Me afecta demasiado lo que piensen de mí aunque diga que no

Dices que te da igual lo que piensen. Pero una mirada rara te cambia el día. No es inseguridad. Tiene otra explicación.

"Me da igual lo que piensen de mí."

Eso digo. En voz alta. Con convicción. Y me lo creo. De verdad que me lo creo. Hasta que alguien en una reunión levanta una ceja cuando hablo. O un amigo tarda 6 horas en contestar un mensaje. O alguien me mira con una expresión que mi cerebro interpreta como "qué dice este tío". Y de repente, ese "me da igual" se evapora como si nunca hubiera existido.

Porque no me da igual. Me da absolutamente todo. Me importa tanto que organizo mi vida entera alrededor de evitar que la gente piense mal de mí. Y me agota.

¿Por qué me importa tanto la opinión de los demás?

A ver, que quede claro: a todo el mundo le importa lo que piensen de él. Somos animales sociales. Necesitamos la aceptación del grupo. Eso es biología básica y no tiene nada de malo.

El problema es la intensidad. La diferencia entre "prefiero caer bien" y "una mirada rara me arruina la semana" es enorme. Y tú estás en el segundo grupo.

Tu cerebro tiene un radar social hiperactivado. Escanea constantemente las reacciones de los demás. Tonos de voz. Expresiones faciales. Tiempos de respuesta en mensajes. Silencios. Miradas. Todo. Y lo interpreta. Y casi siempre lo interpreta en tu contra.

Un "ok" sin emoji se convierte en "está enfadado conmigo". Un mensaje sin respuesta en dos horas se convierte en "le importo una mierda". Una ceja levantada se convierte en "piensa que soy idiota". Tu cerebro llena los huecos de información con la peor interpretación posible. Siempre.

Es como vivir con un traductor simultáneo que traduce todo a "no le gustas". Da igual lo que digan. Tu traductor lo convierte en rechazo.

El agotamiento de mantener la máscara

Lo que la gente no ve es el esfuerzo que pones en que todo vaya bien.

Porque no solo te afecta lo que piensen. También actúas para controlarlo. Mides tus palabras. Analizas lo que vas a decir antes de decirlo. Estudias la reacción después de decirlo. Ajustas tu comportamiento en función de lo que crees que el otro espera. Y eso es agotador.

Cada conversación es un examen. Cada interacción social es un campo de minas. Y al final del día estás reventado, no por el trabajo, sino por el esfuerzo de haber gestionado la percepción de 15 personas durante 8 horas.

Y lo gracioso es que la mitad de esas personas ni se fijaron en ti. No porque no les importes. Sino porque están ocupadas con sus propias vidas. Pero tu cerebro no procesa eso. Tu cerebro asume que eres el centro del escenario y que todo el mundo te está evaluando constantemente.

Si esto te suena y además una crítica te arruina el día entero, el patrón encaja. Porque no es solo que te importe lo que piensen. Es que la más mínima señal de que alguien piensa algo negativo activa una respuesta emocional que te tumba.

El bucle de la evitación

Fíjate en lo que pasa a largo plazo.

Si cada interacción social tiene el riesgo de generarte dolor emocional, tu cerebro aprende a evitar interacciones sociales. No todas. Las que tienen más riesgo. Las que implican opinión, juicio, evaluación.

No levantas la mano en clase. No compartes tu opinión en reuniones. No publicas en redes. No muestras tu trabajo. No pides lo que necesitas. No te expones. Porque exponerse es arriesgarse a que alguien piense mal de ti. Y tu cerebro no puede con eso.

Y el resultado es que te pierdes cosas. Oportunidades. Conexiones. Experiencias. No porque no quieras. Sino porque el coste emocional de arriesgarte es demasiado alto para un cerebro que procesa el rechazo como un golpe físico.

Es como vivir en un mundo donde todo el mundo tiene una pistola de agua y tú eres el único que se moja de verdad.

Lo que me ayuda (y no es "que te dé igual")

No te voy a decir "deja de preocuparte por lo que piensen". Si pudiera hacer eso, ya lo habría hecho. Y tú también.

Lo que me ha servido es reconocer el patrón en tiempo real. Cuando noto que estoy interpretando un silencio, una mirada o un tono de voz, me hago una pregunta: "¿Tengo pruebas o estoy inventando?" Y el 90% de las veces estoy inventando. No tengo pruebas de que esa persona piense mal de mí. Solo tengo la interpretación que mi cerebro ha creado a partir de un gesto ambiguo.

No es que deje de importarme. Pero al menos no actúo sobre una interpretación que probablemente es falsa.

Y otra cosa que funciona: hablar de esto. Abiertamente. Con las personas que te importan. "Oye, soy una persona a la que le afecta mucho lo que piensen. Si alguna vez noto algo raro, voy a preguntarte directamente en vez de darle vueltas." Eso desactiva el 50% de la rumiación. Porque en vez de imaginar lo peor durante tres días, preguntas y en 10 segundos tienes la respuesta real.

Si lo piensas, eso de obsesionarte con conversaciones pasadas tiene el mismo origen. Tu cerebro busca evidencia de rechazo en todo lo que pasó. La solución es darle datos reales antes de que invente los suyos.

Quizá no eres inseguro

Esa preocupación constante por lo que piensen de ti. Esa interpretación negativa de cada gesto ambiguo. Ese radar social que no se apaga nunca. Ese agotamiento de gestionar cómo te perciben. Esa sensación de que todo te cuesta más que a los demás, incluido algo que la gente hace sin pensar como tener una conversación normal...

A mucha gente le pasa. Y tiene un nombre que no es "inseguridad" ni "baja autoestima".

Se llama TDAH. Y la sensibilidad al rechazo percibido es uno de los rasgos que más afectan a la vida social de los adultos que lo tienen. No es que seas débil. Es que tu cerebro procesa las señales sociales con un amplificador que convierte un susurro en un grito.

Esto no es un diagnóstico. Si te identificas con esto, habla con un profesional. Pero deja de asumir que eres demasiado sensible. No lo eres. Tu cerebro simplemente escucha demasiado alto.

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