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Ir al cine con TDAH: dos horas sentado sin mirar el móvil

El cine con TDAH es un experimento de supervivencia. Dos horas, butaca incómoda, sin móvil. O te atrapa o tu cerebro ya está en otro sitio.

tdah

Hay una regla no escrita en el cine.

Apaga el móvil, siéntate, y no te muevas durante dos horas.

Para la mayoría de la gente eso es un plan. Para un cerebro con TDAH es un experimento clínico.

La última vez que fui al cine llegué tarde, me tropecé con tres personas en la oscuridad, derramé medio cubo de palomitas antes de sentarme, y para cuando puse el culo en la butaca la película ya había empezado y yo ya no sabía qué estaba pasando en pantalla.

Un comienzo impecable.

¿Por qué los primeros diez minutos son los más difíciles?

Porque el cine te exige algo que tu cerebro con TDAH odia por encima de todo: arrancar desde cero sin contexto.

No conoces a los personajes. No sabes qué va a pasar. No tienes ni idea de si esto va a merecer la pena o vas a estar dos horas viendo algo que no te interesa lo más mínimo.

Y mientras tu cerebro espera esa señal de "esto mola, quédate", está procesando otras veinte cosas al mismo tiempo. El tipo de delante que se mueve demasiado. El sonido del maíz masticado a tu izquierda. La salida de emergencia que llevas tres minutos mirando sin saber por qué. La textura incómoda de la tela de la butaca.

Si la película no engancha en los primeros diez minutos, ya está.

Tu cerebro ha tomado una decisión ejecutiva sin consultarte: "esto no da dopamina suficiente, a ver qué más hay".

Y ya estás pensando en si tienes algo que hacer mañana, en lo que le quisiste decir a alguien hace tres semanas, o en cómo funcionaría exactamente un submarino nuclear, porque por algún motivo eso te parece relevante ahora mismo.

La película sigue. Tú ya no estás.

El móvil en el bolsillo es un imán

Antes de entrar al cine lo pones en silencio. En vibración. Boca abajo.

Da igual.

Saber que está ahí es suficiente.

Tu cerebro sabe que existe una fuente de dopamina instantánea a cuatro centímetros de tu muslo. Una pantalla con notificaciones, con reels, con mensajes. Y cada vez que la película baja un poco el ritmo, cada vez que hay una escena de diálogo largo o una transición lenta, tu mano empieza a moverse sola hacia el bolsillo.

No es que quieras mirar el móvil. Es que tu cerebro necesita estímulo y el móvil es la opción más fácil.

La adicción al móvil con TDAH no se apaga porque hayas comprado una entrada de cine. Sigue ahí. Pulsando. Esperando el primer momento de aburrimiento para colarse.

Y en el cine hay muchos momentos de aburrimiento posibles. Depende de si la película te ha enganchado o no. Y eso no lo controlas tú. Lo controla si el guionista acertó el tono en los primeros diez minutos.

Cuando la película engancha, pasa algo rarísimo

Aquí viene la parte que no encaja con el estereotipo del TDAH distraído permanente.

Si la película te atrapa, desapareces.

No metafóricamente. Literalmente. Las dos horas pasan en lo que parece un parpadeo. No has mirado el móvil. No has pensado en el tipo de delante. No has notado la butaca incómoda ni el maíz de tu vecino.

Estás dentro de la historia.

Es el mismo hiperfoco de siempre, pero aplicado a una pantalla de cine. Tu cerebro ha decidido que esto merece toda su atención, y cuando eso pasa, te lo da todo. Sin filtros. Con una intensidad que asusta un poco.

Esto explica por qué lloras en escenas que nadie más llora.

No es que seas más sensible. Es que estás más dentro. Cuando tu cerebro se engancha a algo con TDAH, la implicación emocional también va a tope. No hay distancia entre tú y lo que estás viendo. Te lo crees. Lo vives. Y cuando el protagonista pierde algo, tú también lo pierdes un poco.

La gente a tu lado está viendo una película. Tú estás dentro de ella.

El problema es cuando sales.

Porque salir del hiperfoco cuesta. Las luces se encienden, los créditos empiezan, y tú tardas unos segundos en recordar que estás en un cine en [ciudad] y que tienes que volver a casa. El impacto emocional se queda contigo horas, a veces días. Sigues pensando en la historia, en los personajes, dándoles vueltas como quien no puede soltar un hueso.

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Llevar algo con las manos ayuda. No el móvil. Un objeto tonto. Las palomitas hacen ese trabajo de forma natural, que es probablemente por qué el cine sin comida se siente más difícil de aguantar.

Elegir bien la película importa más de lo que parece. No el tráiler, que engaña. El género. Si sé que las películas de acción me enganchan más que los dramas lentos, voy a ver películas de acción. No es rendirme, es conocer cómo funciona mi cerebro.

Sentarme en el pasillo ayuda. No por si necesito salir, sino porque saber que puedo salir si quiero reduce la ansiedad de estar atrapado. El mero hecho de tener una salida hace que no necesite usarla.

Y el móvil, si puedo, lo dejo en el coche. No en el bolsillo. En el coche. Si no existe físicamente cerca, mi cerebro deja de rastrear su presencia.

No siempre funciona. A veces esperar en la cola para comprar las entradas ya me ha agotado antes de sentarme. Y a veces la película resulta ser un rollo y paso las dos horas en modo supervivencia mirando el reloj.

Pero cuando funciona, cuando la película engancha desde el minuto uno y el hiperfoco hace clic, el cine es una de las experiencias más intensas que puede tener un cerebro con TDAH.

Dos horas completamente dentro de algo.

Sin saltar de pestaña. Sin scroll. Sin notificaciones.

Solo la historia.

Para un cerebro que vive en modo zapping permanente, eso es casi un milagro.

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