Cuento la misma historia dos veces sin darme cuenta

Le cuentas algo a alguien y te dicen 'eso ya me lo has contado'. Y tú no tienes ningún recuerdo de haberlo hecho. Es más común de lo que crees.

Estás en una cena con amigos. Empiezas a contar algo que te pasó la semana pasada. Algo gracioso. Algo que sabes que les va a hacer gracia. Llevas treinta segundos hablando y ves la cara. Esa cara. La sonrisa forzada. Los ojos que dicen "ya sé cómo acaba".

"Tío, eso ya nos lo contaste."

Y tú los miras. Y no tienes absolutamente ningún recuerdo de haberlo contado. No es que te suene. No es que pienses "ah, puede ser". Es que para ti es como si fuera la primera vez. Tu cerebro no tiene el archivo de "esta historia ya la has compartido con esta persona".

Y dices "ah, ¿sí?" con una sonrisa incómoda. Y cambias de tema. Y te quedas con la sensación de que algo no funciona.

¿Por qué no recuerdo lo que ya he contado?

Esto es lo que me volvía loco hasta que lo entendí.

Tu cerebro guarda las historias. Guarda los eventos. Guarda lo que te ha pasado. Pero no guarda el contexto de cuándo y a quién se lo has contado. Son dos memorias distintas. Una es "qué pasó". Otra es "a quién se lo conté".

Y la segunda memoria, la de contexto, es mucho más frágil. Porque contar algo es una acción social, rutinaria, sin carga emocional especial. Tu cerebro lo hace en piloto automático. Abres la boca, cuentas la historia, tu interlocutor reacciona, y sigues con la conversación.

Pero no graba el acto de contarlo. Graba la historia en sí. No graba la transmisión.

Es como un archivo que copias a otro ordenador pero tu sistema no registra la transferencia. El archivo existe en los dos sitios, pero tú no sabes que ya lo copiaste. Así que lo vuelves a copiar.

La vergüenza del "eso ya me lo dijiste"

Parece una tontería. A todo el mundo le pasa alguna vez. Pero cuando te pasa constantemente, la vergüenza se acumula.

Empiezas a dudar de ti mismo antes de abrir la boca. "¿Esto ya se lo he contado? ¿O no?" Y a veces no dices nada por miedo a repetirte. Otras veces preguntas antes: "¿te he contado lo de...?" que también es raro, porque implica que no confías en tu propia memoria. Que no la controlas.

Y a los demás les resulta gracioso al principio. "Es que siempre cuentas las mismas historias." Y te ríes. Pero por dentro piensas que no es que cuentes las mismas historias. Es que tu cerebro no registra que ya las ha contado.

Si además de esto pierdes el hilo de las conversaciones mientras hablas, el combo es demoledor. Repites historias y encima se te olvida lo que estás diciendo a mitad de frase. Y la gente empieza a mirarte como si tuvieras un problema. Y a lo mejor lo tienes. Pero no el que ellos creen.

No es edad. No es Alzheimer. Es otra cosa.

Lo primero que piensas cuando te pasa esto con frecuencia es "me estoy haciendo viejo". O peor: "me está pasando algo serio". Y es normal pensarlo. Porque la cultura nos ha enseñado que repetir historias es cosa de abuelos.

Pero te lo digo por experiencia: puedes tener 25 años y que te pase esto todos los días. Y no tiene nada que ver con la edad.

Tiene que ver con cómo tu cerebro gestiona la información contextual. Con tu memoria de trabajo. Con la capacidad de tu cerebro de etiquetar un recuerdo con metadatos: cuándo, dónde, a quién. Y cuando esa capacidad es limitada, los recuerdos flotan sueltos sin etiquetas. Sabes que te pasó algo. No sabes si ya lo has compartido.

Es el mismo mecanismo que hace que te metas en una habitación y no sepas a qué has venido. Tu cerebro pierde el contexto. El "para qué" y el "a quién" se evaporan mientras el "qué" permanece intacto.

Lo que descubrí (y dejó de darme vergüenza)

Te cuento lo que a mí me cambió.

Descubrí que repetir historias sin darte cuenta es un síntoma bastante común de TDAH en adultos. Sí, TDAH. No el de niños que no paran quietos. El de adultos que tienen una memoria que funciona de forma selectiva: recuerda el contenido pero pierde el contexto.

La memoria de trabajo con TDAH es así. Retiene lo importante para ti pero descarta los detalles "administrativos". A quién se lo has contado. Cuándo lo dijiste. Si ya enviaste ese email o solo lo pensaste. Todo eso se pierde. Y el resultado es que repites cosas, olvidas recados, y sientes que todo te cuesta más sin saber por qué.

Cuando lo entendí, dejé de sentirme avergonzado. No porque dejara de pasarme. Sigue pasándome. Pero ahora sé que no es que sea un pesado que no tiene nada interesante que contar. Es que mi cerebro no lleva el registro de a quién le ha contado qué. Y eso no es un defecto de personalidad. Es un mecanismo que tiene explicación.

Esto no sustituye una evaluación con un profesional. Si sospechas que hay algo más, consulta con un psicólogo o psiquiatra. Pero si quieres un punto de partida, hice un test de 43 preguntas. Diez minutos. Gratis. Puedes hacerlo aquí.

Relacionado

Sigue leyendo