Coleccionista de comienzos: por qué siempre arranco y nunca llego
Empiezas proyectos con una energía brutal y a los diez días desaparecen solos. No eres inconstante. Tiene una explicación más concreta de lo que crees.
Tienes cuatro proyectos empezados, dos ideas anotadas en el móvil, un curso a medias, y una libreta con un esquema brillante de algo que iba a cambiarlo todo.
¿Cuántos has terminado?
Yo ya sé la respuesta.
Cero. O uno, con suerte. Y ese uno probablemente fue el único que tenía una fecha límite externa que no podías ignorar.
¿Por qué empezar se siente tan bien?
Hay algo muy específico que pasa cuando arrancas un proyecto nuevo.
No sé si te ha pasado, pero hay un momento, en los primeros días, donde estás que te sale humo. Tienes energía. Tienes ideas. Te levantas y piensas en eso. Lo primero que haces por la mañana es abrir el documento o la app o la libreta y añadir algo. Hablas de ello con entusiasmo que acojonas a la gente. Tu cabeza genera ideas a un ritmo que no puedes seguir.
Eso se siente increíble.
Y entonces, sin que pase nada concreto, se apaga.
No hay un momento de quiebre dramático. No hay un fracaso. No hay un día donde decides que ya no. Es más sutil que eso. Un día abres el proyecto y ya no hay chispa. Lo miras. Lo cierras. "Mañana". Y mañana tampoco. Y a la semana estás ya con otra idea nueva que sí te genera esa energía. Y el ciclo vuelve a empezar.
Y tú ahí, preguntándote si eres inconstante, si eres vago, si te falta algo que el resto de la gente tiene y tú no.
La trampa del principio
A ver, vamos a hablar de lo que está pasando de verdad.
Empezar algo nuevo activa el sistema de recompensa del cerebro de una manera muy concreta. Hay novedad. Hay posibilidad. Hay dopamina. Tu cerebro, que se aburre con lo conocido, de repente tiene algo que no conoce, que puede explorar, que tiene potencial de ser cualquier cosa.
Es como abrir un videojuego nuevo. Los primeros días son los mejores. Todo es descubrimiento. Aún no has llegado a las partes aburridas, a los obstáculos repetitivos, a las mecánicas que ya dominas y que ya no aportan ninguna emoción.
El problema es que los proyectos reales, a diferencia de los videojuegos, tienen una parte larga en la que el descubrimiento se acaba y empieza el trabajo. La parte donde tienes que repetir. Donde tienes que esperar resultados que no llegan en dos días. Donde tienes que seguir aunque no sientas nada especial.
Y esa parte, para algunos cerebros, es insoportable.
No porque sean vagos. Sino porque necesitan el estímulo de la novedad para funcionar. Y cuando la novedad se va, el motor se apaga. No voluntariamente. El cerebro simplemente deja de generar el combustible que necesita para seguir.
O sea, no es que te falte disciplina. Es que tu sistema de recompensa está cableado de una manera que lo hace todo hacia arriba o todo apagado. Sin mucho término medio.
Si te suena, probablemente no eres el único. De hecho, esto de abandonar proyectos justo antes de terminarlos es más común de lo que parece, y tampoco es un defecto de carácter.
La colección que nadie quería tener
Imagínate que hay alguien que colecciona coches clásicos. Los compra. Los restaura durante dos semanas con una ilusión brutal. Y luego los abandona a medias en el garaje y se va a por otro.
Tú tienes un garaje lleno de proyectos a medias.
El podcast que grabaste tres episodios y paró. El canal de YouTube que duró seis vídeos. El negocio que tenía logo, nombre y plan de negocio y nunca llegó a tener ni un cliente. El curso que empezaste a diseñar y lleva seis meses con el módulo uno hecho y el dos sin tocar.
No es que no supieras hacer las cosas. Es que empezar mola. Seguir cuesta. Y terminar, para muchos cerebros, tiene un nivel de dificultad que el mundo no reconoce ni nombra.
La parte que nadie te dice es que también hay una cierta vergüenza en ello. Porque llevas tiempo hablando de cosas que no terminas. Y la gente te pregunta "¿cómo va lo de X?" y tú cambias de tema porque X lleva meses parado. Y encima ya tienes Y y Z, que también van a empezar y parar. Y empieza a haber una sensación de ser esa persona que siempre tiene la idea más brillante del mundo durante tres semanas y luego nada.
¿Y entonces qué haces?
Primero, entender que esto no se arregla solo con fuerza de voluntad.
Te lo digo porque yo lo intenté durante años. Listas. Sistemas. Compromisos públicos. "Este mes sí". Y sí, a veces funcionaba. Terminaba algo. Pero era agotador, y la tasa de éxito no mejoraba demasiado.
Lo que sí cambia un poco las cosas es entender por qué pasa.
Si tu cerebro necesita novedad y urgencia para funcionar, la solución no es convencerte de que seas más disciplinado. La solución es diseñar el proyecto de una manera que genere esas cosas artificialmente. Plazos reales. Compromisos con alguien más. Entregas parciales que tengan consecuencias. Dividir el proyecto en trozos lo suficientemente pequeños como para que cada trozo sea "algo nuevo".
No es magia. No es que vayas a terminar todo. Pero reduces la fricción con la que tu cerebro abandona.
Y dos: si esto es un patrón que se repite en muchos ámbitos de tu vida, en el trabajo, en las relaciones, en los hobbies, puede que no sea solo "no tener disciplina". Puede que tenga que ver con cómo funciona tu cerebro a un nivel más básico. Hay gente a la que todo le cuesta más que a los demás y no es pereza ni falta de carácter. Es neurología.
No te estoy diagnosticando. No es mi sitio. Pero sí te digo que cuando yo entendí que mi patrón de arrancar-y-parar no era un defecto moral sino algo que tenía explicación, empecé a tratarlo de manera muy distinta.
Menos culpa. Más diseño.
El coleccionista que empieza a terminar
La trampa más grande del coleccionista de comienzos es creer que el problema es que empiezas demasiado.
No es eso. Empezar está bien. La energía del inicio es valiosa. El problema es que no tienes sistemas que sostengan el proyecto cuando esa energía se va.
Porque se va. Siempre. En todos los proyectos. Para todos los cerebros.
La diferencia es que algunos cerebros tienen mecanismos internos que les permiten seguir sin dopamina de novedad. Y otros no. Y si eres de los que no, necesitas mecanismos externos. Puntos de control. Personas que pregunten. Entregas que duelan si no las cumples.
No como castigo. Como estructura.
Si reconoces este patrón y quieres entender mejor cómo funciona tu cerebro, hice un test gratuito de 43 preguntas. No es un diagnóstico, pero sí es un buen primer espejo. Puedes hacerlo aquí.
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