Ser padre o madre con TDAH: el caos multiplicado por dos
Olvidas mochilas, llegas tarde al cole, no puedes con los deberes. Ser padre o madre con TDAH es caos doble. Pero también tienes superpoderes que otros no ven.
La tutoría era a las cinco.
Lo sabías. Lo tenías en el calendario. Lo tenías incluso en un post-it en la nevera porque sabías que el calendario solo no iba a ser suficiente.
Y aun así, a las cinco y veinte, seguías en la oficina porque te habías metido de cabeza en algo y el tiempo simplemente había dejado de existir.
Llegas tarde. La profesora te espera con esa cara. Ya sabes esa cara. Y lo peor no es el retraso. Lo peor es que llegas sin los papeles que te mandó firmar el mes pasado. Esos papeles que viste, que dejaste en algún sitio seguro para no perderlos, y que ahora no están en ningún sitio seguro sino en ningún sitio.
Esto no es un lunes malo.
Esto es todos los lunes.
¿Se puede ser buen padre o madre con TDAH?
Sí. Pero nadie dice que sea fácil.
Porque criar hijos ya es caótico de por sí. Los horarios, los deberes, las autorizaciones, los eventos del colegio, las citas médicas, los uniformes que hay que comprar antes del lunes, las alergias que hay que informar a la profe de cocina. Es una cantidad de carga organizativa que haría sudar a cualquiera.
Y tú le añades un cerebro que pierde el hilo, que se olvida de las cosas en tiempo real, que prioriza por intensidad emocional en vez de por urgencia objetiva.
No es que no te importe tu hijo. Es que tu sistema de gestión interna tiene una arquitectura diferente. Y criando hijos esa arquitectura choca contra todo.
La mochila del lunes. Los tuppers del comedor que hay que llevar limpios. La excursión que era este viernes, no el que viene. El medicamento que había que dar antes de las ocho y que recordaste a las nueve y media.
Son cosas pequeñas. Individualmente, cada una es un error sin importancia. Pero acumuladas, día tras día, crean una sensación de fondo que es difícil de sacudir: la de que no llegas. La de que otros padres lo hacen mejor. La de que hay algo fundamentalmente roto en cómo funciones como persona adulta responsable de otra persona más pequeña.
Eso es la culpa del TDAH. Y es de las peores versiones.
El momento en que los deberes se convierten en el infierno
Hay una escena que se repite en casa de muchos padres con TDAH.
Tu hijo de nueve años está haciendo deberes en la mesa. Tienes que ayudarle. Es matemáticas. Divisiones. Sabes hacer divisiones, no es eso.
Pero llevas diez minutos intentando explicar el mismo paso y tu cabeza se ha ido a tres sitios distintos mientras hablabas. Hay ruido de fondo. Algo que has visto al pasar por la cocina te ha recordado que hay que comprar aceite. Tu teléfono ha vibrado dos veces. Y tu hijo te está mirando esperando que termines la frase que empezaste hace cuarenta y cinco segundos.
El niño se distrae. Y tú te distraes más que el niño.
Y entonces te viene esa idea que no quieres tener: "¿cómo voy a ayudarle a él si yo soy el problema?".
La respuesta honesta es que no siempre puedes ser el que se sienta a hacer los deberes. Y eso no te convierte en mal padre o mala madre. Te convierte en alguien que necesita compensar con otras estrategias. Horarios fijos con menos variables. Alarmas. Un espacio donde los dos podáis trabajar sin que ninguno distraiga al otro. O reconocer cuándo es mejor que haga los deberes solo que con tu ayuda dispersa.
Si además tu hijo también tiene TDAH, cosa que estadísticamente no es rara dado que el TDAH es muy hereditario, la dinámica se complica pero también se humaniza. Porque hay algo que cambia cuando un padre le dice a un hijo "a mí también me pasa esto". No desde la teoría. Desde la experiencia real de perder el hilo en medio de una frase.
Puedes leer más sobre esa parte genética en el post sobre si el TDAH se hereda y de quién es la culpa.
Lo que nadie habla: la culpa silenciosa
No es la culpa de los momentos grandes. Es la de los pequeños.
