Rindo a ráfagas, no de forma constante: tengo días brillantes y días perdidos

Unos días soy una máquina y otros no puedo ni abrir el portátil. No es falta de ganas. Llevo años intentando entender por qué mi rendimiento es una.

El lunes entregué un proyecto en tres horas que mi jefe calculaba para una semana.

El martes no fui capaz de escribir un email de cuatro líneas.

Y no, no me pasó nada entre medias. No me emborraché. No tuve una crisis personal. No dormí peor. Simplemente el lunes mi cerebro decidió ser un genio y el martes decidió ser un ladrillo. Sin aviso. Sin patrón. Sin lógica aparente.

¿Por qué hay días que rindo a tope y otros que no puedo ni arrancar?

La pregunta del millón. La que me hice durante años. La que le hice a Google unas 800 veces con distintas formulaciones esperando que alguna me diera una respuesta que no fuera "duerme mejor" o "haz deporte".

Porque ya dormía. Ya hacía deporte. Ya bebía agua, ya meditaba, ya hacía todas las cosas que se supone que tienes que hacer para rendir bien. Y aun así, mi rendimiento seguía siendo una lotería.

Te voy a poner una analogía.

Imagina que trabajas en una fábrica. Pero tu máquina principal tiene un generador que funciona con un combustible impredecible. Algunos días el combustible llega a raudales y la máquina produce el triple que cualquier otra. Otros días llega un hilito y apenas puedes hacer funcionar las luces.

Tú no controlas el suministro. Pero tu jefe te evalúa como si lo controlaras.

Eso es lo que se siente.

El problema de rendir a ráfagas en un mundo que espera constancia

El mundo laboral está diseñado para gente constante. Para gente que rinde un 7 sobre 10 todos los días, de lunes a viernes, de enero a diciembre. Predecible. Fiable. Medible.

Y luego estamos nosotros. Los que un día rendimos un 12 sobre 10 y al siguiente un 2. Los que en una semana buena compensamos un mes entero. Los que en una semana mala no somos capaces de hacer ni la lista de la compra.

El problema es que nadie te evalúa por la media. Te evalúan por la consistencia. Y cuando tu jefe ve que el lunes eras un cohete y el miércoles estás mirando al vacío, no piensa "qué interesante, este chico tiene un patrón irregular de rendimiento". Piensa "este chico es un vago que solo trabaja cuando le apetece".

Y tú no sabes cómo explicarle que no es cuestión de que te apetezca o no. Que darías lo que fuera por poder elegir cuándo tener un día bueno. Que si pudieras activar el modo máquina a voluntad, lo harías todos los días.

¿Qué se siente por dentro?

Frustración. Mucha frustración.

Porque el día bueno te da una muestra de lo que podrías ser siempre. Es como probar un plato increíble una vez y luego tener que comer arroz blanco el resto de la semana sin saber cuándo volverás a probar ese plato. Sabes que existe. Sabes que puedes. Pero no puedes convocarlo.

Los días buenos son peligrosos, además. Porque te crean expectativas. Tu jefe se acostumbra. Tus compañeros se acostumbran. Y tú te acostumbras. "Si pude el lunes, debería poder el martes." Pero no puedes. Y la caída se siente el doble.

Yo tenía una teoría durante años: que los días malos eran culpa mía. Que si me organizara mejor, si me acostara antes, si tuviera más disciplina, podría mantener el nivel del lunes todos los días. Y cada vez que fallaba, me culpaba más. Un ciclo precioso.

¿Cómo intenté arreglarlo?

Pues mira, lo intenté todo. Rutinas matutinas. Journaling. Planificación semanal. Bloqueo de tiempo. Priorización por matrices de Eisenhower. Un Excel con un tracking de mi energía por horas (que abandoné al tercer día, obviamente).

Intenté dormir exactamente las mismas horas. Comer exactamente lo mismo. Hacer ejercicio exactamente a la misma hora. Convertir mi vida en un laboratorio controlado para encontrar la variable que explicara por qué unos días sí y otros no.

¿Sabes qué descubrí? Que no había una variable. Que podía hacer todo igual dos días seguidos y rendir completamente diferente. Como si mi cerebro tirara un dado cada mañana para decidir qué versión de mí iba a presentarse al trabajo.

Y eso es lo que me llevó a pensar que me costaba todo más que a los demás. No porque fuera menos capaz. Sino porque mi cerebro no respondía a las mismas reglas.

¿Y si no es pereza?

A ver, voy a ser directo. Esto que te estoy contando tiene nombre. Se llama TDAH. Y una de sus características menos conocidas pero más devastadoras en adultos es la irregularidad del rendimiento.

No es que no puedas rendir. Es que no puedes elegir cuándo. Tu cerebro produce dopamina de forma irregular, y la dopamina es el combustible que necesitas para activar la atención, la motivación y la capacidad de ejecución. Cuando hay, eres un genio. Cuando no hay, eres un profesional que parece que no se esfuerza aunque esté dando todo lo que tiene.

No estoy diagnosticándote. No soy profesional de salud mental y esto no sustituye a un psicólogo o psiquiatra. Pero si llevas años oscilando entre días brillantes y días perdidos sin entender el patrón, quizá haya algo más que falta de disciplina.

A mí me cambió todo. No porque dejara de tener días malos. Los sigo teniendo. Pero porque dejé de culparme por ellos. Y empecé a construir un sistema que aprovechara los buenos en lugar de llorar por los malos.

Que suena fácil pero llevó años. Y un diagnóstico. Y una psicóloga que me dijo: "Rubén, no eres inconsistente. Tu cerebro es inconsistente. No es lo mismo."

Y la hostia que me pegó esa frase no te la puedo explicar.

He montado un test de 43 preguntas que puede ayudarte a entender si tu cerebro funciona de forma diferente. No es un diagnóstico, es un punto de partida. Diez minutos, gratis, sin vender nada. Hazlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo