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¿Tenía Picasso TDAH? El artista que reinventó su estilo cada década

Picasso creó 50.000 obras y cambió de estilo como quien cambia de camiseta. Su productividad maníaca y su incapacidad de quedarse quieto tienen un patrón.

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Pablo Picasso creó 50.000 obras a lo largo de su vida.

Cincuenta mil. Pinturas, esculturas, cerámicas, grabados, dibujos. Si hubiera producido una obra al día durante ochenta años, no llegaría.

Y encima, cada vez que parecía que había dominado un estilo, lo abandonaba. El período azul, el período rosa, el cubismo, el surrealismo, el neoclasicismo. Cambiaba de lenguaje visual como si cambiar de estilo fuera lo más natural del mundo, como quien se aburre de usar la misma taza.

Hay algo en ese patrón que, si conoces el TDAH por dentro, te resulta muy familiar.

No estoy diciendo que Picasso tuviera TDAH. Eso no lo puede saber nadie. Lo que sí puedo decir es que había cosas en cómo funcionaba su cerebro que merecen más de un vistazo.

¿Qué rasgos de Picasso apuntan al TDAH?

Empecemos por la producción.

Cincuenta mil obras no salen de alguien que trabaja en condiciones normales. Picasso pintaba con una intensidad que sus contemporáneos describían como compulsiva. No era disciplina en el sentido clásico, el de sentarse ocho horas a hacer lo que toca aunque no apetezca. Era más bien una incapacidad de no hacer. Como si el cerebro necesitara producir constantemente o empezara a comérselo a él.

Eso resuena bastante con lo que se conoce del TDAH y la hiperfocalización: la capacidad de entrar en un estado de concentración total en lo que te apasiona, al punto de olvidarte de comer, dormir, o que existen otras personas en el mundo.

Luego está el cambio constante de estilo.

En la mayoría de artistas, encontrar un lenguaje propio es el objetivo. Trabajas años hasta dar con tu voz y luego la explotas. Picasso hacía lo contrario. Cada vez que encontraba algo que funcionaba, lo dejaba. No por fracaso, sino porque se había aburrido. Porque necesitaba otro problema que resolver, otro territorio que explorar.

Eso no es estrategia de marca. Eso es un cerebro que no tolera el estancamiento.

La impulsividad también aparece, y bastante, en su vida personal. Picasso tuvo relaciones tormentosas, paralelas, a veces superpuestas. Tomaba decisiones emocionales a una velocidad que dejaba a la gente de su alrededor con cara de póker. No porque fuera cruel por naturaleza, sino porque funcionaba a una intensidad que pocas personas podían seguir.

Y luego está la infancia.

A Picasso le costaba aprender a leer. Tenía dislexia, eso está documentado. Pero también había algo más: le costaba seguir las normas del aula, mantener la atención en lo que no le interesaba, encajar en los ritmos que el colegio esperaba. Lo que le funcionaba era dibujar. Ahí el tiempo desaparecía.

Es un patrón que, si has leído sobre TDAH en niños, te suena.

¿O era simplemente un genio con mucha energía?

Aquí hay que frenar.

El genio explica mucho. Picasso tenía un talento visual extraordinario, eso está fuera de discusión. Y los genios suelen tener energías, obsesiones e intensidades que no encajan en los patrones normales porque simplemente no son normales.

La productividad también puede explicarse por longevidad. Picasso vivió hasta los noventa y un años. Si produces de forma constante durante setenta años de carrera activa, acumulas mucho. No necesitas un cerebro atípico para llegar a cincuenta mil obras, aunque ayuda.

El cambio de estilo también tiene una lectura más simple: era un explorador. Alguien con una curiosidad intelectual enorme que disfrutaba del proceso de aprender, no de repetir. Eso no requiere TDAH. Requiere inteligencia y poco miedo al cambio.

Y la vida personal caótica puede ser sencillamente que era una persona difícil, con muchísimo ego y poco autocontrol emocional. Que eso conviva con el TDAH es posible, pero no es la única explicación.

Dicho esto: que haya otras explicaciones no borra el patrón.

La parte que más me llama la atención

De todo lo que se sabe de Picasso, hay algo que me parece especialmente revelador.

Cuando estaba metido en un proyecto, desaparecía. Su taller era inaccesible para casi todo el mundo. Pintaba durante horas sin parar, sin comer, sin descansar, completamente absorbido. Y cuando terminaba, o cuando se bloqueaba, salía y era otro. Sociable, inquieto, buscando la siguiente idea, incapaz de simplemente estar.

No había punto medio.

Ese todo o nada es algo que muchas personas con TDAH adulto reconocen de inmediato. No es que no puedas concentrarte. Es que o estás completamente dentro o completamente fuera, y el término medio no existe.

El aburrimiento también era un problema conocido en Picasso. Sus compañeros de estudio en Barcelona lo describían como alguien que se distraía con facilidad cuando la clase no le interesaba, pero que cuando algo le enganchaba era imposible arrancarlo de ahí.

Eso es el TDAH en su forma más clásica, sin los adornos.

¿Se puede diagnosticar a alguien que murió en 1973?

No. Y conviene tenerlo claro.

Mirar hacia atrás y buscar diagnósticos en personas que no pueden ni confirmarlo ni negarlo tiene sus límites. El contexto cultural importa. Las herramientas diagnósticas que tenemos hoy no existían entonces. Y proyectar categorías actuales sobre personas de otra época es siempre arriesgado.

Lo que sí podemos hacer es observar patrones.

Picasso tenía una mente que funcionaba a una velocidad y con una intensidad poco común. Tenía ventajas brutales donde esa intensidad encontraba un canal, y puntos ciegos importantes donde no lo encontraba. Tenía dificultades en los entornos estructurados y un rendimiento extraordinario en los entornos donde él marcaba las reglas.

Eso no es un diagnóstico. Pero tampoco es una casualidad.

Entonces, ¿qué nos lleva Picasso?

Que el cerebro que no encaja en los patrones normales puede ser exactamente el que reinventa lo que se considera posible.

Picasso no cambió de estilo cincuenta veces porque no supiera cuál era el bueno. Lo cambió porque tenía un cerebro que se aburría demasiado rápido para quedarse cómodo. Y ese aburrimiento, esa necesidad constante de un problema nuevo que resolver, es lo que produjo el cubismo. Y el período azul. Y las cincuenta mil obras.

El TDAH no es un superpoder. Tampoco es una condena. Es un cerebro que funciona diferente, con sus ventajas muy reales y sus costes también muy reales.

Picasso pagó los costes. Las relaciones destruidas, la incapacidad de estar en calma, la intensidad que agotaba a todos los que lo rodeaban. Y también cobró las ventajas. Las más visibles de la historia del arte del siglo XX.

No hace falta ser Picasso para reconocer ese patrón.

Si sientes que tu cerebro funciona a una velocidad distinta, que va de todo a nada sin pasar por el centro, vale la pena entender por qué.

Hacer el test de TDAH

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