Pierdo 10 minutos decidiendo qué tarea hacer y al final no hago ninguna
Tienes la lista. Sabes lo que hay que hacer. Pero llevas 10 minutos mirando las tareas y no arrancas. Esto no es vagancia. Es tu cerebro bloqueado eligiendo.
La lista está ahí.
Cinco tareas. Claras. Con nombres concretos. No has sido vago esta vez, has sido organizado. Las has escrito la noche anterior, con todo el optimismo del mundo. Y ahora estás ahí, mirando la lista, y no arrancas.
No porque no quieras. Sino porque no sabes por cuál empezar. Y mientras decides, el tiempo pasa. Y la culpa sube. Y al final haces algo que no estaba en la lista, o no haces nada, y el día se va.
Conozco esa sensación. La conozco muy bien.
¿Qué está pasando exactamente cuando no puedes decidir qué tarea hacer?
Hay una trampa mental que nadie te cuenta sobre la toma de decisiones cuando tienes el cerebro disperso.
La trampa es esta: crees que el problema es que no sabes qué tarea es más importante. Así que empiezas a analizar. A comparar. A valorar qué tiene más urgencia, cuál tiene más impacto, cuál te llevaría menos tiempo. Es decir, estás haciendo un trabajo cognitivo enorme para decidir qué trabajo hacer. Antes de haber hecho nada.
Y mientras tu cabeza hace esos cálculos, el tiempo pasa. Cinco minutos. Diez. Quince. Y cuanto más tiempo llevas sin empezar, más presión sientes. Y cuanta más presión sientes, menos capacidad tienes de decidir.
Es como estar en una heladería con 40 sabores. En circunstancias normales, tardas dos minutos en elegir. Pero si el heladero te dice "tienes que elegir ya o te quedas sin nada", de repente no puedes. Tu cabeza se queda en blanco. Y el tiempo se acaba y te vas sin helado.
Así funciona el bloqueo.
El problema no es la lista. Es cómo tu cerebro procesa el menú.
A ver, vamos a separar dos cosas.
Una cosa es no saber qué hacer. Otra cosa es saber perfectamente qué hay que hacer y no poder elegir por dónde arrancar.
Lo segundo es lo que te está pasando. Y tiene mucho que ver con cómo algunos cerebros, incluyendo el mío, procesan las opciones cuando hay demasiada incertidumbre sobre cuál es la correcta.
La función ejecutiva, que es básicamente el director de orquesta del cerebro, tiene que hacer aquí un trabajo complicado. Tiene que comparar tareas, calcular prioridades, inhibir las que no tocan, y lanzar la acción sobre la elegida. Son cuatro pasos que en teoría son automáticos pero que en la práctica, cuando tienes el sistema de regulación un poco cojo, cada uno cuesta más de lo que debería.
Y el resultado es que te quedas paralizado delante de la lista. No porque seas tonto. No porque no te importe. Sino porque tu cerebro está intentando hacer de GPS con cuatro rutas posibles y ninguna señal.
Si te reconoces en esto, puede que te interese leer por qué te cuesta todo más que a los demás. No es debilidad. Es que el motor funciona diferente.
Lo que hago yo cuando me bloqueo eligiendo
Mira, no tengo una solución mágica. Lo que tengo son algunas cosas que me sacan del bucle.
La primera: dejar de decidir con el cerebro y hacerlo con algo externo. Suena raro, pero funciona. Literalmente, a veces cojo la lista y tacho todas las tareas menos una. La primera que me apetece menos. La que sé que si no hago hoy, mañana tampoco hago. Y arranco con esa. No porque sea la más importante. Sino porque sacármela del camino me libera para el resto.
La segunda: el temporizador antes de decidir. En vez de quedarme pensando qué hacer durante diez minutos, pongo dos minutos en el reloj y me digo: "Lo que sea que empiece cuando suene, eso es lo que hago". Y el temporizador corta el bucle. Le da a mi cerebro una señal de urgencia que de otra manera no llega.
La tercera, y esta es la que más me ha costado aceptar: a veces la tarea no es la culpable. A veces el problema es que llevo demasiadas cosas abiertas en la cabeza y no puedo hacer una sola cosa a la vez. Cuando eso pasa, añadir más decisiones no ayuda. Lo que ayuda es reducir el menú. Borrar opciones hasta que solo quede una.
¿Y si el bloqueo tiene que ver con hacia dónde voy una vez que empiezo?
Esta parte me ha costado más tiempo entenderla.
A veces el problema no es decidir qué tarea hacer. El problema es que empiezas una y a los cinco minutos estás haciendo otra. Abres el documento, ves un email, lo contestas, abres otra cosa, y de repente llevas veinte minutos en algo que no estaba en ninguna lista.
Eso ya es otro tema, y si te pasa, te recomiendo este post: empiezo una tarea y acabo haciendo otra. Porque el bloqueo para elegir y el saltar de tarea en tarea son dos síntomas distintos aunque vengan del mismo sitio.
El momento en que todo encajó para mí
Hubo un día que estuve literalmente treinta y cinco minutos mirando mi lista de Notion.
Treinta y cinco minutos. Cronometrados. Porque en un momento de claridad lo puse en marcha para ver cuánto tardaba en arrancar. Y la respuesta fue: media hora larga de parálisis seguida de abrir YouTube.
Ese día dejé de pensar que el problema era la lista. O la app. O que me faltaba sistema. El sistema estaba. La lista estaba. El problema estaba en otro sitio.
Lo que me ayudó no fue un método nuevo. Fue entender que mi cabeza procesa las decisiones de otra manera. Que no es que no me importe, sino que cuando hay varias opciones y no hay una señal clara de urgencia externa, mi cerebro se queda en bucle. Y que eso, en muchos casos, es una de las formas en que el TDAH se manifiesta en adultos sin que nadie lo llame por su nombre.
No te estoy diciendo que tengas TDAH. Eso lo tienen que evaluar los profesionales, y esto no sustituye a ningún diagnóstico. Pero si llevas años peleando con este bloqueo y sintiéndote culpable por no poder simplemente elegir y arrancar, quizá la respuesta no está en trabajar más duro. Está en entender cómo funciona tu cabeza.
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