La de no recordar que hoy tocaba llevar la merienda para todos porque es el cumple del compañero. La de perder la autorización de la excursión que firmaste y dejaste en el bolso y ahora no está. La de llegar al colegio a buscarlo y que él sea el último porque perdiste la noción del tiempo.
Hay padres sin TDAH que también les pasa. Claro. Pero no les pasa todos los días. No les pasa en cadena, uno tras otro, creando un patrón que después el niño nota aunque no lo verbalice.
Y la culpa se amplifica porque sabes que es algo de ti. No es mala suerte. No es que el trimestre haya sido muy intenso. Es que así funciona tu cerebro, y no puedes apagarlo.
Lo que ayuda, y mucho, es tener sistemas de compensación que no dependan de tu memoria. No listas mentales. Listas físicas o digitales en un sistema que uses sí o sí. Recordatorios que suenen en el momento en que necesitas actuar, no una hora antes cuando todavía puedes ignorarlos. Y si convives con alguien, hablar sin vergüenza de qué partes de la logística familiar no puedes gestionar solo. Repartir carga no es rendirse. Es ser honesto sobre cómo funciona tu cerebro.
En el post sobre cómo organizar la casa con TDAH hay ideas concretas que sirven tanto si tienes hijos como si no.
Los superpoderes que nadie menciona en el manual
Aquí viene la parte que igual te sorprende.
Los padres y madres con TDAH tienen cosas que otros no tienen.
La capacidad de improvisar cuando el plan se viene abajo, que con hijos pasa constantemente, es brutalmente alta. Tu cerebro vive en modo improvisación permanente. Un niño que se niega a comer lo que había planeado, una tarde que se tuerce, un plan que no funciona: mientras otros padres se descolocan, tú ya estás en el plan B.
La creatividad para inventar juegos es otra. El cerebro con TDAH busca estímulo continuamente. Y eso, cuando estás con niños, puede traducirse en historias inventadas, juegos absurdos, conexiones inesperadas entre cosas que no tienen nada que ver. Los niños responden a eso. Les engancha porque parece que vives en el mismo canal de frecuencia que ellos.
Y si tu hijo también tiene TDAH, hay algo que muy pocos padres pueden ofrecerle: entenderle desde adentro.
No entender el TDAH como concepto. Entenderlo como experiencia. Saber qué se siente cuando no puedes terminar una frase porque se te fue. Cuando pierdes algo que tenías en la mano hace diez segundos. Cuando el aburrimiento duela físicamente. Cuando todo el mundo te dice que te concentres y tú ya estás haciendo todo lo que puedes.
Ese entendimiento no lo aprende ningún libro. Lo tienes tú porque lo has vivido. Y para un niño con TDAH, tener un padre o una madre que lo entiende de verdad, que no le mira como si fuera imposible, que normaliza lo que le pasa porque también le pasa a él, es un regalo enorme.
Puede que te interese leer también sobre cómo distinguir si lo que tiene tu hijo es TDAH o simplemente es su edad, en esta guía para padres confundidos.
No eres mal padre. Tienes un cerebro diferente.
La diferencia importa.
Un mal padre o una mala madre no se preocupa. No está a las once de la noche repasando mentalmente todo lo que olvidó esta semana. No siente culpa. No busca formas de mejorar.
Tú sí haces todo eso. El problema no es la voluntad. Es la arquitectura.
Y la arquitectura se puede compensar. No perfectamente, porque no existe el padre perfecto aunque tampoco existe sin TDAH. Pero sí lo suficiente para que tu hijo crezca viendo a alguien que funciona diferente y aun así lo intenta. Que se organiza a su manera. Que llega tarde pero llega. Que pierde cosas pero las busca. Que algunos días falla estrepitosamente y otros inventa el mejor juego de la historia de un martes por la noche.
Eso también es una enseñanza.
De las buenas.
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Si te has reconocido en algo de lo que has leído y nunca te has hecho una evaluación, el test de TDAH que tengo en la web son 43 preguntas basadas en escalas clínicas. Para adultos. 10 minutos. A veces el primer paso para ser mejor padre o madre es entender cómo funciona tu propio cerebro.
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