Einstein sacaba malas notas: el cerebro que cambió la física
Suspendía asignaturas, olvidaba su dirección y llevaba calcetines dispares. Pero su cerebro funcionaba exactamente como necesitaba.
Einstein suspendía asignaturas, olvidaba su propia dirección y llevaba calcetines dispares.
Y aun así, cambió la forma en la que entendemos el universo.
Hay algo en esa combinación que chirría. Que no encaja. Que suena a error en la matrix. Porque nos han enseñado que la gente brillante es ordenada, disciplinada, metódica. Que los genios se sientan en su escritorio a las ocho de la mañana, trabajan seis horas seguidas y producen descubrimientos que cambian el mundo antes de comer.
El escritorio de Einstein parecía la habitación de un adolescente después de un fin de semana largo.
¿Puede un cerebro "desordenado" cambiar la física?
Esto es lo que sabemos de Albert Einstein, no del mito sino de la persona.
De niño tardó tanto en hablar que sus padres consultaron a un médico. En la escuela, era brillante en matemáticas y física, pero suspendía el resto de asignaturas con una consistencia que ya quisiera yo para mis hábitos. Sus profesores lo describían como distraído, desconectado, incapaz de seguir el ritmo de la clase.
Lo rechazaron en la Politécnica de Zúrich la primera vez que se presentó.
Einstein. Rechazado.
Suena a chiste, pero es que el sistema educativo no está diseñado para cerebros que funcionan a ráfagas. Para cerebros que se desconectan del mundo cuando algo no les interesa y se conectan tan fuerte cuando algo les atrapa que olvidan comer, dormir y, en el caso de Einstein, ponerse los calcetines del mismo par.
Mientras suspendía exámenes de idiomas e historia, estaba en su cabeza pensando en qué pasaría si cabalgases un rayo de luz. Con dieciséis años. El tío estaba inventando la relatividad especial mientras el profesor de francés le ponía un cero.
El empleado de patentes que cambió el universo
Aquí viene la parte que a mí me fascina.
Einstein no consiguió trabajo en la universidad después de graduarse. Nadie lo quería. Así que acabó como empleado de nivel tres en la oficina de patentes de Berna. Un trabajo repetitivo, burocrático, gris. El tipo de trabajo que a un cerebro con necesidad constante de dopamina debería haberlo destruido.
Pero pasó lo contrario.
El trabajo era tan mecánico que Einstein podía hacerlo con medio cerebro. Y con la otra mitad, la mitad que nadie en la oficina de patentes sabía que existía, estaba resolviendo los problemas más complicados de la física moderna. De su puesto de funcionario aburrido salieron cuatro artículos en 1905 que cambiaron la ciencia para siempre. Incluido el de E=mc².
Eso no es disciplina académica convencional. Eso es hiperfoco puro.
La capacidad de meterse tan dentro de un problema que el mundo exterior desaparece. Que no oyes cuando te hablan. Que las horas se convierten en minutos. Que tu cerebro entra en un estado que los neurólogos llaman "flow" y que los que tenemos TDAH llamamos "me he sentado a las diez de la mañana y son las tres de la madrugada y no he cenado".
Entonces, ¿Einstein tenía TDAH?
No lo sabemos. No fue diagnosticado. En su época, el TDAH ni siquiera existía como concepto clínico.
Pero lo que sí sabemos es que su cerebro funcionaba de una forma que hoy sería muy compatible con lo que llamamos TDAH. Distracción extrema en tareas que no le interesaban. Hiperfoco absoluto en las que sí. Desorganización legendaria. Dificultad con las estructuras impuestas. Creatividad que salía de conectar ideas que nadie más conectaba.
Todo apunta a que su cerebro no funcionaba "mal". Funcionaba diferente. Y en un entorno que le daba espacio para esa diferencia, produjo las ideas más revolucionarias del siglo XX.
El problema es que la mayoría de entornos no dan ese espacio.
La escuela no se lo dio. La universidad no se lo dio. La oficina de patentes se lo dio sin querer, porque era tan aburrida que su cerebro se escapaba a otro sitio. Si Einstein hubiera nacido en una época de microgestión y reuniones de seguimiento cada hora, igual no tendríamos la teoría de la relatividad. Tendríamos a un funcionario frustrado con una evaluación de desempeño mediocre.
Y aquí es donde esto deja de ser una historia de Einstein
Porque si estás leyendo esto, es probable que te suene algo.
Lo de suspender cosas que no te interesan mientras eres capaz de pasarte horas con algo que te atrapa. Lo de que te digan "si quisieras, podrías" mientras tú piensas que querer es justamente lo que más haces. Lo de crecer sin saber por qué eres diferente y asumir que simplemente eres un desastre.
Einstein tuvo la suerte de que su hiperfoco coincidiera con la física teórica. Un campo donde ser un bicho raro que se olvida de comer mientras piensa en la curvatura del espacio-tiempo no solo es aceptable, sino casi un requisito.
Pero no todos los hiperfoco caen en campos que la sociedad valora. A veces tu cerebro se engancha con los videojuegos. Con un instrumento. Con una obsesión que cambia cada tres meses. Y entonces no eres un genio. Eres "el que nunca termina nada".
La diferencia entre Einstein y muchos cerebros que funcionan como el suyo no es el talento. Es el contexto. Es que alguien, en algún momento, le dejó ser diferente en el sitio correcto.
Y eso es lo que no se cuenta en los libros de texto.
No se cuenta que el cerebro que cambió la física era también el cerebro que no encontraba las llaves de casa. Porque si lo contasen, mucha gente empezaría a hacerse preguntas. Y las preguntas son el primer paso para entender cómo funciona tu cabeza de verdad.
Einstein no necesitaba más disciplina. Necesitaba que alguien entendiera que su cerebro funcionaba con otras reglas.
Igual que el tuyo.
Si alguna vez te has sentido brillante y desastre al mismo tiempo, quizá no sea contradicción. Quizá sea información.
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