el coste lógico de haber dicho que sí. Tu cerebro hace el cálculo. Y elige la opción emocionalmente menos dolorosa. Que resulta ser la lógicamente más estúpida.
Lo que me funciona (y no es "aprende a decir que no")
Voy a ser honesto: no he aprendido a decir que no. Lo que he aprendido es a no decir que sí inmediatamente.
Mi regla es esta: cualquier petición que no sea urgente, la respuesta es "déjame que lo mire y te digo". No es un no. No genera rechazo. No hay cara de decepción. Pero me da tiempo. Me da 5 minutos, 2 horas, un día. Lo que necesite para que la parte racional de mi cerebro haga el cálculo que debería haber hecho antes de responder.
Y cuando hago el cálculo en frío, el 60% de las cosas son un no claro. Un no que me resulta facilísimo de comunicar porque ya no estoy en caliente. Ya no estoy delante de la persona. Ya no siento la presión del momento. Puedo escribir "lo siento, no me va a ser posible" desde la tranquilidad de mi sofá.
No es elegante. Pero funciona. Porque mi cerebro no funciona bien bajo presión social. Funciona bien cuando tiene tiempo y espacio.
Quizá no es falta de carácter
Ese patrón de decir que sí a todo. Esa incapacidad de frenar la respuesta automática. Esa sobrecarga constante de compromisos que no elegiste. Esa frustración de no poder con todo lo que aceptaste. Esa sensación de que todo te cuesta más que a los demás, incluido algo tan simple como pensar antes de comprometerte...
Le pasa a mucha gente. Y tiene un nombre que no es "persona sin límites" ni "incapaz de decir que no".
Se llama TDAH. Y la impulsividad en las respuestas, combinada con la sensibilidad al rechazo y la dificultad para evaluar consecuencias futuras en tiempo real, crea exactamente este patrón. No es que no quieras poner límites. Es que tu cerebro reacciona antes de que puedas ponerlos.
No te estoy diagnosticando. Si esto te suena, habla con un profesional. Pero deja de tratarte como si fueras una persona que no sabe decir que no. Sabes. Solo que tu boca va más rápido que tu cabeza.
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