No puedo organizar mi semana sin que se desmorone el martes

Planificas el domingo, el lunes ya falla y el martes ni abres la agenda. No es falta de sistema. Es que tu cerebro no funciona con planes rígidos.

El domingo por la noche lo tienes todo planeado. Lunes, martes, miércoles: cada hueco cubierto. El lunes a las 11 ya se ha ido al traste. El martes ni abres la agenda.

Y lo peor no es que falle el plan. Lo peor es que tú te sientes como si hubieras fallado tú.

Porque el plan estaba bien. Los bloques tenían sentido. Las tareas eran razonables. Todo encajaba en teoría. Pero entre la teoría del domingo y la realidad del lunes hay un abismo que no cruzas con buenas intenciones.

¿Por qué tu planificación perfecta del domingo no sobrevive al lunes?

Porque el domingo por la noche tu cerebro está en un estado muy concreto: tranquilo, sin estímulos, con la sensación de "nueva semana, nuevo yo". Y en ese estado, planificar es fácil. Es casi placentero. Coges la agenda, pones los bloques, asignas colores, y todo se ve bonito.

El problema es que el lunes por la mañana tu cerebro es otro. Literalmente. Las condiciones han cambiado. Hay ruido, hay urgencias que no existían, hay un email que te desvía, hay una llamada que no esperabas. Y tu plan, que era perfecto en un vacío, no tiene ni la más mínima capacidad de absorber el caos real de un día normal.

Es como diseñar una ruta de senderismo en Google Maps sentado en el sofá. Todo se ve plano, bonito, accesible. Y luego llegas al camino y resulta que hay barro, cuestas que no salían en la pantalla y un rebaño de ovejas bloqueando el paso. El mapa no mentía. Pero tampoco te contaba toda la verdad.

Pues tu plan semanal hace exactamente lo mismo.

El problema no es el sistema. Es que planificas para un cerebro que no es el tuyo.

A ver, que no estoy diciendo que planificar sea inútil. Estoy diciendo que la mayoría de sistemas de planificación están diseñados para cerebros que funcionan de forma lineal: paso 1, paso 2, paso 3. Y si tu cerebro no funciona así, no es que el sistema falle. Es que nunca estuvo hecho para ti.

Si te cuesta todo más de lo que parece razonable, si sientes que el esfuerzo que pones no se corresponde con los resultados, no eres el único y tiene una explicación.

Lo que pasa es que el domingo, cuando planificas, estás pensando en la versión ideal de ti mismo. La versión que se levanta a las 7, que empieza a trabajar a las 8, que no se distrae, que completa cada bloque y pasa al siguiente sin fricciones. Esa versión no existe. Y no es un insulto. Es que ese nivel de control ejecutivo constante no es realista para un cerebro que se regula de otra manera.

Y cuando el lunes la realidad te pega en la cara, no piensas "vaya, mi plan no contemplaba imprevistos". Piensas "soy un desastre". Y ahí empieza el bucle.

El bucle del martes: cuando abandonas la agenda por vergüenza

Esto es lo que nadie cuenta.

El lunes falla un bloque. Uno solo. No es catastrófico. Pero tu cerebro lo interpreta como fracaso total. Y el martes, en vez de ajustar el plan, directamente no abres la agenda. Porque abrirla es enfrentarte a los bloques sin tachar del lunes. Y eso duele.

Así que el martes improvisas. Y el miércoles también. Y el jueves ya ni recuerdas que tenías un plan.

No sé si reconoces este patrón, pero yo he perdido la cuenta de las veces que me ha pasado. He probado agendas de papel, apps, Notion, Google Calendar con bloques de colores tan bonitos que parecían una obra de arte. Y el resultado siempre era el mismo: el domingo era productivo planificando, y el resto de la semana era productivo esquivando lo que había planificado.

Es exactamente lo que le pasa a la gente que ha probado mil sistemas de organización y ninguno funciona. No es que todos los sistemas sean malos. Es que estás buscando la herramienta perfecta cuando el problema no es la herramienta.

Lo que realmente está pasando debajo

Tu cerebro no gestiona el tiempo como un calendario. Lo gestiona como una subasta. Cada momento, cada tarea, cada estímulo compite por la atención. Y gana el que tiene más carga emocional, más novedad o más urgencia. No el que "toca" según tu plan.

Por eso el lunes a las 11 ya has abandonado el bloque de "trabajo profundo" para contestar un email que ni siquiera era urgente. Porque el email era nuevo, y lo nuevo gana. Siempre.

Y por eso el domingo planificas con tanto entusiasmo. Porque planificar es nuevo. Organizar la semana es emocionante. Te da una descarga de dopamina ver los bloques ahí, perfectos, ordenados. Pero ejecutar lo que planificaste no es nuevo. Es repetitivo, predecible, sin sorpresas. Y tu cerebro pasa de ello como si no existiera.

Cuando alguien te dice que eres desorganizado aunque lo intentas todo, no es que no te esfuerces. Es que tu esfuerzo va a un sitio (planificar) y la ejecución requiere otro tipo de combustible que no siempre tienes disponible.

Entonces, ¿qué se supone que hay que hacer?

No voy a decirte que he encontrado la solución definitiva, porque no te voy a engañar. Lo que sí he encontrado son cosas que ayudan.

La primera: planifica menos. En serio. Si tu plan tiene 47 bloques para la semana, ya has perdido antes de empezar. Pon tres cosas al día. Tres. Y si haces las tres, fiesta. Si haces dos, bien. Si haces una, no has fracasado.

La segunda: planifica el día, no la semana. El domingo puedes tener una idea general de lo que quieres avanzar. Pero los bloques concretos, los decides por la mañana. Porque la versión del lunes por la mañana sabe cómo se siente el lunes por la mañana. La del domingo no tiene ni idea.

La tercera: deja huecos. Vacíos. Espacios sin asignar. Porque los imprevistos van a pasar, y si tu agenda está llena al 100%, el primer imprevisto tira todo como fichas de dominó.

Y la cuarta, que parece una tontería, pero: cuando un bloque falle, no borres el plan entero. Sáltate ese bloque y sigue con el siguiente. Suena obvio. No lo es. Porque el impulso natural es pensar "ya se ha jodido todo" y dejarlo. Y no. Se ha jodido un bloque. Los demás siguen ahí.

No es falta de disciplina. Es que tu cerebro funciona con otras reglas.

Si esto te suena demasiado familiar, si llevas años pensando que eres vago, desorganizado o que simplemente no estás hecho para planificar nada, te digo una cosa: hay cerebros que necesitan reglas distintas. No peores. Distintas.

Y en muchos casos, esto tiene que ver con cómo funciona la atención y la regulación ejecutiva. No lo digo como diagnóstico, que para eso están los profesionales. Pero sí lo digo como alguien que ha vivido exactamente esto y que un día entendió que el problema no era él. Era el sistema.

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