Dejo todo para el último momento aunque me proponga no hacerlo
"Esta vez voy a empezar pronto." Lo dijiste el lunes. Es viernes y aquí estás. No es pereza ni falta de voluntad. Tiene otra explicación.
"Esta vez voy a empezar pronto."
Lo dijiste el lunes. Es viernes por la noche. Y aquí estás otra vez.
Con el mismo proyecto. Con el mismo plazo. Con la misma sensación de que eres incapaz de aprender la lección más básica de tu vida.
¿Por qué no empezaste antes si sabías que tenías que hacerlo?
Esa es la pregunta que llevas años sin saber responder.
No es que no tuvieras tiempo. Tenías tiempo. Lo veías pasar. El lunes decías "ya empezaré el miércoles". El miércoles decías "mejor el jueves que estoy fresco". El jueves miraste YouTube durante tres horas y te fuiste a dormir con la misma excusa de siempre: "mañana".
Y mañana siempre es viernes a las 11 de la noche.
Lo más desquiciante de todo es que lo sabes de sobra. Sabes perfectamente que esto va a pasar. Mientras estás procrastinando, hay una parte de tu cabeza que te está avisando. "Oye, que esto lo vas a dejar para el final." "Oye, que luego te va a costar." "Oye, que ya sabes cómo acaba esto."
Y aun así.
El bucle que no consigues romper
Mira, esto es lo que me pasaba a mí. Y lo que le pasa a un montón de gente que conozco.
No es que no quieras hacer la tarea. Es que cuando intentas sentarte a hacerla pronto, sin presión, tu cerebro simplemente no arranca. Es como intentar encender una barbacoa sin pastillas de fuego. Le das al mechero. Nada. Le vuelves a dar. Nada. Y al final acabas quemando el periódico entero y rezando para que prenda algo.
La pastilla de fuego, en tu caso, es el plazo.
Sin plazo inminente, sin esa presión de "si no lo hago ahora la lío", tu cerebro no genera suficiente... no sé cómo llamarlo. Combustible. Urgencia. La chispa que necesita para encenderse.
Y claro, lo que aprendes, sin que nadie te lo enseñe, es que si esperas al último momento la cosa arranca sola. Así que tu cerebro, que no es tonto, aprende la lección. Si esperas, funciona. Si intentas hacerlo antes, no funciona. Solución obvia: esperar.
El problema es que eso tiene un precio.
La otra cara de trabajar bajo presión
Cuando solo eres productivo bajo presión, el trabajo sale. A veces hasta sale bien. Y eso es lo que hace que el ciclo se perpetúe. "Al final lo hice, ¿no? Al final lo entregué. Al final salió."
Sí. Pero con qué coste.
Las noches sin dormir. La ansiedad de los días anteriores, donde no haces la tarea pero tampoco puedes disfrutar del tiempo libre porque sabes que está ahí. El estrés de los últimos minutos. La sensación de haber entregado algo por debajo de lo que podrías haber hecho si hubieras tenido tiempo.
Y encima, la promesa que te haces a ti mismo de que la próxima vez será diferente.
No va a ser diferente. No sin entender qué está pasando.
Porque esto no es un problema de organización. No es que no sepas hacer una lista de tareas. No es que te falte un buen planificador. Llevo una temporada convencido de que a mucha gente le cuesta esto más que a los demás no porque sean vagos, sino porque su cabeza necesita condiciones muy concretas para funcionar.
La motivación no funciona como te dijeron
Te han vendido la idea de que si quieres algo de verdad, empezarás pronto. Que la motivación llega cuando tienes claro el objetivo. Que si te organizas bien, no necesitarás el último momento.
Y tú lo has intentado. De verdad que lo has intentado. Te has puesto metas claras. Has dividido la tarea en partes pequeñas. Has intentado empezar "solo cinco minutos".
Y lo que pasa es que te sientas, abres el documento, y tu cerebro se va. A algún otro sitio. A cualquier sitio menos ahí.
Porque la motivación, para ciertos cerebros, no funciona por importancia ni por voluntad. Funciona por interés inmediato, por novedad, o por urgencia. Y cuando no hay ninguna de esas tres cosas, no hay motivación. Da igual lo mucho que quieras hacer la tarea. Da igual lo mucho que te importe el resultado.
El interruptor no está donde te dijeron.
Esto enlaza directamente con algo que va mucho más allá de la procrastinación puntual. Si procrastinas todo aunque sabes perfectamente lo que tienes que hacer, el problema no es la tarea. El problema es cómo gestiona tu cerebro la activación.
Quizá no es que seas un desastre organizado
Voy a soltar algo que igual te suena.
Esa dependencia del último momento para funcionar. Esa incapacidad de empezar las cosas aunque quieras. Ese bucle de promesas que nunca se cumplen. Esa sensación de saber perfectamente lo que tienes que hacer y aun así no poder hacerlo.
Hay bastante gente a la que le pasa exactamente eso. Y en muchos casos, tiene una explicación que va más allá de "soy un vago con mala organización".
Puede que tu cerebro tenga una forma distinta de regular la motivación y la activación. Una que necesita urgencia para funcionar porque, sin esa señal de peligro, no consigue poner el motor en marcha. No es un defecto moral. Es una diferencia neurológica.
Hay un artículo que escribí sobre esto, si quieres seguir tirando del hilo: por qué necesitas urgencia para hacer las cosas. Va al fondo de la cuestión.
Y por supuesto, si sospechas que tu caso es algo más que procrastinación puntual, la única forma de saberlo de verdad es hablarlo con un profesional. Esto no sustituye un diagnóstico. Yo no soy médico, y lo que funciona en mi cabeza no tiene por qué funcionar en la tuya exactamente igual.
No te falta disciplina. Te falta entender cómo funciona tu motor.
Si llevas años prometiéndote que la próxima vez empezarás antes, y la próxima vez nunca llega, el problema no se arregla con más fuerza de voluntad.
Se arregla entendiendo qué necesita tu cerebro para arrancar. Cuándo. Cómo. Por qué el último momento funciona cuando todo lo demás falla.
Y a partir de ahí, construir sistemas que trabajen con tu cabeza, no contra ella.
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